Tras el debate en juicio, se dictó la condena. Allí se pudo acreditar, con testimonios, informes psicológicos y pruebas reunidas, el daño psicológico profundo sufrido por la víctima.
Un hombre de 27 años fue condenado a cumplir ocho años de prisión efectiva por delitos contra la integridad sexual cometidos contra un niño que tenía 10 años al momento de los hechos.
Tras analizar todas las pruebas presentadas durante el juicio, el juez Leandro Ferns consideró probada la responsabilidad del imputado. Los hechos quedaron tipificados como abuso sexual con acceso carnal, según lo establece el tercer párrafo del artículo 119 del Código Penal.
El caso comenzó en el ámbito escolar, donde se advirtió un cambio brusco en el comportamiento del menor. Ante la cantidad de inasistencias y las modificaciones en su conducta habitual, los docentes y directivos aplicaron los protocolos de protección vigentes. Fue en ese marco que el niño pudo contar lo que le estaba ocurriendo: señaló a un vecino, quien aprovechaba la confianza que tenía con él y su familia para invitarlo a su casa con el pretexto de jugar videojuegos y participar en torneos del Free Fire.
Según lo expuesto en el juicio, el acusado le ofrecía “diamantes” (la moneda virtual que se usa dentro del juego) para ganarse su atención y manipularlo. Aprovechaba además los momentos en que el niño estaba solo para cometer los abusos.
Durante el proceso, se demostró no solo que los hechos ocurrieron, sino también el fuerte impacto emocional que sufrió la víctima. Se explicó cómo actúan estos mecanismos de sometimiento cuando quien delinque forma parte del entorno de confianza del menor.
Entre las pruebas más relevantes, se destacó el relato de la madre, quien contó que su hijo se había vuelto más aislado, temeroso y agresivo, dejando incluso de ir a sus entrenamientos de fútbol para evitar cruzarse con el acusado.
También fue fundamental la declaración de su maestra, quien al notar que faltaba mucho a clases decidió hablar con él fuera del aula. En ese momento, el niño rompió a llorar y comenzó a contar lo vivido. Para las autoridades, ese espacio representó el primer lugar seguro donde pudo expresar lo que le pasaba; además, su relato resultó coherente y coincidió con el resto de los elementos reunidos.
Otros familiares y personas cercanas también confirmaron los cambios en su conducta: dejaba de comer, se mostraba inquieto y pasaba mucho tiempo ensimismado. A esto se sumó el informe psicológico, que detectó indicadores compatibles con haber sufrido abuso sexual: altos niveles de estrés, aislamiento, inseguridad, vergüenza y mecanismos para evitar enfrentar lo ocurrido.
Por último, se señaló que el imputado no presentó ninguna explicación alternativa ni pruebas que pudieran desmentir la acusación. Asimismo, se tuvo en cuenta que ya contaba con antecedentes por delitos de acoso virtual a menores y exhibiciones obscenas. Por todo ello, se determinó su responsabilidad y se fijó la condena correspondiente.




