Salta no deja de sorprendernos con su inagotable capacidad para transformar la gestión cultural y educativa en una obra maestra del absurdo.
Leona Del Monte
Mientras desde los escritorios oficiales se promete vanguardia, federalismo e inclusión, la realidad que se respira en los pasillos de la administración pública combina olor a humedad, expedientes paralizados y empanadas frías traídas en flete desde la Capital Federal.
En un loable esfuerzo por integrar la fauna local a las actividades artísticas de la provincia, la emblemática Casa de la Cultura sobre la calle Caseros ha decidido innovar en materia de biodiversidad. En los últimos meses, artistas, técnicos y transeúntes han sido testigos del desfile incesante de roedores que recorren bastidores, depósitos y techos con la soltura de quien ostenta un cargo de planta permanente.
Fuentes bien informadas aseguran que no se trata de una plaga ni de desidia en la limpieza, sino de un arriesgado concepto de performance inmersiva: el espectador salteño no solo va a ver una obra de teatro o un concierto, sino que vive la experiencia realista de convivir con la fauna urbana en tiempo real. Un cálido aplauso para la gestión de conservación de nuestro patrimonio histórico.
Por el lado de la ministra Cristina Fiore, quien encabeza un mega-ministerio donde Educación y Cultura conviven en una suerte de matrimonio por conveniencia administrativa. En el área educativa, la ministra sigue cosechando elogios por su ya célebre “escuela fantasma”: un establecimiento educativo que figura de maravilla en las planillas de Excel, en las partidas de ejecución y en los discursos de inauguración, pero cuya infraestructura resulta completamente invisible para los alumnos y docentes que la esperan en el terreno.
Es una lección de pedagogía austera: ¿para qué gastar en ladrillos, aulas o baños cuando se pueden dictar clases en el plano conceptual? Mientras la comunidad reclama un edificio real sin techos que se caigan, desde el ministerio se nos recuerda que lo esencial es invisible a los ojos.
No podemos dejar de aplaudir a la Secretaría de Cultura que, bajo la tutela del ministerio de Fiore, engalanó a la provincia con una nueva edición de la Feria del Libro. Para garantizar que los salteños aprendiéramos a leer con elegancia, la gestión decidió que la mejor receta era importar colectivos enteros de autores, expositores y panelistas traídos directamente desde la Capital Federal.
Porque es sabido por todos que en Salta —tierra de poetas, historiadores y narradores de renombre universal— no hay suficientes escritores como para llenar tres carpas. ¿Para qué convocar al nutrido y postergado ecosistema literario local cuando se pueden pagar pasajes, hoteles y viáticos a figuras del puerto para que vengan a explicarnos amablemente cómo se escribe en las provincias? Un gesto de federalismo al revés que llena de orgullo a las letras locales.
Este afán centralizador encuentra su verdadera razón de ser en la lógica del espectáculo digital. La política cultural de la Secretaría ha sustituido el desarrollo comunitario y el fortalecimiento del entramado artístico local por la mera producción de escenografías fotografiables. Como advertía el filósofo francés Guy Debord en “La sociedad del espectáculo”, «el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas meditada por imágenes». Bajo este prisma, la gestión cultural en Salta ya no evalúa el impacto social, la perdurabilidad pedagógica o el fomento de la creación literaria y artística, sino la métrica del “engagement”, la estética del encuadre y el volumen de contenido generado para las cuentas oficiales en redes sociales.
El evento cultural deja de ser un espacio de encuentro, tensión o reflexión comunitaria para convertirse en un producto de consumo efímero, diseñado exclusivamente para durar quince segundos en una “story” de Instagram. Esta fijación por la cáscara visual deriva en lo que el ensayista Byung-Chul Han describe como la era de la «hiperestética» y lo «pulido»: una oferta cultural desprovista de conflicto, territorialidad e identidad profunda, pensada para no incomodar y para ser rápidamente digerida por el algoritmo.
Al convertir la gestión en una simple agencia de contenidos digitales, la Secretaría de Cultura prioriza el “flyer” de diseño pulcro y la foto con estética porteña por sobre la sostenibilidad financiera de los colectivos artísticos salteños. La política cultural queda así reducida a un mero simulacro publicitario donde la fachada fotogénica oculta el vaciamiento presupuestario y la falta de un proyecto cultural genuinamente provincial.




