El urtu tours: La casta eran los otros

 

Entre libertarios reciclados, herederos políticos y funcionarios acomodados, la democracia argentina empieza a parecerse cada vez más a una monarquía de apellidos eternos.

 

Lucas Sorrentino

 

Hay algo admirable en ciertos dirigentes argentinos: la elasticidad moral. La capacidad casi circense de doblar convicciones, acomodar discursos y reciclar ideologías según sople el viento del poder. Un talento camaleónico que merecería ser declarado patrimonio cultural si no fuera porque lo pagamos entre todos.

El caso de Marcos Urtubey es apenas un ejemplo más de esa fauna política que cambia de piel con una velocidad que ya ni siquiera sorprende. Fue peronista conservador cuando convenía serlo. Después apareció como supuesto pionero libertario, abrazado al discurso antiestado, celebrando las ideas de la motosierra y la demolición del gasto público. Y ahora termina ocupando un cargo de la mano de un dirigente kirchnerista, dentro de un Estado que hasta hace cinco minutos era presentado como el origen de todos los males nacionales.

La escena se completa con la foto sonriente, los saludos protocolares y el entusiasmo institucional: “Gracias al intendente Julio Alak por el recibimiento y por esta distinción como Huésped de Honor de La Plata. Felicitaciones a Daniel Lipovetzky y a Marcos Urtubey por su nuevo desafío al frente de la Secretaría de Relaciones Internacionales y la Subsecretaría de Cooperación Internacional e Inversiones”. Todo muy republicano, muy moderno, muy “mirada al futuro”. El problema es que el futuro argentino siempre termina pareciéndose demasiado al pasado.

Porque en este país todos critican al Estado hasta que aparece un cargo. Ahí dejan de hablar de “parásitos”, “ñoquis” y “casta”. Ahí descubren súbitamente la nobleza del servicio público. El Estado, para muchos de estos revolucionarios de redes sociales, es como un asado ajeno: mientras lo miran desde afuera dicen que es inmoral; cuando los invitan a la mesa se sirven doble porción.

La supuesta batalla contra la casta terminó convirtiéndose en una gigantesca agencia de colocaciones familiares y amistosas. Manuel Adorni, emblema libertario del mérito y la eficiencia, quedó envuelto en cuestionamientos por el nombramiento de su hermano dentro del aparato estatal. Los Menem reaparecieron como si la política argentina fuera una remake eterna de los noventa: Martín Menem presidiendo Diputados, Eduardo “Lule” Menem orbitando el poder, sobrinos, primos y apellidos reciclados como si la democracia fuera una franquicia hereditaria.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿dónde quedó la meritocracia de la que hablaban? ¿Dónde está ese mercado despiadado que premiaba a los mejores y expulsaba a los inútiles? Porque al final los cargos siguen llegando por apellido, por amistad, por contactos o por conveniencia política. A dedo, como siempre. Igual que antes. Exactamente igual que antes.

Lo notable no es sólo la contradicción, sino la impunidad con la que se exhibe. Hablan de libertad mientras viven del presupuesto público. Hablan de esfuerzo individual mientras acomodan familiares. Hablan de renovación mientras reciclan dinastías políticas. Hablan de democracia mientras perpetúan linajes, como si Argentina fuera una monarquía tropical donde el poder se transmite por sangre y no por capacidad.

Los Urtubey, los Menem, los Saadi, los Rodríguez Saá, los Kirchner, los Romero. La política argentina se parece cada vez más a un árbol genealógico. Cambian los slogans, cambian los colores partidarios, cambian las selfies y los hashtags, pero los apellidos permanecen. Inoxidables. Eternos. Como esas viejas familias aristocráticas que decían defender la patria mientras se repartían el país como una estancia.

Y ahí aparece el verdadero problema: no se trata sólo de oportunismo político. Se trata de una cultura del poder donde las convicciones son descartables y el único valor permanente es estar cerca de la caja, del cargo o de la estructura de turno. Hoy libertario, mañana kirchnerista, pasado mañana peronista federal. Todo da igual mientras haya despacho, sueldo estatal y foto institucional.

La política argentina ya ni siquiera discute ideas. Discute lugares. Ya no importa qué se piensa, sino dónde conviene pararse para seguir existiendo. Por eso las conversiones ideológicas son tan rápidas y tan obscenas. Porque no hay doctrina que resista la tentación de un cargo público.

Mientras tanto, al ciudadano común le siguen predicando sacrificio. Ajuste. Paciencia. Competencia. Que se arregle solo. Que emprenda. Que haga mérito. Pero arriba, en la cima del sistema, los mismos de siempre continúan rotando entre gobiernos, sellos partidarios y cargos públicos como si el Estado fuera una herencia familiar.

La casta, finalmente, no era un sector político específico. Era un método. Una forma de vivir del poder mientras se simula combatirlo.

Y en eso, hay que reconocerlo, muchos resultaron verdaderos especialistas.