La Fórmula 1 volvió a desnudar una de las injusticias sociales más graves del capitalismo global: Franco Colapinto apenas llega a fin de mes. Mientras Max Verstappen embolsa unos obscenos 70 millones de dólares por año, el piloto argentino sobrevive con apenas entre 500 mil y un millón, una cifra que en cualquier país serio habilitaría, como mínimo, una tarjeta alimentar del automovilismo.

Según reveló la prensa especializada, Colapinto integra el selecto grupo de los salarios más bajos de la categoría, una especie de monotributista del paddock, condenado a compartir grilla con millonarios que no saben lo que es elegir entre pagar el alquiler o cambiar neumáticos.

La comparación duele: setenta veces menos que Verstappen. Setenta. Ni siquiera es una metáfora: es directamente una cargada con números oficiales.

Ante semejante desigualdad, empiezan a surgir preguntas inevitables.

¿Dónde está Juan Grabois para denunciar la discriminación estructural contra los pilotos argentinos?

¿Habrá una movilización de la CGT reclamando paritarias para los corredores precarizados?

¿Dirán algo Jorge Wayar, Carlos Rodas o algún dirigente sensible al drama del asalariado de elite?

Porque si Colapinto es “el planero” de la F1, Verstappen sería el CEO del sistema financiero internacional con casco y guantes.

Mientras tanto, el neerlandés sigue acumulando títulos, millones y contratos publicitarios, y el argentino debe conformarse con correr en la categoría más cara del mundo sin llegar ni al 2% del salario del campeón. Una injusticia que clama al cielo… o al menos a una asamblea en la puerta del Autódromo.

Por ahora no se confirmaron cortes de ruta ni ollas populares en boxes, pero no se descarta un acampe simbólico frente a la FIA, en defensa del derecho humano básico a ganar decenas de millones de dólares sin ser discriminado por nacionalidad.

La Fórmula 1, ese lugar donde incluso los “pobres” cobran en dólares… pero igual quedan últimos en la tabla de la lucha de clases.