En Pisar el hielo negro, el periodista tucumano reconstruye las historias de quienes dejaron el norte argentino para buscar otra oportunidad en la Patagonia Austral. Para escribirlo, viajó con los migrantes, compartió sus espacios cotidianos y escuchó las dificultades de una vida atravesada por el desarraigo, el clima y la distancia familiar. La obra nació de una investigación que obtuvo la beca Michael Jacobs de Crónica Viajera de la Fundación Gabo, en 2024.
El sur empieza mucho antes de llegar a destino. Para quienes parten desde el norte argentino, el viaje puede ser el comienzo de una vida nueva, pero también el principio de una larga prueba: acostumbrarse al frío, a la soledad y a una geografía que modifica hasta los hábitos más sencillos. En la Patagonia Austral, incluso sentarse a tomar algo en la vereda puede convertirse en un lujo que el viento no permite.
En Pisar el hielo negro, Miguel Velárdez sigue las huellas de esos migrantes que dejaron atrás sus provincias para intentar afianzarse en el extremo sur del país. No se trata de trabajadores golondrina que viajan durante unos meses para una cosecha y después regresan. Son personas que buscan establecerse, conseguir trabajo, reconstruir sus vidas y, si las condiciones lo permiten, reunir a sus familias bajo un mismo techo.
Para contar esas historias, el periodista eligió involucrarse en la experiencia. Viajó en camión con los migrantes y, una vez en Santa Cruz, compartió buena parte de su vida cotidiana. La decisión responde a una convicción sobre el oficio: para narrar una experiencia ajena hay que acercarse, escuchar y tratar de comprenderla desde adentro.
El libro obtuvo en 2024 la décima edición de la beca Michael Jacobs de Crónica Viajera, organizada por la Fundación Gabo. Pero el reconocimiento es apenas una parte de la historia. En el centro están las vidas de quienes se fueron y todo aquello que descubrieron que podían extrañar.
“Quise compartir su mismo espacio cotidiano”
—En Pisar el hielo negro no te limitás a observar a los migrantes: viajás con ellos y compartís sus condiciones de vida. ¿Por qué tomaste esa decisión y qué buscabas conseguir con esa experiencia?
—Desde el primer momento fue una decisión propia. Intenté que la experiencia fuera personal, desde la salida en camión con ellos hasta el recorrido por Santa Cruz. La mayor parte del tiempo no estuve en hoteles, sino compartiendo su espacio cotidiano. Quería cumplir con la esencia de la crónica de viajes: tener una experiencia personal, pisar el mismo suelo, respirar el mismo aire y ver desde adentro cómo viven todo ese proceso de viajar y tratar de afianzarse en el sur.
Algunos lo consiguen rápidamente; a otros les lleva más tiempo. Muchos no soportan el desarraigo o el clima y regresan. El libro está centrado en quienes se quedaron, o al menos permanecen en el sur trabajando día a día, empujando la carretilla para afianzarse y poder trasladar al resto de la familia. El objetivo es que todos puedan estar bajo un mismo techo.
—¿Qué cronistas te acompañaron como referencias durante la escritura? ¿Cómo encontraste una voz propia para contar estas historias?
—Hay muchos cronistas que leí y admiro. Uno va tomando pequeñas cosas de cada uno y construyendo su propio estilo. Hebe Uhart, Jon Lee Anderson, Alberto Salcedo Ramos, Juan Villoro y Julio Villanueva Chang son algunos de los autores cuyas grandes crónicas disfruté como lector y que me sirvieron de guía y referencia antes de empezar este viaje patagónico.
Las diferencias están en el estilo que uno le da al texto y en las propias vivencias. Cuando escuchás las historias de estos migrantes, desarrollás empatía con ellos y, al mismo tiempo, también te pasan cosas durante el viaje. La distancia geográfica con sus familias es muy fuerte. El encierro provocado por el clima también representa una mochila pesada.
En invierno, para ellos el mundo puede reducirse a una habitación con las ventanas cerradas. Es muy distinto de lo que conocieron en el norte. En Río Turbio, por ejemplo, hay un solo bar y no existe la posibilidad de sentarse en una mesa en la vereda porque el viento lo impide.
Esa vida tan diferente de la que conocieron en el norte argentino o en el Litoral les pesa mucho. Algunos no logran acostumbrarse; otros buscan distintas herramientas para sobrellevar la soledad. En el camino, algunos se quedan y otros se van. El encierro te obliga a pensar, a encontrarte con vos mismo, y eso representa una prueba muy fuerte para la mayoría. Todo eso aparece en el libro, junto con el paisaje, el clima y lo que les sucede a los migrantes.
La migración del norte hacia la Patagonia
—¿Cómo surgió la idea del libro? ¿En qué momento advertiste que esas historias podían convertirse en una crónica de largo aliento?
—Todo comenzó con la beca Michael Jacobs de Crónica Viajera que organiza todos los años la Fundación Gabo, en Colombia. Hacía tiempo que tenía la intención de participar, pero no encontraba un tema atractivo que pudiera competir con las historias de los centroamericanos, que son muy potentes: la migración, la violencia, el intento de llegar a Estados Unidos, todo lo que dejan en el camino y las vidas que se pierden.
