Martín Miguel Güemes Arruabarrena
El primer homenaje público al Gral. Martín Miguel de Güemes, lo realiza el Gobernador José Ignacio de Gorriti, el 6 de Noviembre de 1822. A un año y cinco meses de su muerte. El traslado de sus restos mortales de la Capilla del Chamical a la Iglesia Matriz, es la ocasión elegida para que el pueblo y gobierno de Salta, tributen los honores póstumos al Caudillo. Gorriti amigo personal de Güemes, se encuentra embanderado en una política de pacificación provincial. Esta justiciera evocación, era parte de esa política de paz y concordia provincial. El oficio del gobernador don José Ignacio de Gorriti al Señor Coronel don Juan Manuel Quiroz, Teniente Gobernador de Jujuy, ordenando el traslado de los restos del Gral. Martín Güemes, reza así: “(…) La gratitud exige se tributen por la Provincia los honores que corresponden a un Jefe que libertándola de todas cuantas invasiones ella ha sufrido por los tiranos, tuvo la gloria de arruinar dos ejércitos triunfantes que la ocuparon; agregando la de estar en ella una milicia la más virtuosa y heroica de cuantas han sido sostén del País y de la Causa de nuestra Independencia.”
El pueblo multitudinariamente, desde todos los rincones de la Provincia de Salta (abarcaba territorialmente Tarija, Tupiza, Orán, Jujuy y Santa María), acude a brindar la última despedida al Caudillo norteño, conductor de la epopeya de la guerra gaucha.
La primera biografía del héroe criollo (consustanciado con los gauchos), se edita en Lima, en 1847. Dionisio de Puch es su autor. El Gobernador Puch, en 1857, por decreto dará nacimiento al Club 20 de Febrero, también en procura de la concordia provincial. En el aspecto histórico, estos actos se encuentran consustanciados, y obedecen a la misma intención: recordar, y reconstruir el pensamiento y la acción de la Independencia Nacional Suramericana, desde la perspectiva de la concordia de la Patria vieja y la nueva.
Desde 1822 a 1931, transcurren 109 años. El 20 de febrero aniversario de la Batalla de Salta, donde se origina la consigna: ni vencedores ni vencidos (gravada en el campo de la Cruz) es inaugurado el Monumento al Gral. Martín Miguel de Güemes. Bajo el manto protector de Belgrano, Güemes es trasladado al bronce. En el país, vencedores y vencidos inician una época signada por el tango Cambalache, y el intento conservador liberal de insertar nuestra argentina, en el mundo. Es decir: el retorno a la década de 1880 / 1890, dejando atrás 1910 /1930. La crisis del 90, en el Siglo XIX, renació con la crisis mundial de 1929, llevando al país a la década de 1932–42. El fraude patriótico era el regreso a la República posible, aquella nacida con la generación del 80. El General Agustín P. Justo buscaba ser Roca redivivo, sin conquistar el desierto. Corrupción, especulación, negociados, hambre y desocupación, crecimiento desigual, concentración económica, sumisión al capital extranjero, son los efectos visibles e históricos de la llamada: Década Infame (bautizada así, por José Luis Torres). El Pacto Roca /Runciman es la base y punto de partida del Estatuto Legal del Coloniaje (al decir de Arturo Jauretche). El desenlace fue el golpe cívico militar de 1943, y su consecuencia social: el 17 de octubre de 1945, con la aparición de Perón, Eva y el Justicialismo. Es la Nueva Argentina prevista por Alejandro Bunge, economista que pensó y escribió sobre la necesidad de la industrialización.
Nuestro país, entre 1916 y 1930 estaba embarcado en un proceso de realizaciones nacionales; en nuestro norte, desde las presidencias de Yrigoyen y Alvear, se proyecta y construye YPF, y el FCC Huaytiquina (C 14) al Pacífico. El General Enrique Mosconi, sanmartiniano, fortalece la decisión nacional. Los Gobernadores Joaquín Castellanos, y Adolfo Güemes, apoyan esta política de crecimiento. Protección a los trabajadores, y la neutralidad ante la Primera Guerra Mundial, provocan resistencias internas y externas. El país se encaminaba a la autonomía política, social y económica, en el marco de la Constitución, del Imperio de la Ley, del Estado de Derecho. La revolución del 6 de septiembre, encabezada por el General José Félix Uriburu, fue la culminación de tales tensiones económicas y sociales. El comienzo de los gobiernos de facto, que luego se convertirían en facciosos “porque quiero y puedo, y porque tengo la fuerza”.
