Martín Miguel Güemes Arruabarrena
Todos sabemos que las actas originales de las sesiones del Congreso de Tucumán, y la Declaración de la Independencia, fueron robadas (2.VIII.1816). De allí, la historia oficial (aquella que se impuso después de Pavón) comenzó a enseñar que se trataba de la independencia del Río de la Plata no de la Provincias Unidas de Sudamérica. Sutil distinción, que abreva en la necesidad de imponer la memoria del país cosmopolita sobre el país interior. Sobre nuestras provincias, sojuzgadas por el puerto y el poder exógeno a la nacionalidad. Se trata de una política de la historia, para justificar una desmemoria cultural, económica y social. Por ello, el Congreso de Tucumán siempre fue un tema tabú de la historiografía liberal, y federal. Asamblea Constituyente que se realizó en el territorio que actualmente ocupa el norte argentino. El cual no nació como frontera, sino como centro de un vasto espacio geocultural de la Patria Grande.
Los diputados Alto Peruanos, representantes por Chichas
Al primero que nos referiremos, dejando su biografía para otra oportunidad, es al Coronel don Juan José Fernández Campero, Marques de Yavi “(…) Cuando fue elegido diputado por Tupiza, elección que aprobó el Congreso el 17 de Abril, prefirió a la silla curul de Tucumán, el continuar exponiendo su vida en defensa de esa Independencia que otros iban a declarar. Y llegó el momento en que el destino le fue adverso. Sorprendido y dispersadas sus tropas en Yavi, intentó ponerse a salvo galopando en una mula, en la cual le habían montado trabajosamente. Cayó de espalda al tratar de saltar una zanja y los españoles le tomaron prisionero.”. Fue salvajemente torturado en prisión, pasó de Potosí a Lima, y luego, en viaje a España, murió en Jamaica. Es el primer mártir suramericano, de procedencia noble (era el único que ostentaba título de Marqués en el Virreynato del Río de la Plata), sentenciado por haber defendido la noble igualdad. El otro diputado fue el Pbro. Andrés Pacheco de Melo, nacido en Salta el 17 de Octubre de 1778, hijo de don Tomás Miguel Pacheco de Melo y de doña Paulina Díaz de la Torre y Echarta, quien tiene dos hermanas, Doña Francisca, esposa de don Francisco Fernández de Córdoba y doña Celedonia, mujer de don Braulio de Anzoátegui (leer: genealogía de los hombres del nueve de Julio).
Sus primeros estudios, los realizó en una escuela de la ciudad de Salta, siendo su condiscípulo don Martín Miguel de Güemes y Goyechea, el Caudillo de la Guerra Gaucha. Estudió en Córdoba, en el Seminario Conciliar de Nuestra Señora de Loreto, la enseñanza secundaria, siendo su director Monseñor. Dr. Nicolás de Videla y del Pino, quien también fuera Obispo de Salta, y protegido del Gobernador Güemes. Se graduó–Pacheco de Melo–como bachiller en cánones sagrados, y luego ingresó a la Universidad cordobesa, doctorándose en derecho canónico, siendo ordenado sacerdote por Mons. Moscoso, obispo de Córdoba, en 1801.
Su ministerio lo inicia como cura de Llabi–Llabi en el Alto Perú, en el departamento de Chichas; los “curas de aldeas” como los define Bernardo Frías, son un motor fundamental de la doctrina libertaria, nacida con la predica jesuítica y franciscana. El conocimiento de las necesidades populares los lleva luchar por redimir a las masas ignaras, en contra del absolutismo imperial.
Convocados por Buenos Aires los pueblos unidos del Sud a un congreso general en 1815 y requeridos a designar diputados para el año siguiente, la villa de Tupiza, capital de Chichas, en el Alto Perú eligió al R.P. Dr. Don Andrés Pacheco de Melo y al Coronel don Juan José Fernández Campero sus representantes a la magna asamblea. El Congreso, en su sesión del 7 de Abril de 1816, consideró suficientes el acta y los poderes presentados por la junta electoral de Tupiza y resolvió la incorporación de los electos. A pesar de ello, prodújose un incidente, pues un diputado del Alto Perú impugnó las designaciones, porque Tupiza era villa sin ayuntamiento y le correspondía a Potosí la elección. Esto determinó dejar en suspenso la incorporación de los nombrados, pero después de largo debate, en sesión del 21 de junio del mismo año, se aprobó la designación y Pacheco de Melo se incorporó al Congreso. Fernández Campero no llegó a hacerlo…
Pacheco de Melo se incorporó al Congreso y estuvo en la sesión de proclamación de la Independencia firmando el acta del 9 de Julio de 1816. En el debate respecto a la forma de gobierno estuvo por la monarquía constitucional temperada, de acuerdo con Rivera, Castro Barro, Sánchez de Loria y otros. Propició la designación de un representante de la Provincias Unidas ante la Santa Sede, a fin de atender las necesidades espirituales de los pueblos y también se acreditara la representación de pueblos y villas sin ayuntamiento pese a su numerosa población.
