La antropóloga salteña se mudó con su esposo y sus dos hijos a un pequeño velero en el Caribe panameño. En Una introvertida en el Caribe, su primera novela, cuenta el detrás de escena de esa aventura: los miedos, las dificultades de la convivencia, la maternidad y el descubrimiento de que cambiar de vida no significa resolverlo todo.

Ana Lucía Mondada tenía una vida establecida en Salta, un trabajo, una familia y una rutina que funcionaba. Sin embargo, había una pregunta que volvía una y otra vez: ¿esto será todo? En 2024, junto con su esposo, Pablo, y sus dos hijos, decidió buscar una respuesta lejos de casa, a bordo de un pequeño velero en el Caribe panameño.

La experiencia que comenzó como una aventura familiar terminó convirtiéndose también en un proceso de descubrimiento personal y en su primera novela, Una introvertida en el Caribe. Allí, Mondada se aleja de las postales idílicas del mar para contar la otra cara de la vida a bordo: las reparaciones interminables, el cansancio, la incertidumbre, la convivencia sin demasiado espacio y la dificultad de adaptarse a un entorno desconocido. También aparecen la generosidad de una comunidad que terminó siendo fundamental y los aprendizajes de criar a dos chicos en condiciones muy diferentes de las que conocían en Salta.

Licenciada en Antropología, nacida en Salta en 1985, Mondada trabajó durante más de una década en proyectos sociales y comunitarios. La escritura llegó a partir de una necesidad de procesar y contar lo vivido. Aunque la novela se permite algunos cambios de nombres, fechas y acontecimientos, la autora asegura que es, en un 98%, una historia real.

Hoy, su familia reparte el año entre Salta y el archipiélago de San Blas, en Panamá. Tiene dos hogares y una certeza que atraviesa las páginas del libro: animarse a hacer algo extraordinario no exige dejar atrás los miedos ni las inseguridades. A veces, la valentía consiste precisamente en avanzar con ellos.

El libro comienza con ese fuerte contraste entre la vida ya asentada en Salta, y el calor pegajoso del varadero en Panamá. ¿Cuánto de «huida» y cuánto de «búsqueda» hubo realmente en esa decisión de subirse a un velero con dos niños pequeños?

Nosotros teníamos, como decís, una vida cómoda, prolija y asentada en Salta. En varias de las conversaciones que tuvimos con Pablo hablamos de eso: queríamos irnos, no para escapar de algo que era bueno, sino porque necesitábamos saber qué más había afuera. No queríamos perdernos la oportunidad de vivir algo fuera de lo ordinario, al menos por una vez.
Uno de mis hijos ya había empezado la escuela, teníamos actividades, actos escolares y, entre medio de eso, yo pensaba: “¿Esto será todo? ¿No hay nada más?”. Me aguijoneaba el deseo de viajar, de tener otros tiempos, de escaparle a la rutina clásica con la que otra gente parecía sentirse tan cómoda.

Te definís a vos misma desde el título como una introvertida en el Caribe, un entorno que suele asociarse con la extroversión, la fiesta y lo gregario. ¿Cómo fue lidiar con esa exposición constante —con los vecinos, los turistas, los lugareños— mientras intentabas proteger tu propio espacio mental?

Fue algo inesperado lo que me pasó cuando llegamos a Panamá, porque había aspectos de mi personalidad que yo creía ya superados. Pensaba que, con la adultez, el trabajo, etc., había dejado atrás gran parte de la introversión con la que me identifiqué desde la adolescencia. Pero ese contexto, durante mucho tiempo y por motivos que no siempre pude identificar, me hacía sentir pequeña y muy insegura. La gente, en general, parecía estar tan convencida de lo que hacía, de que estaba en el camino correcto, y yo, en cambio, dudaba todo el tiempo, y eso reforzaba la sensación de estar fuera de lugar.
Otra cosa difícil fue resignar el tiempo a solas, saber que no teníamos redes de apoyo ni familia que nos dieran un respiro, principalmente con el cuidado de los chicos. Extrañaba mucho a mis amigas, con quienes podía hablar de cosas que no hablaba con nadie más.

Pero lo loco fue que esa misma comunidad, el estar tan juntos y pendientes unos de otros, fue lo que nos salvó y nos dio la pauta de que estaba bueno hacer lo que estábamos haciendo. Experimentamos situaciones de tanta generosidad, tanta disposición y ayuda desinteresada, que finalmente nos enamoramos de esa comunidad, de ese estilo de vida. Y nos gustó ser capaces de hacer lo mismo con otras personas cuando nos fuimos sintiendo cada vez más seguros.

A diferencia de las postales perfectas que solemos consumir, el libro muestra las goteras, los barcos que se sueltan de la boya y las herramientas que no sabés usar. ¿Por qué creías que era vital contar la trastienda fea, frustrante y caótica de la aventura?

