El juicio al abogado José Figueroa habilitó que opinólogos/as presentados como simples ciudadanos, periodistas varios y comunicadores se sientan con la capacidad moral para hablar sobre aspectos privados y señalar a otras.
Artículo de Teresita Frías. Periodista. Comunicadora feminista
Menos dedo y más calle: sin curro del Estado empiezan a criticar a las que sostienen la lucha feminista y ponen el cuerpo a diario.
El caso Kvedaras no solo fue utilizado por medios masivos para alimentar el morbo también dejó al descubierto cómo algunas que se autoperciben feministas usan estas situaciones para, entre otras cosas, señalar.
De repente aparece el dedito acusador, la medición de quién es feminista y quién no, la crítica fácil hacia las que siempre estuvieron. En un escenario donde el feminismo está siendo atacado y deslegitimado desde distintos sectores, subirse a ese discurso también puede ser una forma de acomodarse, de ver si hay lugar, de seguir “currando” desde otro lado.
Lo más bajo es usar un femicidio para eso. Para mostrarse, para ganar visibilidad, para posicionarse como “críticas” de un movimiento al que recurren solo cuando les conviene: en marchas a sacarse fotos y subirlas a las redes. Como si la lucha fuera una etiqueta que se activa según la oportunidad.
Mientras tanto, las que sostienen de verdad siguen en otro lado, y siguen siendo atacadas.
Ese discurso que intenta instalarse como crítico, ácido, solo fomenta el tan viejo y conocido speech de “¿dónde están las feministas?”, obviamente para deslegitimar una lucha genuina.
Porque no es que no estamos, es que no siempre estamos donde algunos/as esperan vernos, ni en los horarios cómodos, ni cuando hay cámaras.
Estamos en la calle, en tribunales, en los barrios populares, en el interior salteño. Bancando procesos largos, acompañando familias cuando ya nadie más aparece. Cuando el caso dejó de ser noticia, cuando no suma likes, cuando hay que poner plata del propio bolsillo y sobre todo, el cuerpo, incluso sabiendo que eso puede traer consecuencias a nuestras familias.
Y hay algo que es un despropósito total, mezclar a funcionarias de la Subsecretaría, al Observatorio y a las organizaciones feministas como si fueran lo mismo. No lo son. No tienen las mismas condiciones, ni las mismas responsabilidades, ni los mismos recursos.
Poner todo en la misma bolsa es una falta de respeto enorme para la militancia real, la que se sostiene sin estructura, sin respaldo y muchas veces desde la precariedad. Eso es maldad no ignorancia.
Es fácil juzgar desde la comodidad de haberlo conseguido todo a costillas del Estado, acomodándose al mejor postor; sin saber lo que es militar desde la necesidad, organizándose como se puede y sacando fuerzas de donde no hay. ¿Dónde están las feministas? Intentando llegar a fin de mes, pensando si “hacer el aguante” cargando un boleto de colectivo o darle de comer a sus hijos.
Instalar la idea de una “militancia rentada” o disponible todo el tiempo es no entender nada de esa realidad.
Por supuesto que todos los casos importan. No solo los que generan morbo mediático y repercusión. Hay muchísimas historias que no salen en ningún lado, que no tienen cámaras ni titulares, pero que igual necesitan acompañamiento. Y ahí también estamos, y no vemos a las que hoy tienen la vara de la sororidad y del feminismo.
Y sí, molesta cuando algunas que se dicen feministas (y que durante años tuvieron respaldo y acomodo político) hoy aparecen con el dedito a medir al resto. Hablan de sororidad, pero para señalar. Se preguntan quién está y quién no, como si hubiera una sola forma válida de estar.
¿Desde qué lugar se mide eso?
Porque no es lo mismo militar con la vida resuelta que hacerlo contando monedas. Hay compañeras que sostienen hogares, que tienen que elegir entre cargar la SAETA o poner un plato de comida. Que no pueden dejar el trabajo para estar en todos lados, aunque quieran.
Entonces, cuando aparece ese “sororómetro”, lo único que hace es dividir. No suma, no construye. Y en este contexto, donde desde el poder se busca deslegitimar al movimiento, repetir esas lógicas es hacerle el juego a los mismos de siempre.
Mientras algunas opinan, hay otras que siguen. En silencio, sin prensa, sin reconocimiento. Acompañando causas, bancando familias, sosteniendo lo que nadie más sostiene.
Capaz si prueban con menos pose, menos dedo y más calle lo entenderán.




