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Washington DC: Tesoros de la Ciudad Federal

 

Las temperaturas que agobian al hemisferio Norte demuestran que el verano no es la mejor época para viajar y que conviene hacerlo en estaciones intermedias, con climas amables ya que -por ejemplo- la primavera reconforta el espíritu, aligera la mente. La vida se desboca, “la razón se indisciplina” y “La primavera le infunde juventud a todo” -diría Shakespeare-.

 

María Quintana (*)

 

Antes de que el calor avanzara y sólo unas semanas atrás, habían estallado los cerezos a orillas del Potómac y -por un par de días- el estanque del Tindal Basin fue una meseta de flores donde el río reverberaba y del que emergían kayacs y botes; algún velero trastabillaba a lo lejos y, en los bordes, runners exultantes frenaban en paradores a comer cangrejos azules y monjes budistas danzaban bajo la lluvia de pétalos agradeciendo al cielo la Naturaleza. El Waterfront era -y sigue siendo- una rambla infinita, afable, donde los niños corren esquivando tulipanes, diplomáticos y funcionarios almuerzan en restaurantes exclusivos y, como en todo DC, se escuchan los diferentes acentos de los propios americanos que, de costa a costa, llegan a mansalva a conocer su capital.

Pese a la humedad, el Mundial aporta también viajeros que intercalan DC como una curiosidad entre el viaje a New York o Miami. Sorpresivamente, los deslumbra esta ciudad espléndida, de edificios bajos y altura controlada, calles adoquinadas, casas históricas y jardines y árboles soberbios donde el señorial barrio de Georgetown -que antecede a la propia capital- casi domina la ciudad y alberga la prestigiosa Universidad del mismo nombre, fundada en 1789 (el mismo año de la Revolución Francesa, lo que no deja de ser tan paradojal como el propio EEUU).

Elegido por George Washington en persona, el lugar escogido devino en territorio autónomo -Distrito de Columbia (DC)- por cesión de Virginia y Maryland para servir de capital definitiva al finalizar la Guerra Civil de EEUU -llamada de Secesión- y aunque el primer presidente siempre la llamó la Ciudad Federal, terminó recibiendo su apellido a partir de 1791.

Fue también Washington quien encomendó los planos al arquitecto francés Pierre L’Enfant, que infundió aires europeos a una cuadrícula centrada en el Capitolio, cuadrícula atravesada por grandes diagonales en cuyas intersecciones habría glorietas y espacios abiertos para monumentos o parques (un trazado que sería modelo de armonía, un siglo antes que Haussman despejara París).

Esa simetría se expande no sólo en la ciudad sino a todo el país en el diseño de las infinitas carreteras, sus accesos, salidas, colectoras, desvíos, sus conexiones sin obstáculos ni cruces a nivel que transforman esa infraestructura (y la del transporte en general) en la más avanzada del mundo. Y lo grande replica en lo pequeño y, así, hasta las instalaciones eléctricas y sanitarias de las casas siguen un patrón obligatorio y universal en todo el país que vuelve fácil arreglos o reformas.

Ese trazado es, también, un cofre que atesora reliquias que el arte siempre va a codiciar. Sea en los Smithsonians (museos que despliegan su egregia arquitectura a lo largo de la Explanada Nacional por la generosidad de Lord Smithson que donó su fortuna a los Estados Unidos luego de que Gran Bretaña impugnara su testamento durante décadas intentando retenerlo con uñas y dientes), en la National Art Gallery o en la Biblioteca del Congreso.

En todos hay ejemplares únicos de veneración universal. La National Gallery, por ejemplo, atesora el único Leonardo que hay en las Américas, el retrato de una dama triste de alma desasosegada, Ginevra de Benci, que desnuda su melancolía sobre un trasfondo absolutamente leonardesco. En otra sala, y de uno de los mármoles más hermosos del mundo, Bernini extrae el rostro del Cardenal Barberini (familia del Papa que desmanteló los bronces del Pantheon de Roma para fabricar cañones, dando origen a la frase en la que se regodeaba el Maestro Francesco Pagliaro en el Bachillerato Humanista “quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini”). Más allá, van Gogh arde como su “Granja en Provence” porque el calor sofocante arrastra ráfagas ardientes del Sirocco desde África. Deslumbra Boticelli con el resplandor naif y casi etéreo de sus doncellas. Y Monet reina desde su trono de luz, destello, reflejo, trazo: desde la vida misma que interpela y conmueve.