Hay algunos chistes en internet que hablan de esa diferencia. Te muestran la vida náutica que uno se imagina, y la gente está hermosa, todos vestidos de azul y blanco a rayas, con una copa en la mano y relajados. Después te muestran la vida náutica en verdad, y están los mismos, con la ropa hecha harapos, despeinados y con ojeras del cansancio por las noches en vela. Nosotros lo experimentamos en carne propia, y me pareció más rico contar eso, porque a veces nos comemos la idea de que, en otra parte o haciendo algo diferente, se está mejor, y no es tan así. Las redes contribuyen en gran parte a eso, a mostrar lo lindo, lo exitoso, el buen momento. Y atrás hay muchísimo más. El mar es hermoso, cálido, los lugares pintorescos, pero la vida en sí no es más fácil. Es diferente, sí, pero no más fácil. Por eso no hay que creer que al mudarse a una playa uno lo resuelve todo.
También me pareció que, si por algún motivo alguien decide emprender algo como lo que hicimos, o le atrae una idea parecida, es mucho mejor que vaya sabiendo que puede ser duro, difícil, que no todo será como lo esperaba y que, aun así, vale la pena. Al menos así fue para nosotros.

En medio del estrés de las reparaciones y la falta de energía, los chicos (Alejo y Juan) atraviesan su propia adaptación. ¿Qué te enseñaron tus hijos sobre cómo habitar el presente durante esos primeros meses de tanta incertidumbre?
Yo sé que, si ellos no hubieran estado, habríamos aprendido las cosas mucho más rápido, quizás le hubiéramos destinado el doble o triple de tiempo a los arreglos que había que hacer, a tratar de transitar la altísima curva de aprendizaje que teníamos por delante. Pero quizás también hubiésemos abandonado antes. Ellos nos obligaban a tomarnos descansos, a buscar ese equilibrio con el disfrute mientras tratábamos de resolver cosas. Durante todo el primer tiempo de nuestro viaje estuvimos amarrados, quietos, afuera de una marina, que es el lugar a dónde van los navegantes a trabajar y hacer arreglos. Y nosotros, en cambio, íbamos a las islas cercanas, hacíamos pequeños paseos, pasábamos tiempo en la playa. Nos tirábamos al mar, buscábamos socializar y disfrutar.
Uno de los mejores momentos que teníamos era cada noche, cuando nos acostábamos en la cubierta del barco a ver las estrellas. Para Juan eso fue súper especial. En uno de los retornos a Salta, durante las noches Juan nos invitaba a salir de la casa para acostarnos afuera a mirar las estrellas.

Y un temor que yo tenía era que ellos se aburrieran en el barco, y me sorprendió muchísimo ver que era al revés. Siempre encontraban qué hacer y, con muchos menos estímulos que en Salta, se aburrían menos. Inventaban juegos e historias entre ellos, se trepaban a las diferentes zonas del barco y armaban casitas en espacios minúsculos.

Volvés a tu provincia natal para presentar un libro que destila sal, mar y manglares. ¿Qué sensaciones te atraviesan al reencontrarte con tus raíces salteñas portando esta historia, sabiendo que la Ana que se fue ya no es exactamente la misma que regresa?

Son varias cosas, pero en primer lugar me siento muy orgullosa de que cumplir un sueño loco me haya permitido alcanzar otro, que es el de publicar un libro. Antes de esto, nunca me había sentado de forma prolija y regular a contar una historia, con el serio objetivo de terminarla y que saliera a la luz. Como, en este caso, la historia ya la tenía —era la nuestra— la tarea fue más fácil.

Por otro lado, hoy tengo dos hogares: Salta, con mi familia, mis amigos y su ritmo de vida, y nuestro velero en Panamá, que también tiene su propio ritmo, su belleza y sus amigos queridos.

A la vez, a mi marido Pablo y a mí nos quedó una sensación, una certeza de que somos capaces de hacer grandes cosas, de que, si nos animamos a esto, podemos lograr cualquier cosa que nos propongamos. Mientras tanto, yo creo que sigo siendo la misma, allá y acá, y sé que, con dudas, inseguridades y eventuales problemas de autoestima, también se puede ser valiente.

¿Cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en la novela?

Te diría que es 98% realidad; las modificaciones son algunas fechas, nombres y el orden de algunos eventos. También dejé muchas cosas afuera para no hacerla gigante. Traté de ser lo más honesta posible, porque, de alguna forma, me parecía importante contar una historia sin agregarle extras, sin hacerla más grandilocuente, sino contando lo que fue en verdad.

La novela trata sobre la primera vez que viajamos a Panamá. Después hubo dos viajes más y seguro habrá otros en el futuro, y en cada etapa vivimos cosas diferentes. Pero yo quería que esta historia fuera la del principio y que fuera lo más fiel posible a la realidad.