Ricky Maravilla: Historia de un milagro salteño 

 

Trabajó de todo: lavó verduras en un mercado, fue encargado de una farmacia, repartió telegramas. Todo cambió con una canción.

 

A los ocho años, Luis Ricardo Aguirre supo que la pobreza tenía nombre. Fue la noche en que, en lugar de la bicicleta que había pedido a los Reyes Magos, encontró un auto de plástico diminuto. “Los Reyes son pobres, como nosotros”, le dijo su madre, y él decidió que nunca más. Que estudiaría, que sería ingeniero, que le compraría una casa y un auto y la llevaría de regreso a Salta. Durante años lo intentó, hasta que la vida le puso enfrente otro destino, uno con luces de colores y multitudes que gritaban su nombre: Ricky Maravilla.

Había nacido en Salta en 1946, en un barrio de calles de tierra y casas bajas donde la música se filtraba por las ventanas. Su padre murió cuando él tenía dos años. Su madre, Marcelina, se convirtió en ama de llaves y lo crió sola hasta que, años después, se casó nuevamente. La vida en el norte no daba tregua, así que un día hizo las valijas y partió hacia Buenos Aires con Luis y su hija menor. No tenían dónde dormir. La primera noche la pasaron en la estación Retiro, con la promesa muda de que algo mejor vendría. Un rosarino les ofreció una habitación en su hotel, con la condición de que la beba no llorara. Resistieron. Se quedaron. Sobrevivieron.

Luis trabajó de todo: lavó verduras en un mercado, fue encargado de una farmacia, repartió telegramas. Se recibió de técnico en comunicaciones y electrotécnico y, cuando le ofrecieron un puesto en una compañía naviera, creyó que su vida estaba por empezar. Pero su madre lo miró con tristeza: “No quiero que te vayas”. Y él, una vez más, eligió quedarse.

Cantaba desde siempre, con amigos, en peñas, en bares. Primero folclore, después rock, después tropical. En una de esas noches de canciones y humo, un hombre se le acercó y le ofreció grabar un disco. Se llamaba Oscar Anderle. Fue él quien le pidió un nombre artístico. Luis recordó algo que su madre le había contado: cuando nació, la partera lo alzó y exclamó: “¡Qué maravilla!”. Así nació Ricky Maravilla.

El primer disco fue un éxito en Córdoba. Luego vinieron las giras, los estudios de televisión, las discotecas del conurbano, las fiestas de la aristocracia porteña. En 1986, “El Hombre Gato” lo convirtió en un fenómeno. En 1989, “Qué tendrá el petiso” lo llevó al Olimpo de la movida tropical. La cumbia había dejado de ser un género marginal y él era su embajador más excéntrico. Camisas de lentejuelas, movimientos espasmódicos, una sonrisa que nunca se desdibujaba. Ricky Maravilla era alegría, era fiesta, era un hombre que nunca olvidó la promesa que le hizo a su madre. Le compró la casa, el auto, la llevó de regreso a Salta. Como un rey mago que llega tarde, pero llega.

En 1999 coqueteó con la política: anunció su candidatura a intendente de Salta, pero se bajó antes de las elecciones. La política podía esperar. Los escenarios no. Para ese entonces ya era un ícono, un personaje de su propio mito.

Hoy, cuando camina por la calle, la gente se detiene, le pide fotos, le pregunta qué tiene ese petiso. Él sonríe, porque sabe que ese es el regalo que le habían prometido hace tanto tiempo. Porque sabe que los Reyes Magos, al final,

sí cumplieron su palabra.