En redes sociales se premia estéticamente que chicas muy jóvenes adopten una apariencia o una actitud sexualizada. El ‘efecto Lolita’ no está tan superado como creíamos.
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta”. Así empieza una de las novelas más importantes de la literatura universal contemporánea que, escrita por el autor ruso Vladímir Nabokov, introducía al lector en la mente de Humbert, un pederasta que narra la historia sobre cómo se obsesiona con una menor de edad. Durante la novela, su voz responde a la de un narrador no fiable, es decir, uno que hace dudar al lector de la veracidad del relato.
La problemática surge en adaptaciones al cine en las que la protagonista, además de ser una niña, se presenta como un objeto sexual. Es el caso de la versión de Adrian Lyne de 1997 que, protagonizada por Dominique Swain, generó gran controversia por exponer a una menor de 15 años bajo una mirada sexualizadora: “La línea roja no está en si se puede contar una historia incómoda, el cine debe poder abordar temas difíciles. La cuestión es desde qué mirada se cuentan esas historias. Una escena puede mostrar violencia o un deseo problemático sin convertirlo en espectáculo”, comenta Sonia Herrera Sánchez, doctora en Comunicación Audiovisual y Publicidad especialista en estudios feministas.
A esta hipersexualización de niñas y adolescentes en el cine, los medios y la cultura popular se le denomina el efecto Lolita, un concepto sociológico acuñado por Meenakshi Gigi Durham en un ensayo titulado de la misma manera. La académica, especializada en género, presta especial atención a la violencia sexual, una cuestión relevante ya que, en muchas ocasiones, mientras se disparan estas fotografías o se graban las películas y anuncios las menores ni siquiera son conscientes del trasfondo de la situación: “Una de las características centrales del abuso sexual infantil es precisamente la asimetría de poder entre el adulto y el menor. Los adultos comprenden el significado sexual de determinadas conductas o imágenes, mientras que los niños o adolescentes muchas veces no lo hacen”, explica Noemí Pereda, catedrática de Victimología de la UBA y Directora del Grupo de Investigación en Victimización Infantil y Adolescente.
Aunque este análisis fue publicado en 2008, sigue siendo muy pertinente hoy en día porque, aunque en el cine esta problemática ha disminuido, continúa presente en otros entornos como las redes sociales, especialmente en TikTok. Hay una romantización. Muchas niñas suben contenidos muy bien recompensados en términos de visualizaciones y likes que, si bien ellas conciben como algo inocente, pueden terminar en manos equivocadas: “Hoy estas representaciones suelen ser menos explícitas, pero no han desaparecido. Están en algunos videoclips, campañas publicitarias o en las dinámicas de las redes sociales, donde muchas veces se premia estéticamente que chicas muy jóvenes adopten una apariencia o una actitud sexualizada”, explica Noemí Pereda.
Echando un vistazo a TikTok no es difícil encontrarse con comentarios totalmente sexualizados en vídeos de menores en los que simplemente bailan. Aunque la cosa va mucho más allá y existen cientos de cuentas que simplemente reutilizan contenido publicado por menores con fines sexuales. En una investigación realizada por Maldita se analizaron 20 de estas cuentas. En las conclusiones de este trabajo hallaron que usaban descripciones como “colegialas primaria, secundaria, prepa” o “las más lindas de los colegios” y recopilaban muchas veces vídeos de menores con uniformes escolares. Ni Meta ni TikTok ofrecen soluciones ni compromiso real para evitar que esto suceda.




