La marcha que se realizó ayer en la Ciudad de Buenos Aires a favor del aborto seguro, legal y gratuito convocó a distintas generaciones. Crónica de un instante de protesta en donde varias manifestantes hablaron de la Salta clerical de Urtubey. (Federico Anzardi)

Quince minutos antes de las cinco de la tarde de este viernes 29 de septiembre de 2017, la esquina de Corrientes y Callao tiene un solo rastro de lo que sucederá dentro de un rato en las afueras del Congreso de la Nación, a cuatro cuadras de distancia. Un chico de estilo indie, con chupín negro, campera ceñida al tono, lentes de marco grueso y bigote, carga un mástil rudimentario que tiene un pañuelo verde en uno de los extremos. Es la señal inequívoca de su destino inmediato. También de una parte de sus pensamientos.

El chico, de veintipocos, camina por Callao hacia Rivadavia. Avanza frente a la librería católica de donde sin dudas lo invitarían a retirarse sin escándalo. Pasa frente al Hotel Savoy, ícono gay de los ochenta. Escenario inmortalizado por Federico Moura, que en una hermosa canción de Virus cantaba que allí bailaban sin saber si era ayer o mañana.

Las señales siguen siendo pocas. Están ahí, pero hay que saber encontrarlas. Están en la tapa de la revista Sudestada que cuelga de los quioscos. En las chicas que empiezan a aparecer por la zona con los pañuelos verdes atados al cuello, prendidos en la mochila, sujetos a las cinturas. En estos militantes que caminan con las banderas rojas enrolladas hacia la esquina del Congreso, mientras un trompetista indigente toca la Marcha Peronista tirado en la vereda. Es la única canción que sabe tocar. La única pieza que sonará por esta cuadra.

En la plaza del Congreso, un escenario está montado. Mira hacia el palacio legislativo nacional, que en sus rejas presenta los resabios de otra protesta: la de los pueblos originarios que se movilizaron hace cuarenta y ocho horas para exigir la prórroga de la ley que impide los desalojos de los terrenos que ocupan y que quieren ser aprovechados por las empresas que simpatizan con el gobierno. Allí hay wiphalas y cartulinas cn exigencias. El escenario emite reggae combativo en continuado. Musicaliza la carpa de los ex trabajadores de Pepsico, que fueron reprimidos y expulsados de sus lugares de trabajo y hoy ya no ocupan los primeros planos de los medios. En diagonal está el Cine Gaumont, donde el martes se realizó la avant premiere de Zama, la película de la salteña Lucrecia Martel que esta mañana fue seleccionada para representar al país en los premios Oscar y Goya. Un film que habla de una persona que espera, que muestra a mujeres y a comunidades indígenas. Las señales están ahí, si uno las sabe buscar.

El escenario tiene los colores apropiados. Al fondo, reza: “Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito”. Son las 17.17 y todo empieza a quedar listo.

“Le falta campaña”

En la carpa de Pepsico hay apenas dos ex trabajadores a esta hora. Están rodeados de fotografías que muestran los distintos momentos de lucha. Ya van dos meses instalados aquí. Noventa desde que los expulsaron de sus puestos de trabajo con una represión que vio todo el país y justificó el gobierno. Hay planillas para juntar firmas, Hay pines a la venta para recaudar fondos. Hay carteles que preguntan dónde está Santiago Maldonado. David se define como un “trabajador no militante”. Cuenta que el jueves que viene habrá una audiencia porque hay fallos de reincorporación. “La Justicia dijo que nos tienen que reincorporar porque los despidos son ilegales”, explica. Agrega que la medida abarca a once de los ex empleados. Dice que ahora tienen que “ver qué plantea la empresa” a partir de esto. “El resto (de los trabajadores) todavía está en distintas cámaras. Como ya somos despedidos, somos civiles, no se puede presentar un reclamo conjunto sino que tienen que hacerlo de a grupos, porque si no, los juzgados no los toman”.

