Lecciones

 

ALEJANDRO SARAVIA

 

O bien, quizás, las barbas en remojo, se podría titular esta columna. O, si se quiere: No hay peor astilla que la del mismo palo. Y, si bien los argentinos nos autopercibimos como interlocutores directos y dilectos de Dios, por lo que no necesitaríamos consejos ni enseñanzas ya que la sabemos a todas, las recientes elecciones en Hungría pudieran darnos algunas de ellas, de las enseñanzas, digo.

La cuestión es que un tal Peter Magyar le puso una paliza al hasta ahora autócrata húngaro Viktor Orban, referente político de la nueva derecha sedicentemente i-liberal, en cuya tropa se reconocen tanto Donald Trump como nuestro inefable Javier Milei.

La reciente derrota de Orban en Hungría –aún en un escenario político que él mismo había moldeado durante más de una década- ofrece una serie de lecciones que nuestro país haría bien en observar con atención. No se trata de extrapolar mecánicamente realidades distintas, sino de identificar patrones de degaste del poder, límites de los liderazgos personalistas y reacciones sociales frente a modelos que, aun siendo aparentemente exitosos en ciertos planos, terminan generando fatiga social.

Orban construyó un régimen político singular dentro de la Unión Europea. Desde 2010 consolidó una mayoría parlamentaria que le permitió reformar la Constitución, intervenir en el sistema judicial y redefinir las reglas del juego electoral. Su narrativa de franca disrupción respecto del liberalismo social europeo, durante años le dio resultado: estabilidad política, crecimiento moderado y una identidad clara frente a Bruselas.

Sin embargo, los ciclos económicos no son eternos. Incluso los liderazgos más sólidos enfrentan, tarde o temprano, el desgaste que produce la concentración del poder. En el caso húngaro, ese desgaste se manifestó en varios planos. Por un lado, una economía que comenzó a mostrar signos de fatiga, con inflación y pérdida del poder adquisitivo. Por otro, una sociedad que, tras años de hegemonía oficialista, comenzó a demandar alternancia. Y, finalmente, una oposición que, aunque fragmentada, logró articularse en torno de un objetivo común: poner un límite al oficialismo.

La primera lección para nuestro país es, entonces, la importancia de la alternancia. Los sistemas políticos que tienden a encerrarse sobre sí mismos, ya sea por mayorías legislativas abrumadoras o por liderazgos carismáticos que eclipsan a las instituciones, generan una ilusión de estabilidad que suele ser transitoria. La historia argentina lo confirma: desde el predominio del peronismo en distintas etapas hasta experiencias más recientes, la concentración del poder suele terminar en crisis de legitimidad. A su vez, nuestra provincia, paga ese fenómeno de concentración del poder y falta de alternancia con atraso y pobreza.

La segunda lección remite a la relación entre economía y política. Orbán logró sostener su liderazgo mientras la economía acompañó. Cuando esa variable comenzó a deteriorarse, el andamiaje político empezó a resquebrajarse. En Argentina, donde la economía ha sido el talón de Aquiles de todos los gobiernos, esa relación es aún más evidente. No hay construcción política sostenible sin resultados económicos tangibles.

Una tercera lección tiene que ver con los límites del discurso confrontativo. Orbán construyó poder a partir de la polarización: Hungría contra Bruselas; la nación contra el globalismo. Ese esquema le permitió consolidar una base electoral fiel, pero también terminó generando un techo. Cuando la política se reduce a la confrontación permanente, se vuelve difícil ampliar mayorías. En Argentina, donde la grieta se ha vuelto un rasgo estructural, esta advertencia es particularmente relevante.

Asimismo, el caso húngaro muestra que el control institucional no garantiza perpetuidad. Orbán avanzó sobre la justicia, los medios y el sistema electoral, pero aun así enfrentó límites. Esto revela una verdad incómoda para los proyectos hegemónicos: las sociedades conservan, incluso en contextos adversos, mecanismos de reacción. La legitimidad no puede sustituirse indefinidamente por ingeniería institucional.

Hay una lección también para la oposición. En Hungría fuerzas muy diversas lograron articularse frente a un liderazgo dominante. Esa convergencia no fue producto de afinidades ideológicas, sino de una estrategia política común. En Argentina, donde la fragmentación opositora ha sido una constante, el caso invita a reflexionar sobre la capacidad de construir coaliciones amplias cuando el objetivo a disputar es el poder real o bien un programa compartido.

Finalmente, la derrota de Orbán subraya la centralidad del humor social. Ningún gobierno cae únicamente por errores propios, cae cuando esos errores encuentran una sociedad dispuesta a sancionarlos. El voto, incluso en contextos de asimetría, sigue siendo una herramienta poderosa. La política, en última instancia, no puede desentenderse de ese veredicto.

Si bien Hungría no es la Argentina, el itinerario de Orbán ofrece un recordatorio útil: el poder, cuando no se equilibra con instituciones sólidas y resultados concretos, tiende a desgastarse. Y, cuando ese desgaste llega, lo hace de manera inexorable.