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Cuando el sueldo no alcanza, la salud mental pasa la factura

Mientras los indicadores macroeconómicos muestran estabilidad, la vida cotidiana cuenta otra historia. Los alquileres, las tarifas, los alimentos y los servicios básicos siguen encareciéndose, los salarios pierden capacidad de compra y la salud mental empieza a reflejar el costo humano del ajuste.

Hay un dato que debería preocupar tanto como la inflación. O más.

En Salta, las atenciones hospitalarias por salud mental aumentaron un 40% durante el último año. No se trata solamente de una mayor conciencia sobre la importancia de consultar a un profesional. El propio secretario de Salud Mental de la provincia lo explicó con crudeza: hay más ansiedad, más depresión, más consumo problemático y, sobre todo, personas que dejaron de atenderse en el sistema privado porque ya no pueden pagarlo.

La salud mental se convirtió, también, en un indicador económico.

Porque las estadísticas macroeconómicas pueden mostrar una desaceleración de la inflación, pero la economía doméstica cuenta otra historia. Una historia donde los alquileres siguen aumentando, las tarifas de luz y gas pesan cada vez más sobre el presupuesto familiar, los alimentos no dejan de encarecerse y el salario alcanza para menos.

El último informe de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes (Ciccra) es otra prueba contundente. El consumo de carne vacuna cayó 11,5% en el primer semestre de 2026 y alcanzó el nivel más bajo de los últimos treinta años. No fue porque los argentinos hayan decidido cambiar sus hábitos alimenticios. Fue porque dejaron de poder comprarla.

Los cortes más populares, como la carne picada o el asado, aumentaron más del 50% en un año, muy por encima de la inflación general. La consecuencia fue inmediata: menos carne en la mesa y más pollo o directamente menos comida.

Al mismo tiempo, otro estudio mostró una realidad todavía más preocupante. En varias provincias argentinas un trabajador necesita más de mil horas de trabajo para comprar un teléfono celular de alta gama. Incluso adquirir un jean o un par de zapatillas demanda jornadas laborales que duplican o triplican las de las provincias con mayores ingresos.

La inflación puede haber bajado. El poder adquisitivo, no.

Y allí aparece una paradoja que rara vez ocupa el centro del debate público. Durante décadas se comparó a la Argentina con Europa por sus niveles salariales. Hoy empiezan a aparecer comparaciones mucho menos alentadoras. En términos de capacidad de compra, amplios sectores de la población se acercan cada vez más a ingresos propios de economías de bajos salarios, mientras los precios de muchos bienes se parecen a los del mundo desarrollado.

No hace falta recurrir a estadísticas sofisticadas para comprobarlo. Basta con mirar alrededor.

Familias que resignan vacaciones para pagar el alquiler. Jubilados que eligen entre comprar medicamentos o llenar la heladera. Jóvenes que vuelven a la casa de sus padres porque ya no pueden sostener un alquiler. Personas con obra social que dejan de atenderse porque no pueden afrontar un copago. Comer carne, cambiar el celular o comprar un electrodoméstico dejaron de ser decisiones de consumo para convertirse en proyectos de largo plazo.

Después nos sorprendemos cuando aumentan las consultas por ansiedad, depresión o angustia.

¿Cómo no van a aumentar?

La incertidumbre económica no termina cuando cierra el mercado o cuando el INDEC publica un índice. Entra a las casas. Se sienta en la mesa. Condiciona decisiones familiares, posterga proyectos, deteriora vínculos y genera un desgaste silencioso que ningún indicador financiero alcanza a medir.

Por supuesto, sería simplista atribuir todos los problemas de salud mental a la economía. Existen múltiples factores: sociales, culturales, familiares, biológicos. Pero tampoco puede ignorarse que vivir bajo una presión económica constante tiene consecuencias psicológicas profundas.

No es casual que el propio sistema público de salud esté recibiendo a miles de personas que antes podían pagar una consulta privada. No solo aumentó el sufrimiento; también disminuyó la capacidad de afrontarlo.

Quizás allí esté uno de los desafíos más importantes de esta época: dejar de pensar que la economía y la salud mental transitan caminos separados.

Porque cuando un país obliga a trabajar más horas para comprar menos alimentos, cuando el salario pierde valor mientras las tarifas, los alquileres y los servicios esenciales siguen subiendo, la angustia deja de ser un problema individual.

Se convierte en un síntoma colectivo.

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