David cuenta que desde que bajó la mediatización del caso Pepsico los trabajadores la llevan “día a día”. “Con acciones que los medios no los reflejan. Marchamos de vez en cuando a las oficinas que están en Munro, hacemos escraches. Por lo general vamos desde la mañana hasta la tarde. Estamos con los bombos. Hicimos un par de cortes en la 9 de Julio, que tampoco lo reflejan demasiado los medios”. Agrega que mantenerse económicamente “es complicado”: “Al no tener tanta difusión no hay tanta solidaridad. La gente que pasa es siempre la misma. Cuando nosotros teníamos mayor difusión la gente venía exclusivamente a apoyarnos económicamente o con donaciones. Ahora, el día a día se está haciendo cada vez más complicado”.

“Los diputados de izquierda están siempre”, aclara David. “Hay algunos que están desde el primer momento pero son los menos. En principio muchos bloques dijeron que iban a apoyar el proyecto de ley y ahora estos últimos días salieron a decir que no, que no podían, que una cosa, que la otra”, cuenta. Y dice que el bloque de Sergio Massa es el que le retiró ese apoyo prometido. David cuenta que no puede opinar mucho sobre Urtubey, porque no conoce la gestión. Entonces, asegura que no se lo percibe demasiado desde esta gran ciudad. “Si se va a postular a presidente, le falta campaña”, asegura.

Dando clase a los maestros

En la vereda, frente al escenario, están sentadas cinco adolescentes. Tres de ellas aceptan hablar sobre los motivos por los que están acá hoy. Casandra, Jimena y Mary. Es ésta última, la mayor del grupo, la que toma la palabra al principio: “Apoyamos esta causa porque necesitamos despenalizarlo (al aborto). Se están muriendo muchas chicas en abortos clandestinos. Necesitamos que sean más accesibles las pastillas de Misoprostol, ya que subieron muchísimo de precio desde el último gobierno. Como dice nuestro lema, las ricas abortan o vamos presas o morimos. Así que estamos acá por eso”.

“Parece una boludez pero no. Necesitamos más educación sexual integral en los colegios, capacitación para los maestros, que se acortó muchísimo lo que es el presupuesto para los maestros, para que den educación sexual integral en los colegios. Para que las pibas puedan decidir sobre sus propios cuerpos también desde edades tempranas, que también es lo que sucede. Quedan embarazadas a edades tempranas”, agrega Mary.

Casandra y Jimena tienen quince y 16 años respectivamente. Mary tiene 25. La mayor asegura que cuando ella tenía la edad de sus amigas “no tenía idea de estas cosas”. Por eso percibe que hay un avance en la difusión de la causa. “Por suerte están despertando desde muy chicas. Desde el Ni Una Menos, hace dos años, se está visibilizando más la lucha por el aborto, la diversidad de género, y está bueno que lo puedan vivir desde más chicas”, explica.

Las chicas, excepto Mary, pertenecen a La Cámpora. Cuenta que desde su espacio político hay un frente de género donde se impulsó siempre la perspectiva de género. “Ya sea matrimonio igualitario, educación sexual integral, anticonceptivos gratis. Todo el avance en salud y educación. Igualmente, sé que mis compañeros de la organización presentaron ya cuatro veces la ley para la interrupción del embarazo y fue cajoneada. Más allá de que la conducción sea Cristina, no significa que la gente que milita no siga con la consigna de aborto legal”, dice. Y asegura que Cristina se opone al aborto desde una perspectiva personal. “Creo que una persona nunca deja por su perspectiva personal el futuro del país”, dice.

Las chicas van a escuelas públicas. Cuentan que tienen educación sexual escasa. “A mí me sirvió lo que aprendí en el colegio pero sí mucho es instruirse solas. Incluso corregir a profesores porque no tienen ni ellos bien claros los conceptos. Decían que la única forma de embarazarse era la penetración. No existía para ellos in vitro. Nada de eso”, cuentan.

Las chicas se miran con picardía cuando escuchan la pregunta sobre Urtubey, ese hombre que apoyó a Cristina hasta que el kirchnerismo perdió las elecciones de 2015. “Considero que para armar un frente y armar una unidad y tratar de ganar fuerzas, hay que comer muchísimos sapos. No sólo pasó en Salta, sino que pasa en un montón de lugares”.

O sea, ¿Urtubey es un sapo que hubo que comerse? Las chicas mueren de risa. Al final, Casandra no duda: “Sí”.

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