Antes de que Emilia Orozco se escandalice porque en una marcha le dijeron algo desagradable, quizás debería recordar que forma parte de un espacio político que impulsa proyectos tan cuestionados como la iniciativa contra las supuestas «falsas denuncias de abuso», un verdadero mamarracho legislativo que, según numerosas organizaciones, desalienta a las víctimas a denunciar violencia sexual.

La senadora salteña de La Libertad Avanza aseguró que fue insultada durante la desconcentración de la marcha Ni Una Menos frente al Congreso y decidió convertir el episodio en una denuncia mediática. «Lo menos que me dijeron fue linda», relató en TN durante una entrevista con Jonatan Viale.

Resulta llamativo que una dirigente oficialista se muestre tan sensible ante algunos agravios verbales mientras acompaña a un gobierno que ha desmantelado políticas de género y cuyo discurso sobre las mujeres ha sido cuestionado en reiteradas oportunidades por organizaciones feministas y de derechos humanos. La empatía, parece, funciona en un solo sentido.

Orozco también cuestionó la «sororidad» y sostuvo que muchas manifestantes utilizan estas movilizaciones con fines políticos. Lo hizo, paradójicamente, durante una entrevista televisiva en la que aprovechó una marcha multitudinaria para hacer política.

Mientras miles de mujeres reclamaban justicia por víctimas de femicidios y violencia de género, la legisladora eligió colocarse en el centro de la escena como víctima de insultos. Una curiosa escala de prioridades para alguien que representa a un espacio que, desde el poder, ha convertido el cuestionamiento al feminismo en una de sus principales banderas.