De la «maternidad rosa» a la matrescencia: el puerperio como crisis vital

 

La psicóloga Lucía D’Arterio, especialista en psicología clínica y docente universitaria, abordó el puerperio desde una perspectiva integral para desarmar los mandatos sociales, identificar las señales de alerta clínica y poner en relieve la importancia de las redes de contención comunitaria.

Andrea Sztychmasjter 

El periodo posterior al nacimiento de un hijo/a suele presentarse en la narrativa dominante envuelto en una estética pulcra, calma y exenta de conflictos. Sin embargo, detrás de la imagen idealizada de la madre abnegada y sonriente, el puerperio se despliega como uno de los momentos de mayor vulnerabilidad, reorganización identitaria y tensión psíquica en la vida de una persona gestante.

Redefinir el puerperio: más allá de los 40 días 

Desde la medicina hegemónica y las definiciones de diccionario tradicional, el puerperio ha sido catalogado como un lapso estrictamente biológico que abarca entre seis semanas o cuarenta días posparto, orientándose al restablecimiento físico del cuerpo gestante. No obstante, desde las ciencias humanas y la salud mental perinatal, esta acotación temporal resulta estrecha e insuficiente para dar cuenta de la complejidad del proceso.

D’Arterio remarcó que la temporalidad de esta etapa no se rige por un calendario rígido ni por el cese de las transformaciones biológicas:

«La finalidad del puerperio tiene que ser como un poco más flexible; se habla de una crisis vital, no en un sentido patológico negativo, sino como un estado de transición.» 

La especialista propuso recuperar el concepto de «matrescencia», propuesto originalmente en la década de 1970 por la antropóloga estadounidense Dana Raphael. Así como la adolescencia describe el pasaje del niño al adulto —un camino de transformaciones físicas, psicológicas y sociales donde no se espera el retorno al estado previo—, la matrescencia postula la emergencia de una nueva identidad. Pretender que la persona que ha atravesado una gestación y un parto vuelva exactamente al estado previo genera una presión social constante.

La epidemiología del malestar

El impacto en la salud mental durante la perinatalidad es un fenómeno de escala global y nacional. Diversas investigaciones en salud pública y psiquiatría perinatal señalan que la fluctuación del estado de ánimo conocida como baby blues o tristeza puerperal afecta entre el 50% y el 80% de las mujeres en los primeros diez días tras el parto. Esta condición, caracterizada por labilidad emocional, llanto episódico y cansancio, remite de forma espontánea conforme se estabilizan los índices hormonales y la reorganización cotidiana.

Sin embargo, cuando la tristeza persiste o se profundiza, el escenario clínico deriva en una Depresión Posparto (DPP). A nivel internacional, revisiones epidemiológicas sitúan la prevalencia promedio de la DPP entre el 10% y el 20%. En Argentina y América Latina, diversos estudios locales informan indicadores que oscilan entre el 17% y el 40%, registrándose incrementos notables en contextos de precariedad socioeconómica, vulnerabilidad laboral o falta de redes institucionales de apoyo.

A pesar de su frecuencia, la DPP presenta tasas considerables de infradiagnóstico. El estigma, el miedo al juzgamiento social y la dificultad para expresar vivencias ambivalentes impiden que muchas madres consulten a tiempo a los servicios de salud mental.

Deconstruir la «maternidad rosa» 

Uno de los obstáculos más persistentemente señalados por la psicología clínica es la disonancia entre las vivencias reales del puerperio y los mandatos culturales imperantes. La representación mediática e histórica de la maternidad suele encasillarse en una idealización libre de contradicciones.

Lucía D’Arterio alertó sobre el peso inhibitorio que ejercen estos discursos sobre el psiquismo de las madres:

«Hay una imagen muy social, muy cultural, de lo que le llamo la ‘maternidad rosa’, donde la maternidad tiene que ser todo ideal, pero la realidad es que no es rosa, hay muchos grises.» 

La culpa resulta ser el síntoma predominante cuando la vivencia subjetiva no encaja en las expectativas impuestas. Sentimientos de agotamiento, irascibilidad, duelo por la autonomía perdida o dudas respecto a la capacidad de cuidar suelen interpretarse erróneamente como fallas morales personales en lugar de manifestaciones esperables dentro de una crisis de reorganización de la identidad.

Corresponsabilidad y la «tribu» de sostén

Para hacer frente a la complejidad del período perinatal, la intervención no puede reducirse al ámbito individual o al tratamiento exclusivamente farmacológico. La reactivación de redes comunitarias y la implicación efectiva de las parejas en la crianza surgen como factores protectores clave frente a los trastornos del estado de ánimo.

En la entrevista, D’Arterio hizo especial énfasis en redefinir el rol de las parejas y los varones durante la etapa posterior al nacimiento, distanciándose del modelo tradicional donde la figura paterna actúa como un mero «colaborador» secundario:

«Ahí la paternidad no es como el que ayuda, sino la corresponsabilidad; hay que habitar esa paternidad y darle lugar.» 

Esta perspectiva de corresponsabilidad concuerda con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que promueven la inclusión de las parejas en los controles prenatales, los espacios de preparación para el parto y el acompañamiento afectivo y logístico en el puerperio.

Adicionalmente, la vieja premisa de que «para criar a un niño hace falta una tribu entera» cobra relevancia en el contexto de las sociedades contemporáneas. Validar las emociones, garantizar momentos de descanso básico, descentralizar las exigencias domésticas y construir espacios de escucha libre de juicios se consolidan como herramientas fundamentales para resguardar la salud mental tanto de la persona gestante como del recién nacido en sus primeras etapas de desarrollo.