La democracia de masas con su carga histórica, estaba en juego. La legitimidad de origen y su complemento: la legitimidad de ejercicio, una tarea pendiente. La república federal una asignatura irresuelta. Iniciábamos así, en pleno Siglo XX, nuestro corso i ricorsi histórico. La decadencia tan mentada por los causantes de tantos males.
Sin vitalidad popular, sin fuego patrio en el alma nacional, sin dirigencias ejemplares, las instituciones y las clases que las conducen, se pierden en los laberintos del poder, en el espacio de los intereses creados. Sus representantes rinden culto a los países centrales, son demagogos del capital, y reaccionarios a la presencia del pueblo. En última instancia, se disciplinan a lo exótico, y al poder internacional del dinero.
Ernesto Palacio, participe del golpe del 30, en su libro: “Catilina contra la plutocracia en Roma”, escribe: “(…) Corría el año 1931. En el curso de pocos meses, había yo probado la esperanza y las zozobras de la conspiración, la euforia del triunfo, la responsabilidad (y el goce) del poder en una ínsula provincial, y muy pronto, el desengaño de los hombres a quienes ayudé a encumbrar y de los principios que profesaban. Me sentía defraudado en mi patriótico fervor juvenil; y lo que es peor, culpable de haber participado, por inexperiencia y por una suerte de fatalidad, inherente a mi posición y mis vinculaciones, en una empresa cuyo carácter maléfico se me hacía cada día más patente. Mi conocimiento de los entretelones del régimen restaurado el 6 de septiembre y mi contacto íntimo con los triunfadores–ávidos de usufructo–completaron mi harto imperfecta educación política. Comprendí que el patriotismo y el honor me vedaban seguir una carrera provechosa en las filas de quienes mostraban tan a lo vivo su falta de sensibilidad nacional. Y renunciando a mis obvias posibilidades de éxito y de lucro fácil, decidí romper con los conmilitones de la víspera, abandonar la mesa de infame festín y solidarizarme en la calle con los vencidos.
El aspecto histórico no podía estar ausente en esa década de 1921 -31. Güemes era causa y fundamento de la Unión Nacional (ayer y hoy, agregamos). En su tiempo fue el más argentino de los salteños, y el más suramericano de los norteños. El sentido de provinciana, de localismo, estaba ausente en su pensamiento y acción. Fue el sentido que embargó a quienes inauguraron su monumento en Salta, a su memoria. Montarse en su caballo, en su galope heroico, robar el muerto al pueblo, sin conservar para transformar, y transformar para conservar (tal como planteaba Edmund Burke), fue en realidad una prepotencia y un alarde gatopardista (que todo cambie, para que nada cambie). La inauguración del Monumento (1931), por el General Uriburu y seguidores, afirmaba el espíritu provinciano. Se construía así, el mito del Héroe Gaucho, en una tierra donde los señores son gauchos, y los gauchos son señores (consigna del conservadorismo tradicionalista). En realidad, desde la muerte de Güemes, los gauchos dejaron de ser señores de su destino. Los pudientes, adversarios de Güemes, se enseñorearon del poder provincial. El orgullo campeaba orondo en los pasillos gubernamentales.
La única verdad es la realidad decía Aristóteles. La mitad del país estaba ausente y marginado, pobre y abatido por la desgracia. Los actos oficiales se sucedían… a partir de 1931. Los conservadores motorizaban el culto salteño. El localismo porteño, fundamentaba así la leyenda del gaucho guerrillero, que en guerra de guerrillas defendió la frontera norte. De esta forma, se minimizaba el carácter militar del Caudillo norteño, que organizó las milicias, para ir más allá de la frontera actual. La Patria Nueva volvía al poder provincial. La Patria Vieja se recluida en los ranchos de los humildes, en las casas de los criollos que conservaban la tradición de las luchas por la libertad e independencia. Es intención de este ensayo a compartir sucesivamente, relacionar historia y política en la época (1921- 31), y conocer el tiempo social en el que Güemes fue trasladado al bronce (1931-43). Este paralelo nos permitirá rastrear huellas perdidas, y arriar sueños olvidados




