Machirulos medievales

 

Hay escenas que parecen escritas por un guionista con exceso de ironía: en pleno Mes de la Mujer, un grupo de mujeres gauchas —a caballo, con niñas y niños incluidos— es bloqueado para ingresar a un sitio histórico vinculado a la gesta de Martín Miguel de Güemes. No por una fuerza extranjera ni por una disputa legal compleja, sino por vecinos que decidieron que ese espacio, símbolo de lucha y pertenencia, tiene dueño… y al parecer también filtro de género. La postal es potente: la tradición convertida en excusa para excluir a quienes justamente la mantienen viva.

El gesto tiene algo de arqueológico, pero no por lo histórico sino por lo mental. Porque hay que excavar bastante profundo para encontrar una lógica donde las mujeres pueden desfilar, montar, homenajear, pero no entrar. Como si el gauchaje fuera una categoría con derecho de admisión selectivo, administrado por guardianes improvisados de una identidad que, paradójicamente, dicen defender. Lo retrógrado no está en el rechazo en sí —que ya sería suficiente— sino en la naturalidad con la que se ejerce: sin argumento, sin pudor y, sobre todo, sin registro del ridículo.

Y mientras se proyectan museos, espacios culturales y discursos sobre la memoria, la escena real ocurre unos metros antes: un camino bloqueado. Tal vez sin quererlo, esos vecinos lograron una representación bastante fiel de cierto conservadurismo: uno que celebra el pasado, pero le teme al presente; que invoca héroes como Güemes, pero no tolera que las mujeres también ocupen ese legado. Al final, más que preservar la historia, lo que se conserva es una forma bastante vieja —y bastante cómoda— de dejar a otras afuera.