Por Mily Ibarra

Hay una idea bastante extendida según la cual cambiar el espacio consiste en mover las sillas, correr algunas mesas o ponerle otro nombre a la sala. Como si la pedagogía pudiera modificarse desplazando objetos de un lugar a otro. Como si bastara con llamar “espacio de exploración” a un rincón para que, por ese solo acto de nombrarlo, algo nuevo comenzara a suceder allí.

Pero el espacio no cambia necesariamente porque cambien las cosas que contiene. Cambia cuando cambia lo que puede ocurrir en él.

Moverse de un lugar a otro modifica también el sentido de aquello que hacemos. Una sala organizada de determinada manera propone ciertas relaciones: quién mira a quién, quién escucha, quién espera, quién puede acercarse, quién queda afuera. Hay una política mínima de las sillas, de las mesas, de los objetos disponibles. Incluso el vacío tiene una función. No es un accidente.

Por eso el docente no es simplemente quien ocupa ese espacio. Es quien lo construye.

Hay algo de artesano en esa tarea. Algo de constructor, de inventor. Seleccionar materiales, disponerlos, decidir qué permanece y qué desaparece, regular los tiempos, abrir una posibilidad y cerrar otra. No para controlar cada movimiento de los niños y las niñas, sino para convertir ese movimiento en una experiencia.

Porque no se trata de que los chicos simplemente se muevan. La pregunta es otra: para qué se mueven, cómo se mueven, qué encuentran mientras lo hacen y qué experiencia queremos hacer posible a partir de ese desplazamiento.

Un espacio diferente puede producir otra forma de encuentro. Puede hacer posible una conversación que antes no ocurría, una escucha que no estaba prevista, una exploración, una forma de juego, una expresión corporal o una construcción colectiva. Pero nada de eso está garantizado por el espacio mismo. Depende de las decisiones que se tomen allí.

El nombre de la sala, en ese sentido, importa bastante menos de lo que solemos creer.

Podemos cambiar el cartel de la puerta. Podemos hablar de sala de juego, de exploración, de expresión o de experiencias. Pero el lenguaje no alcanza. El sentido pedagógico aparece en lo que efectivamente hacemos con ese lugar y en aquello que permitimos que suceda.

El docente ocupa entonces dos espacios al mismo tiempo. Uno es físico: está en la sala, entre los objetos, los cuerpos, los desplazamientos. El otro es pedagógico y creativo. Desde allí observa, interpreta, modifica. Lee lo que está ocurriendo y decide qué hacer con eso.

Tal vez allí esté una de las tareas menos visibles de enseñar: aprender a mirar el espacio.

Porque un espacio nunca es solamente un espacio. También dice quién puede hacer qué, con quién, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones. Y esas condiciones pueden favorecer una experiencia o impedirla.

Por eso la pregunta no debería ser solamente cómo se llama este lugar. Tampoco si las mesas están bien dispuestas o si las sillas fueron corridas lo suficiente.

Las preguntas son otras: ¿qué experiencias estamos habilitando?, ¿qué lugar ocupa el niño y la niña?, ¿qué lugar ocupa el docente?, ¿qué aprendizajes se vuelven posibles a partir de esta organización?

El espacio no tiene un sentido pedagógico por sí mismo. Se lo damos.

Y, a veces, enseñar consiste precisamente en eso: mirar un lugar conocido y descubrir que todavía podemos hacer que allí ocurra algo que antes no ocurría.