Me costó encontrar un tema hasta que apareció esta punta del ovillo: los argentinos del norte que llegan a la Patagonia Austral. A partir de ahí empecé a desarrollar la propuesta.
Ese fue el principal incentivo. Gané la beca en 2024, en su décima edición, con un jurado prestigioso y con ganadores de ediciones anteriores que le dan mucho peso al certamen. Eso también me obligó a hacer un buen papel, a sentir que tenía que estar a la altura de las circunstancias.
Hoy, con el trabajo terminado, siento satisfacción por las devoluciones de los lectores. Me parece que el esfuerzo valió la pena.
—¿Qué relación encontrás entre esas migraciones y la situación económica y social del norte argentino?
—Hay una dimensión social muy importante, vinculada con las dificultades económicas que atravesaron en sus lugares de origen y con la necesidad de empezar de nuevo, de buscar otra oportunidad de vida. La relación con la situación económica y social del norte es directa.
A principios de los años 90 hubo una afluencia importante de gente del norte hacia el sur. Pero en el libro no hablamos de los obreros golondrina que viajan a la Patagonia para trabajar en las cosechas de frutas. Ellos saben que van por un tiempo determinado, tres o cuatro meses, y después vuelven.
En este caso hablamos de profesionales, estudiantes y obreros que, por distintas circunstancias, no pudieron consolidarse en sus provincias de origen, no solamente desde el punto de vista económico, sino también en el plano familiar. Entonces decidieron migrar al sur para empezar una nueva vida.
—¿Cómo construiste la confianza necesaria para que esas personas compartieran sus historias? ¿Qué lugar ocupa la escucha en el trabajo de un cronista?
—Creo que la confianza se construye estando en el lugar, compartiendo tiempo con ellos y escuchándolos. La gente necesita y quiere ser escuchada. Cuando uno tiene esa actitud, las personas empiezan a mostrarse auténticas y a contar sus historias.
No es difícil, pero hay que tener respeto por sus vivencias, por sus vidas anteriores y por su pasado. Hay que escucharlas con atención e intentar entenderlas. A partir de ahí, la gente vive, cuenta y relata. Creo que esa es nuestra principal herramienta como cronistas.
“Un texto bien escrito siempre encuentra lectores”
—En un momento en que los medios priorizan la inmediatez, ¿qué lugar ocupa hoy la crónica periodística? ¿Hay espacio para contar historias que requieren tiempo, investigación y una lectura más pausada?
—Me parece que la mayoría de los medios no le da prioridad, aunque hay determinados nichos que sí valoran la crónica periodística. Y eso es fundamental, porque creo que hoy, más allá de la urgencia y de los temas que parecen efímeros, cuando un texto está bien escrito siempre encuentra un lector.
Un lector se toma el tiempo de llegar hasta el final cuando siente que el trabajo se hizo de manera profesional. Por eso sigo apostando a las crónicas de largo aliento. Creo que es un género que tiene larga vida, aunque a veces no lo parezca.
La tecnología también permite llegar a una audiencia mucho mayor. Alguien puede empezar a leer un texto que lo atrapa, guardarlo en el teléfono o en la computadora y retomarlo a la noche, al final del día, para desconectarse de la rutina.
Un texto bien escrito siempre encuentra lectores, y la crónica es una invitación a disfrutar de la lectura y a abordar las noticias desde otro lugar, con mayor profundidad y más investigación. En una crónica también están los datos duros; la diferencia es que están puestos con las herramientas de la literatura.
Las pequeñas cosas que se extrañan
—Después de compartir tanto tiempo con los migrantes, ¿cambió tu manera de ver el norte y el sur? ¿Qué te dejó personalmente esta experiencia?
—Más que cambiar mi manera de ver el norte o el sur, creo que esto cambió mi manera de ver la vida. Me impresionó el esfuerzo que hacen día a día y la imposibilidad de darle un abrazo a un ser querido. La tecnología permite hacer una videollamada, pero no es lo mismo. Ellos mismos me lo dicen.
Uno me cuenta que le encantaría poder abrazar a su hija. Otro quisiera llegar al final del día, después de trabajar doce horas, y conversar con su esposa. Puede hacerlo por videollamada, pero le gustaría que ella estuviera sentada a su lado, en la misma mesa, comiendo juntos.
El valor de esas pequeñas cosas me ayudó a entenderlos. Hay algo muy sencillo que me quedó grabado: quienes se fueron del norte al sur extrañan, por ejemplo, cortar una palta del árbol, una mandarina o una naranja. Para nosotros, en el norte, eso es normal, natural. En el sur es imposible.
No hay árboles frutales como los que tenemos acá y, por eso, extrañan tanto poder comer una palta recién cortada. La fruta llega cortada mucho antes de tiempo, a veces congelada; no tiene el mismo sabor ni despierta las mismas emociones que sacar una naranja de la planta, pelarla y sentarse a comerla.
Ese tipo de cosas me hizo mirar la vida cotidiana desde otra perspectiva.