El Pbro. Dr. Pacheco de Melo tuvo decisiva actuación en orden a la relaciones del país con la Santa Sede. “El Redactor” extracta la sesión del 13 de agosto de 1816, donde leemos la moción de este ilustre sacerdote, actitud que mucho lo honra: “Se hicieron varias mociones, entre ellas dos notables, una del Dr. Sáenz para que se nombrase por el Congreso un enviado a Norte–América para tratar con el gobierno de los Estados Unidos, ponderando la conveniencia y necesidad de esta medida. Otra del diputado Pacheco de Melo para que nombre igual enviado a la corte romana para todos los objetos relativos al bien espiritual del Estado. Fueron aprobadas ambas suficientemente”.
Fue uno de los Diputados que se opuso a que Buenos Aires fuera la sede del Congreso, cuando se pensó trasladarlo de Tucumán (a raíz de la invasión de La Serna), como se había resuelto en la sesión del 23 de Agosto de 1816, en cuya circunstancia se votó su traslado, empero “prescindiendo por ahora del cuándo, cómo y adónde.” En la sesión del viernes 27 de Junio de 1817, el Pbro. Pacheco de Melo, habló lo mismo que el Deán Dr. Diego Estanislao de Zavaleta, para defender la posición que bregaba por la necesidad de dictar una Constitución estable para el país “porque el país, cualesquiera fuesen sus circunstancias actuales debía ser constituido”, como recoge tales expresiones “El Redactor” en su Nº 23…
Electo Vicepresidente de turno el 2 de noviembre de 1816 presidió el Congreso en abril de 1818 y tuvo, por ello, ocasión de ser la primera figura en la sesión extraordinaria en conmemoración de la victoria de Maipú.
Aunque alejado de su parroquia, en razón de su diputación, nunca olvidó a sus feligreses y al discutirse en el Congreso el proyecto de constitución, logró se consignara en el Art. 128, lo siguiente: “(…) que a los indios, siendo iguales en dignidad y derecho a los demás ciudadanos, gozarían de las mismas “preeminencias y serían regidos por las mismas leyes y que quedaba abolido el tráfico de esclavos y prohibida su introducción “en el territorio del Estado” y consecuente con esas ideas, propuso a la Asamblea la creación de escuelas. Pacheco de Melo actuó, como congresal, hasta la disolución del cuerpo en 1820, habiendo intervenido en la sanción de la constitución de 1819. Padeció el arresto impuesto a los congresales por el Gobernador Sarratea. Caído éste, su sucesor Ramos Mexía los puso en libertad, partiendo para Córdoba…”.
En la trágicas jornadas de enfrentamiento entre Felipe Ibarra, Caudillo santiagueño que buscó apoyar a Güemes en su campaña al Alto Perú (en cumplimiento del Plan San Martiniano), y Bernabé Aráoz, Caudillo tucumano creador de la República del Tucumán, que impide el paso de los refuerzos militares destinados a Salta, cumple un papel importante. La sabia, prudente y eficaz intervención de Pacheco, concluirá en el Tratado de Vinará, el 5 de julio de 1821. Lamentablemente, ya el General en Jefe del Ejército de Vanguardia sobre el Alto Perú Gral. Martín Miguel de Güemes, su condiscípulo y amigo, fallecía a consecuencia de una herida fatal, consecuencia de un operativo comando realista. A partir de esta muerte fatal, para la causa suramericana, Pacheco de Melo desaparece del ámbito político. Reaparece en 1823, en Mendoza, “como ministro–secretario de gobierno, con carácter interino, en sustitución del titular don Pedro Nolasco Videla, sirviendo en la administración del gobernador General don Pedro Molina. Este cargo lo tuvo después en propiedad, hasta la asonada del 29 de abril de 1824, a raíz de la cual se retira, pero tomado el poder por el General José Avelino Gutierrez, éste nuevamente lo nombró en dicho empleo, más dos meses más tarde, una nueva revuelta puso término definitivo a su mandato. Un año después, en 1826, interviene, como mediador en conflicto habido entre el Gobernador de San Juan, don Salvador María del Carril, y los revolucionarios alzados el 26 de Julio…”. Después, todo fue silencio en su vida. Una carta, escrita a Güemes, nos muestra el fondo de su alma. “(…) No faltan hombres que sobre las ruinas del buen ciudadano, quieran afianzar el edificio de su fortuna; mas éstos han de ser tarde o temprano el objeto de la execración de los hombres virtuosos. Yo descanso siempre sobre el testimonio de mi conciencia y estoy persuadido de mi buena comportación en los asuntos públicos de mi país. Siempre seré un eterno defensor de sus derechos, sin apoyar los abusos que corrompen a sociedad, este será el modo de hacer felices a los pueblos” (Potosí, 10 de Agosto de 1815)
Ignoramos el lugar y la fecha de su muerte, pero su actuación notable permanece en nuestra memoria nacional.




