El Nuevo Diario —conocido despectivamente en Salta como “el diario chiquito”— volvió a poner a prueba una de sus especialidades: contar una noticia como si fuera un juego de adivinanzas. “Entrenador de fútbol, a juicio por mensajes inapropiados a menores”, titula. Perfecto. ¿Quién es? Misterio. ¿Cómo se llama? Incógnita. ¿A qué club pertenece? Nivel final de ¿Quién quiere ser millonario?. La nota cuenta las edades de las adolescentes, reproduce el recorrido de la denuncia, explica qué hizo la Fiscalía y hasta cita el artículo de la Ley Contravencional, pero cuando llega el momento de identificar al protagonista, aparece el clásico cartel: “Continuará”. Al lector solo le falta una lupa y una libreta para jugar al detective.
La curiosidad aumenta porque esa prudencia informativa parece tener un funcionamiento bastante selectivo. Cuando la noticia puede incomodar a determinados sectores o tocar intereses de un cuatro de copas, el “diario chiquito” parece convertirse mágicamente en una enciclopedia: nombres completos, fotos, antecedentes, detalles y hasta el color de las medias del acusado, si hace falta. En cambio, cuando conviene cuidar la identidad de alguien, la información llega en cuotas y el lector queda obligado a completar los casilleros. No se cuestiona que haya que preservar identidades cuando corresponde. Pero una cosa es el cuidado de las fuentes y otra muy distinta es convertir el periodismo en “Adivine quién”.




