ALEJANDRO SARAVIA
En su último libro, en coautoría con Astrid Pikielny, Andrés Malamud se plantea la aparente aporía de si el gobierno de Milei habría de ser una bisagra o bien sería nada más que un mero péndulo. Metafóricamente, la diferencia entre una bisagra y un péndulo está en el hecho de que una bisagra une dos posiciones, una tras la otra, en tanto que un péndulo va y viene entre ellas, con avances aparentes que encubren, en realidad, retrocesos. Nuestra historia reciente, al menos desde mediados de los 70 del siglo pasado, indica que fluctuamos pendularmente entre dos espacios sin aprovechar las ventajas de ninguno, agravado, ello, por las veleidades refundantes que caracterizan el narcisismo de nuestra dirigencia. Hasta ahora, en estos últimos 40 años, el único proyecto exitoso fue el primero, el de Alfonsín, quien tuvo el mandato tácito de forjar un sistema democrático y cumplió, atento a que ese sistema aguanta hasta las ocurrencias y dislates de los que en él juegan a ser dirigentes políticos.
Milei tuvo el mandato de elaborar un sistema económico que no sólo estabilice sino que ponga en rumbo de crecimiento al país, y si bien debiera comenzar, como señalamos, por establecer una indispensable estabilidad, su dogmatismo ideológico propio de lectores de un solo libro conlleva el riesgo concreto de que, en lugar de lograr el cometido respecto del desarrollo, por reacción de la misma sociedad que lo encumbró vuelva a los momentos iniciales que lo hicieron necesario. Es decir, el consabido juego pendular de volver al punto de partida sin que el entretanto haya servido para algo.
Desde el primer día en estas columnas venimos diciendo que por eso mismo sería sumamente riesgosa una reelección de Milei y su troupe porque, como vimos, generaría una reacción pendular ante el hartazgo de lo que representan, cosa que no está del todo lejos. Y allí, tanto lo bueno como lo malo sería tirado a la basura. Todo junto. En consecuencia, en lugar de bisagra, como sería lo deseable, la experiencia Milei habría de ser nada más que un péndulo, por lo que, luego de ella, vendría el eterno volver a empezar.
Días pasados, Marina Dal Poggeto aludió a la necesidad de un horizonte. Horizonte que, obviamente, está dado por la previsibilidad. Ese horizonte existiría si esta etapa que estamos transitando tuviera un mañana, no la amenaza de volver a lo vivido. Tanto es así que cualquiera podría darse cuenta de que el éxito de Milei estaría cifrado por el hecho de que quien lo suceda respete su logro, esto es, el equilibrio fiscal y, a partir de allí, implementar lo que le falta a este modelo, esto es, un programa de desarrollo que es bastante más que el simple crecimiento estadístico.
Paradójicamente, lo que está dificultando en demasía una proyección virtuosa, normal, del derrotero politico-económico de nuestro país, son dos obcecaciones. La de Cristina Fernández, por un lado, que patéticamente pugna por mantener la posibilidad de una candidatura propia para taponarlo a Kicillof, y la del propio Milei, o bien la de su hermana que en verdad sería aún peor, pretendiendo forzar una modificación del sistema electoral nada más que para imponer la candidatura de su hermano a pesar de que la misma no sea la mejor que pudiera ofrecer una alternativa de centro-derecha. Modificar el sistema de las PASO sólo para obstaculizar la propuesta de la oposición peronista o bien impedir que esa centro-derecha postule a alguien que considere mejor, no es muy liberal que digamos por cierto.
El éxito de Milei, insisto, habrá de estar cifrado por el hecho de que su sucesor no tire por la borda su logro, esto es, la idea de que el equilibrio fiscal es algo valioso para el desempeño normal de una economía y de la dinámica de un país. El plantear como indispensable para ello su reeleccción se parece en demasía a aquel “después de mí el diluvio” de Luis XV de Francia, hijo del Rey Sol y padre del que perdió la cabeza.
Alfonsín y el logro de su mandato de consolidar la democracia se consumó tras su vencimiento, sin reelección, cuando los sucesores siguieron respetando el sistema democrático, algunos con mejor letra que otros, claro está. Lo mismo habrá de decirse de Milei si cumple con el mandato recibido de estabilizar la economía, cuando sus sucesores sigan ese derrotero.
Forzar las circunstancias hace peligrar lo logrado porque genera el riesgo de que el hartazgo colectivo lleve a otro salto de mata que nos conduzca al punto de partida. Es decir, salir de la dinámica virtuosa de una bisagra para recaer en la maldición del péndulo.




