Por Mily Ibarra
El psicoanalista Juan Vasen dice una frase que conviene repetir despacio: “el jugar siempre ha sido una dimensión absolutamente mayor que la del juguete. En todo caso el juguete es un pobre pretexto y soporte de la posibilidad de jugar, de la disposición a jugar”. Dicho de otro modo: el juguete no es lo importante. Lo importante es lo que ocurre cuando un niño juega.
Parece obvio. Pero basta mirar alrededor para entender que no lo es tanto.
Durante años los adultos discutieron sobre qué juguete comprar: el más caro, el más tecnológico, el más educativo. Sin embargo, en los jardines de infantes y en las salas maternales empieza a aparecer otra preocupación, más silenciosa: hay chicos que llegan sabiendo manipular una pantalla, pero no saben muy bien qué hacer con otro niño.
Los docentes del nivel inicial lo escuchan cada vez más seguido. Los padres lo dicen con distintas palabras pero con la misma inquietud: “lo traigo al jardín porque está todo el día con el celular”, “le cuesta compartir”, “quiero que tenga amigos, es hijo único”. En esas frases aparece algo que excede al juguete. Aparece la pregunta por el juego mismo.
El nivel inicial —ese primer territorio donde muchos niños pisan una institución fuera de la casa— vuelve entonces a lo que siempre debió ser su bandera: el juego. Más movimiento. Más ruido. Más patio. Más canciones. Más desorden creativo.
Porque en la primera infancia jugar no es un recreo entre actividades importantes: es la actividad importante. Allí se aprende a esperar, a inventar, a negociar, a frustrarse, a imaginar. Allí aparece el primer laboratorio de la vida social.
Ahora bien: si el juguete es apenas un soporte, tampoco da lo mismo cualquier cosa. En las escuelas —sobre todo en las públicas— el juguete sigue siendo un recurso pedagógico que necesita existir. No para dirigir el juego, sino para habilitarlo.
Los juguetes que permiten asumir roles —la cocinita, el muñeco, la caja registradora, el disfraz improvisado— son claves porque abren la puerta al juego simbólico. Y en ese pequeño teatro cotidiano donde un niño juega a ser médico, madre, piloto o monstruo, ocurre algo fundamental: empieza a organizar su mundo emocional.
Jugar, entonces, no es sólo saber jugar. También es tener con qué jugar.
Los materiales improvisados pueden estimular la creatividad, sí. Pero los objetos pensados para el juego tienen otra cualidad: resisten el tiempo, acompañan la exploración, soportan la intensidad con que los niños habitan el mundo. En las salas maternales, donde los chicos necesitan moverse, tocar, arrastrar, trepar y descubrir, el espacio, el mobiliario y los juguetes forman parte de una misma arquitectura del juego.
No se trata de lujo pedagógico. Se trata de derecho.
Un buen juguete —seguro, resistente, disponible— no dirige la imaginación: la sostiene. Permite que el niño sea protagonista. Que transforme un objeto en mil cosas distintas. Que invente historias que ningún adulto podría prever.
Porque, al final, el juguete cumple su mejor función cuando desaparece detrás del juego.
Y cuando eso ocurre, lo que queda no es un objeto.
Queda un niño jugando, que es, en el fondo, una de las formas más serias de aprender a vivir.




