Gallo cholo

 

. ALEJANDRO SARAVIA .

 

En el norte se conoce bien la figura del “gallo cholo”. Es el gallo de riña que apenas es soltado en el reñidero retrocede, esquiva, gira sobre sí mismo y evita el combate. Parece dispuesto a pelear, se lo exhibe como bravo, se lo prepara para la contienda, pero llegado el momento decisivo no ataca. Su verdadera función no es ganar la pelea sino simularla.

La imagen describe con bastante precisión los movimientos últimos de Mauricio Macri frente al gobierno de Javier Milei. Desde hace meses, el ex presidente alterna declaraciones críticas, advertencias institucionales y gestos de diferenciación política que, sin embargo, jamás terminan de traducirse en una confrontación real. Todo queda a mitad de camino. Todo parece cuidadosamente calculado para tensar la cuerda sin romperla.

Macri sabe perfectamente que el proyecto libertario avanza sobre el territorio político del PRO, absorbiendo dirigentes, votantes y hasta discurso. Lo sabe porque lo ve en el Congreso, en las provincias, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el histórico bastión macrista. Y, especialmente, en el propio Poder Ejecutivo, ahora engalanado con la asunción como ministro jefe de gabinete del nunca bien ponderado “Colo” Diego Santilli. Aquellos gestos de Macri que señalábamos no se tratan de diferencias filosóficas profundas ni de debates republicanos trascendentales. El núcleo de la preocupación es otro: evitar que el mileísmo termine devorándose completamente la estructura política porteña construida durante dos décadas. Por eso los aprontes. Por eso las críticas medidas. Por eso los amagues.

Macri cuestiona ciertos modales del oficialismo, toma distancia de algunos excesos verbales y hasta desliza advertencias sobre la calidad institucional. Pero cuando llega la hora de las decisiones concretas, el acompañamiento aparece. El PRO vota leyes clave, sostiene gobernabilidad y evita cualquier escenario de ruptura definitiva. El “gallo” entra al reñidero, levanta algo de polvo, hace ruido para la tribuna, pero no pelea.

La lógica era transparente: negociar desde una posición de aparente autonomía para preservar espacios de poder. Especialmente la Ciudad. Porque allí se juega mucho más que una elección local. La CABA es el último núcleo identitario del macrismo. Perderla significaría aceptar que el PRO ya no es una fuerza dominante en ella sino apenas una estación de transición hacia otra cosa. Y Milei lo sabe también. Por eso la jugada de ponerlo a Santilli en el gabinete, en la formal jefatura de la administración y, correlativamente, en la mesa política, es un jaque a Macri. Que se lo merece por tibio. Ya se lo dijo Esteban Bullrich en su renuncia al PRO.

Si bien la relación entre ambos espacios tenía la forma de una tensión permanente pero administrada, el mantenerlo como presidente del bloque de diputados del PRO a Ritondo y como jefe de gabinete a Santilli, es una herida mortal al PRO macrista. Si hay alguna persona a quien nunca le compraría un coche usado, precisamente es a estas dos: Ritondo y Santilli. Por ello es que el que debe estar buscando algún disfraz de algo es Jorge Macri, porque su vida pende de un hilo. Hilo que administra el Jefe, Karina Milei. Mientras tanto, su hermano, Javier, pasea su narcisismo por el mundo.

Mientras Macri ensaya diferencias controladas, muchos de sus dirigentes ya cruzaron definitivamente de vereda. El electorado que acompaña hoy a Milei difícilmente comprenda sutilezas tácticas. Tampoco es propenso a ellas el propio Milei. En la lógica libertaria, quien no se subordina plenamente pasa a ser enemigo o estorbo. Tal como en su último libro lo sostiene Andrés Malamud, Javier Milei no entiende a la política como un arte de negociar y entenderse con el otro, la entiende como sumisión.

La designación de Santilli es el primer acto de naturaleza electoral dirigido a la re-elección de Milei. Con ello busca asegurar el resultado en provincia de Buenos Aires, estragada por una interna oficial incomprensible y, a un tiempo, es una carta de negociación con las otras provincias que, a pesar de su proclamado federalismo, están ya desde hace rato entregadas

Allí aparece la fragilidad del “gallo cholo”. El cálculo puede servir un tiempo, pero no indefinidamente. En política, como en los reñideros, llega un momento en que la simulación deja de ser eficaz. O se pelea o se acepta la retirada.

La paradoja es que Macri contribuyó decisivamente a construir las condiciones que hicieron posible el fenómeno Milei. La despolitización de la gestión, la idea empresarial del Estado, el discurso antiestatal y la erosión de los partidos tradicionales fueron parte de un proceso que ahora encuentra una versión mucho más radicalizada. El discípulo está a un paso de absorber al maestro.

Mientras tanto, el país observa una escena peculiar: un ex presidente que parece querer diferenciarse sin romper, resistir sin combatir y preservar poder sin asumir plenamente el costo político de enfrentar al oficialismo. Un gallo entrenado para la riña que, apenas se abre el reñidero, vuelve sobre sus pasos. Simplemente, un “gallo cholo”…