Hubo 30 travesticidios, transfemicidios y muertes en lo que va de 2019. Más de 7 por mes.

Las travestis y trans nacen y crecen (mal, muy mal) desinstaladas de sus casas, de sus entornos afectivos, del sistema escolar, del acceso a la salud, del secundario completo, de los estudios universitarios, del trabajo y (para acotar la lista) de los medios, que las corrieron de la criminalización constante a las que solían exponerlas en las páginas de policiales hasta lograr extinguirlas. O narcomenudeo o prostituta. O travesti cuchillera, ladrona y revanchista, o estrella de la tv que accedió al mediodía del canal «familiar» por mérito propio. Si no, nada.

La activista Marlene Wayar, autora de Travesti, una teoría lo suficientemente buena(2018), sintetiza a menudo esta operación voluntaria con la moción de anulación del currículum vitae: abolir el pedido y la lectura de currículums, documentos cuyo espectáculo postula un itinerario vital siempre ficticio, pero mucho más iluso para recorridos vertebrados por la exclusión.

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