De cómo Alfredo Olmedo logró que el debate político argentino terminara convertido en una discusión anatómica
Lucas Sorentino
Hay dirigentes que llegan a la televisión para defender ideas. Otros, para explicar proyectos. Algunos incluso intentan convencer al electorado con argumentos.
Y después está Alfredo Olmedo.
El empresario salteño, histórico especialista en convertir cada aparición pública en una performance involuntaria, decidió que el gran aporte del liberalismo argentino al debate nacional consistía en preguntarle repetidamente a un diputado si le había visto los testículos.
Sí. Eso ocurrió
Mientras el país atraviesa una inflación persistente, caída del consumo, conflictos sociales, problemas de infraestructura, universidades asfixiadas y provincias que discuten cómo sobrevivir al ajuste, uno de los referentes libertarios salteños eligió instalar una pregunta que probablemente ningún constitucionalista había previsto como parte del debate republicano:
—”¿Usted me vio las bolas a mí?”
La frase quedará para la historia no por su profundidad filosófica sino porque resume mejor que cualquier ensayo el nivel de degradación al que ha llegado buena parte de la dirigencia política.
Lo más curioso es que Olmedo no parecía incómodo por abandonar cualquier intento de argumentación. Al contrario: insistió una y otra vez, convencido de que la reiteración podía transformar un exabrupto en una idea política.
No pudo.
La pobreza intelectual disfrazada de espontaneidad
Desde hace años, La Libertad Avanza intenta vender la idea de que representa una renovación frente a “la casta”.
Sin embargo, cada vez que alguno de sus dirigentes pierde los estribos aparece el verdadero producto: gritos, descalificaciones personales, agresividad y una preocupante incapacidad para sostener una discusión racional.
Lo sucedido con Olmedo no fue un accidente.
Es el resultado de una lógica donde la política deja de ser intercambio de ideas para convertirse en un concurso de insultos.
Cuando se acaban los argumentos, aparecen los exabruptos.
Cuando faltan datos, sobran los agravios.
Y cuando el dirigente no puede responder una crítica, termina hablando de partes de su anatomía.
Del saco amarillo al papelón permanente
Durante años Alfredo Olmedo construyó una identidad pública basada en el espectáculo: el saco amarillo, las frases extravagantes, las propuestas imposibles y las declaraciones destinadas más a viralizarse que a resolver problemas.
Lo preocupante es que ahora ese estilo dejó de ser una excentricidad personal para convertirse en un modo de hacer política dentro de un espacio que gobierna el país.
La escena televisiva fue casi una metáfora perfecta.
Mientras Oscar Zago intentaba discutir sobre el caso de Manuel Adorni y el pago de impuestos, Olmedo abandonó cualquier línea argumental para iniciar un debate que ningún ciudadano estaba reclamando.
No habló de economía.
No habló de producción.
No habló de empleo.
No habló de federalismo.
Habló de sus genitales.
El verdadero problema
No es que un dirigente diga una grosería.
La política argentina siempre tuvo personajes temperamentales.
El problema aparece cuando la grosería reemplaza completamente al pensamiento.
Cuando el espectáculo ocupa el lugar de las propuestas.
Cuando el grito se convierte en ideología.
Y cuando los dirigentes parecen convencidos de que ser ordinarios es una forma de autenticidad.
Quizá ese sea el verdadero drama.
Porque mientras millones de argentinos esperan respuestas, algunos de sus representantes siguen creyendo que hacer política consiste en protagonizar el próximo video viral.
Y así, una fuerza política que prometía terminar con “la casta” corre el riesgo de terminar recordada por otra cosa: haber llevado el debate público desde la discusión de ideas hasta una insólita controversia sobre quién vio —o no vio— las partes íntimas de uno de sus dirigentes.
Una metáfora involuntaria de una política que, cada día más, parece quedarse sin cabeza y gobernar exclusivamente por impulso.




