En un ejercicio extremo del cinismo, el vocero presidencial aseguró que Messi es «un modelo a seguir». Lo dijo justo después de defender el DNU que habilita la extranjerización de tierras.
Tras la despedida del capitán de la selección el vocero presidencial, Adrián Ravier, aprovechó el fervor popular para trazar un patético paralelismo con su jefe, Javier Milei. Según su precario entender, ambos constituyen modelos a seguir: el primero por motivos incuestionables y Milei por «el liderazgo que está mostrando a nivel global».
Las declaraciones fueron realizadas durante una de sus habituales conferencias de prensa en la Casa Rosada.
La contradicción resulta todavía más evidente cuando se recuerda que, después de aquel partido contra Inglaterra en el Mundial, los jugadores de la Selección fueron contundentes al reivindicar la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas.
Mientras tanto, el Gobierno que pretende apropiarse del prestigio de esos mismos símbolos avanza en sentido contrario, habilitando mecanismos que facilitan la extranjerización de tierras argentinas.
Messi representa, entre otras cosas, esa rara capacidad de convertir una camiseta en una bandera compartida. Milei, en cambio, parece empeñado en convertir la bandera en una cuestión de mercado. Donde uno genera pertenencia, el otro ofrece activos.
Y si el fútbol sirve para entender la comparación, también sirve para desnudarla. Milei no es Messi: es la pelota que se pierde lejos del arco, la gambeta que termina contra la publicidad y el jugador que, ante cada silbido, se da vuelta para insultar a la tribuna. Una pifia espantosa con pretensiones de golazo.
Mientras Messi construyó su liderazgo con resultados, esfuerzo y una camiseta que nunca necesitó explicar demasiado, Milei parece obligado a anunciar el suyo en cada conferencia de prensa.




