Hay una nueva modalidad de conducción que merece ser estudiada por especialistas: manejar borracho hasta que el cerebro decide apagar la transmisión. El método, al parecer, consiste en beber, subirse al auto, perder el control, despertarse después de un choque y descubrir que durante algunos minutos uno había dejado de participar activamente de la realidad. El conductor de Tartagal lo explicó con una sinceridad conmovedora: “Se me apagó la tele”. La frase tiene la ventaja de ser breve y la desventaja de que, cuando la televisión vuelve, puede encontrarse un utilitario incrustado contra una pared.
El problema de este sistema es que la calle no viene con modo pausa. Tampoco hay botón de reinicio, vidas extra ni una pantalla que pregunte si uno está seguro de querer continuar. El sábado, en la esquina de Facundo Quiroga y Manuela Pedraza, el auto impactó contra un utilitario estacionado, lo arrastró y terminó contra una casa. El dueño del vehículo estaba durmiendo la siesta y utilizaba el rodado para trabajar. Por una de esas pequeñas casualidades que a veces separan una noticia policial de una tragedia, nadie resultó herido.
Quizás convenga aclarar entonces que manejar alcoholizado no es una forma extravagante de llegar más rápido a casa ni una anécdota graciosa para contar al día siguiente. Es una pésima combinación de alcohol, automóvil y personas que, por desgracia, no tienen la obligación de desaparecer de la calle para que alguien pueda conducir sin consecuencias. El vehículo puede convertirse en un arma incluso cuando el conductor no tiene intención de lastimar a nadie. Y el detalle más inquietante de la historia es justamente ese: mientras uno está ocupado intentando recordar dónde dejó la conciencia, los demás siguen ahí.
La frase “se me apagó la tele” podría quedar como el título perfecto para una campaña de seguridad vial, siempre que se complete con una segunda línea: cuando manejás borracho, la tele se puede apagar para vos, pero la película continúa para los demás. El utilitario, la pared, la casa y el susto de los vecinos fueron el decorado involuntario de una decisión que pudo terminar muchísimo peor. Esta vez hubo chapa, daños materiales y una historia insólita para contar. La próxima vez, si alguien vuelve a sentir que se le apaga la tele, lo más prudente sería apagar antes el auto.




