La ignorancia libertaria

 

La escena tiene algo de comedia involuntaria, aunque el cargo que ocupa le quita toda gracia: la diputada libertaria Juliana Santillán, nada menos que presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto, anunció con entusiasmo su reunión con el embajador de Checoslovaquia, un país que dejó de existir en 1992. No se trató de un detalle menor ni de un tecnicismo diplomático: es el tipo de error que no debería atravesar ni el filtro más básico de alguien encargado de vincular a la Argentina con el mundo. Pero ahí estaba, publicado y celebrado, como si la geopolítica fuera una materia optativa que se puede rendir en modo libre.

El episodio no aparece aislado sino perfectamente integrado a un historial donde la impostura convive con la desinformación. Santillán supo presentarse como abogada y hasta insinuar doctorados inexistentes, mientras acumula errores ortográficos que ya no son descuidos sino estilo. La confusión entre Nochebuena y Pascuas, o esa colección de palabras mal escritas que pueblan sus redes, no son anécdotas pintorescas: son síntomas de una liviandad preocupante en alguien que legisla. En ese contexto, la reunión con un país desaparecido no desentona; más bien confirma una relación laxa con la realidad.

Y mientras tanto, entre diagnósticos insólitos sobre el costo de vida —como aquella afirmación de que una familia tipo puede vivir con $360.000— y operaciones opacas para avanzar con las SAD en el fútbol argentino, Santillán construye una carrera donde la audacia parece reemplazar al conocimiento. El problema no es solo el papelón individual, sino lo que revela: una forma de ejercer la función pública donde la ignorancia no es un obstáculo, sino casi una marca de identidad. En política exterior, al menos, convendría recordar que los países pueden disolverse, pero el ridículo, cuando se lo cultiva así, tiende a persistir.