En el Día Mundial de la Higiene de Manos, el gesto que salva vidas encuentra su versión local: dirigentes que se “lavan las manos” con una facilidad que ni la OMS podría recomendar.

Cada 5 de mayo se conmemora el Día Mundial de la Higiene de Manos, impulsado por la OMS bajo el lema “SALVA VIDAS: Limpia tus manos”. La consigna es clara: un gesto simple, accesible y económico puede prevenir infecciones y evitar tragedias, especialmente en ámbitos sanitarios. Hasta ahí, todo impecable.

Ahora bien, si trasladamos la idea al terreno de la política local, el “lavado de manos” adquiere un significado bastante menos saludable. Porque si bien la campaña existe desde 2006, en nuestros pagos esta práctica viene perfeccionándose desde mucho antes, con niveles de destreza dignos de un quirófano… aunque sin los mismos resultados.

En su sentido figurado, lavarse las manos implica desentenderse, esquivar responsabilidades o, en el mejor de los casos, mirar para otro lado mientras el problema lo resuelve otro. Una tradición que, según la historia, se remonta a Poncio Pilato, quien decidió dejar constancia pública de su inocencia en un asunto bastante complicado: nada menos que la crucifixión de Jesús. Dos mil años después, el gesto sigue más vigente que nunca.

Sobran ejemplos. Legisladores nacionales que llegan a sus bancas en defensa de la universidad, pero al mismo tiempo acompañan recortes presupuestarios que la asfixian. Concejales que reclaman obras públicas al municipio, aunque prefieren hacerse los distraídos cuando los fondos de coparticipación se achican desde arriba.

Y están también aquellos ediles que llegaron hablando de “ficha limpia”, pero comparten bloque con colegas denunciados por hechos graves. La coherencia, en estos casos, parece haberse evaporado con el agua del enjuague.

En la provincia, la cosa no mejora. Diputados que se preparan para debatir la prohibición del acceso a redes sociales para menores de 16 años, mientras la juventud sigue esperando políticas reales de contención. Ante la falta de ideas, la solución parece ser siempre la misma: prohibir, restringir, cerrar. Como si tapar el problema fuera lo mismo que resolverlo.

El fenómeno no se limita a la política. En organismos públicos y privados, el “lavado de manos” es moneda corriente. Basta con escuchar esa frase que ya es casi patrimonio cultural: “no hay sistema”. Tres palabras que funcionan como certificado instantáneo de desvinculación.

Así, mientras el mundo insiste en que lavarse las manos salva vidas, aquí parece servir —al menos para algunos— para salvar responsabilidades. Y aunque el agua y el jabón hagan bien, convendría recordar que hay cosas que no se limpian tan fácil. Sobre todo cuando lo que está en juego no es la higiene, sino la responsabilidad.