Icono del sitio Cuarto Poder

Rodrigo Guerrero publica “Acambuqueña”

El narrador nacido en Campamento Vespucio presenta su tercer libro, una primera novela que indaga en el yugo de las biografías familiares y pone a la figura de la mujer como protagonista imprescindible del colorido local y caótico de Salta. Se presenta esta semana en Tartagal.

Por Mario Flores

¿Cuál fue el principal desafío como escritor al pasar del género cuento al formato novela? (Han sido, sobre todo en la literatura regional o salteña de los últimos veinte años, muy importantes las primeras novelas, sobre todo de autores jóvenes que intentaron narrar alternativas novelísticas al guión social oficial del NOA).

El paso del cuento a la novela me obligó a tomar tres decisiones que no podía resolver desde la comodidad del formato breve. Primero, la voz y la perspectiva. Escribí un primer borrador en primera persona y en presente, luego probé una tercera persona más distante, hasta que entendí que la historia necesitaba la intimidad de la primera persona, pero mirando hacia atrás. Esa búsqueda me llevó tiempo y varios errores necesarios. El segundo desafío fue encarnar una voz que no es la mía. Soy un hombre escribiendo la vida de una mujer campesina y era necesario que esa narradora respirara su propia experiencia y no mis proyecciones. El tercero fue estructurar una vida completa sin que la novela termine convertida en un álbum de recuerdos. Seguí a esta mujer desde su infancia hasta la vejez. Para que hubiese sentido y no solo acumulación, tuve que seleccionar, descartar, ordenar sus dolores y alegrías en un recorrido que respire. Por eso la novela está dividida en siete partes y un cierre que funciona como una última mirada.

¿Cómo te has relacionado con la novela argentina contemporánea en tu vida como lector y también como autor, qué influyó en el proceso creativo de esta nueva obra?

Mi relación con la novela argentina contemporánea es selectiva. Siempre fui más lector de cuentos: es el formato donde mi cabeza se siente cómoda y donde también empecé a escribir. Durante mucho tiempo esquivé las novelas como si fueran un compromiso demasiado largo. Sin embargo, en los últimos años hubo excepciones muy fuertes. Selva Almada fue la principal: su manera de narrar desde el interior del país, lejos de las grandes ciudades, me interpeló de inmediato. En sus novelas encuentro algo que reconozco: los pueblos, los márgenes, la intensidad silenciosa de lo que pasa lejos del centro. Como autor, esa lectura me habilitó un camino. Me hizo ver que escribir desde el norte no es justificar una falta, sino aportar una mirada distinta que también forma parte de la literatura argentina. Quizás por eso, aunque yo venga de los cuentos, esta novela surgió de la necesidad de contar una historia que no suele ocupar el lugar principal, pero que también merece ser narrada.

La edición de literatura narrativa en el noroeste argentino siempre es más infrecuente que la poesía, por sus costos y dificultades para hacer circular los libros, ¿cuál es tu visión acerca de este aspecto de la industria editorial al decidir encarar tus publicaciones de manera autogestiva?

En el norte, publicar narrativa suele ser un camino en solitario. Mis primeros dos libros salieron con imprentas que se presentan como editoriales, pero que en realidad funcionan como un servicio pago: te venden maquetación, una corrección mínima y un lugar en un catálogo que publica a quien pueda costearlo, sin una línea editorial reconocible. Además, te atan con contratos de exclusividad durante años, lo que resulta absurdo para autores que recién están empezando a moverse. Busqué alternativas, contacté editoriales independientes de verdad y no hubo respuesta. Entonces me quedaba esperar indefinidamente o seguir adelante por mi cuenta. Elegí lo segundo. Para Acambuqueña trabajé directamente con una imprenta: yo asumo los costos, pero también conservo la libertad. Si mañana aparece una propuesta mejor, no tengo que pedir permiso ni cumplir plazos contractuales que solo benefician a una de las partes. Publicar narrativa desde el norte, sin nexo con las buenas editoriales y sin respaldos institucionales, es cansador. Aunque suene duro, muchas veces la autogestión no es una rebeldía, es la única puerta abierta. Lo importante es que el libro exista, circule y llegue primero a los lectores que comparten el territorio y la experiencia que narro.

La primera presentación de Acambuqueña está prevista el próximo viernes en una biblioteca popular, ¿qué representa la biblioteca popular como espacio comunitario hoy y por qué hacerlo en ésta, en la Biblioteca Juan Bautista Alberdi de Tartagal?

La biblioteca popular hoy es uno de los pocos espacios donde la cultura sigue siendo comunitaria y accesible. En ciudades del interior, como Tartagal, cada vez es más difícil encontrar lugares que no hayan sido capturados por la lógica del alquiler y el negocio. Mi primera idea fue presentar Acambuqueña en el Centro Cultural Tartagal, donde ya había presentado un libro hace tres años. Pero ahora funciona casi como un teatro privado: hay tarifas por el uso del espacio, por las sillas, por los micrófonos. Me pareció absurdo que un centro cultural le cobre a los escritores locales para compartir su trabajo con la comunidad. Así que descarté esa opción. La Biblioteca Juan Bautista Alberdi, en cambio, sostiene algo esencial: el encuentro. Es donde los autores de la zona podemos leer, conversar con quienes nos leen y sentir que el libro todavía circula sin permisos ni intermediarios. Además, en este último año que llevo viviendo en Tartagal, fue el único lugar donde participé de actividades culturales. Presentar la novela ahí también es una forma de agradecer ese lugar que nos recibe cuando otros cierran la puerta o ponen un tarifario por delante.

Tu tercer libro, al igual que los anteriores, está dedicado a tu madre y, nuevamente, recurre a la primera persona para narrar la épica minimalista y familiar de una inspiración reconocible en la matriz, ¿cuáles son las principales relecturas que podés ofrecer de lo que atraviesa este libro?

Mis primeros libros estuvieron dedicados a mi madre como forma de agradecimiento. Era una manera de reconocer su presencia en mi vida, aunque esas historias no tuvieran que ver con ella. En Acambuqueña la situación cambia de lugar: este libro nace directamente de su experiencia y de la de tantas mujeres que conozco en el norte. Me interesa una lectura crítica del rol de la mujer en nuestra zona, pero no desde un discurso militante explícito, sino desde la realidad de quienes no pueden darse el lujo de teorizar su vida. Mujeres que trabajan, crían, sostienen, sobreviven. Mujeres que no paran a preguntarse por la épica porque la épica ya les está pasando por encima mientras siguen adelante. La primera persona me permitió mostrar esa mirada desde adentro. Aunque la protagonista sea ficción, su voz está hecha con la memoria de mi madre y de otras mujeres de mi familia y mi territorio. No se trata de idealizarlas ni convertirlas en mártires, sino de visibilizar una dignidad que no suele ser tema literario.

Salir de la versión móvil