Un poco más allá, la Biblioteca del Congreso (una de las más grandes del mundo) cobija 178 millones de objetos de los cuales 38 millones son libros en casi 500 idiomas, entre ellos una de las cuatro copias únicas en el mundo en pergamino y perfecto estado de la Biblia de Gutenberg, abierta en un atril de cristales antibala. Hay partituras originales, microfilms, grabaciones, dos violines Stradivarius, fotos. Allí está la admirable colección de tablillas cuneiformes sumerias de Lagash del 2000 AC, el mapa de M. Waldseemuller de 1507 que bautiza por primera vez al lugar como America y el original de “El libro de los Salmos de la Bahía”, de 1640, el primer libro impreso en territorio estadounidense.

A metros, los Archivos Nacionales contienen la Rotonda de las Actas de Libertad, que no son otra cosa que la Constitución de los Estados Unidos, la Declaración de Derechos y el borrador de la Declaración de la Independencia que (en un marco enorme hecho de titanio y bañado en oro con blindex, protegido por guardias armados y circuitos de vigilancia a prueba de bombas) asciende de la bóveda subterránea cuando la biblioteca abre y se sumerge en ella cuando se cierra (como las banderas en los podios olímpicos). El gas argón que presuriza la cabina evita que el oxígeno deteriore el papel y la tinta de la Declaración y, aun cuando el original se ha extraviado, la copia recoge el texto original, con correcciones y agregados a mano, de la decisión de las 13 colonias de declararse soberanas e independientes del dominio británico.

La independencia, hay que subrayarlo, no fue sólo de Gran Bretaña: lo fue también de cadenas espirituales y ancestrales de manipulación y control, aun cuando después, muchas veces, la tolerancia sería clausurada y la libertad, jaqueada. Como siempre, la humanidad avanza por ensayo y error: cuando Homero dice que el escudo de Aquiles tenía ya el dibujo de la tierra redonda en el centro, rodeada de las constelaciones que regían ciclos y estaciones, no se puede creer que de ello se haya hecho tabla rasa a través de los siglos, aunque lo que pasó después es ya otra historia.

Otras historias, otros autores y otras leyendas aseguran que el trazado de la ciudad obedecería a una divina geometría sagrada que empalma no sólo con los masones sino con sus supuestos antecesores, los mismísimos caballeros templarios, cuya orden fue proscripta para liberar de deudas al moroso rey de Francia -que rápidamente embolsó sus activos- apañado por un pontífice cómplice que, por un lado, buscaba evitar conflictos con el monarca y, por otro, consideraba un menoscabo a su autoridad el prestigio y el poder de la Orden del Temple en la Cristiandad… antaño y hogaño, lo habitual es que los mandamases contradigan el principio que declaman y violen el valor que predican para justificar latrocinios, ambiciones y desfalcos.

Y como ayer, de ese mundo impreciso de certezas, leyendas e incertidumbre, poblado de obeliscos, estrellas y símbolos esotéricos (como el Ojo que todo lo ve, el compás y el pentagrama invertido) surge de las costas de Massachussets la figura del príncipe escocés Henry Sinclair, caballero de la Orden del Temple que habría llegado a América cien años antes que Colón (a quien los templarios le habrían confiado antiguos mapas vikingos y por eso llevaba cruces templarias en sus carabelas, siguiendo antiguas rutas templario-vikingas) huyendo de la persecución de franceses y vaticanos, llevando consigo no solo las ingentes riquezas de la Orden sino también el mismísimo Santo Grial para fundar allí, en los Estados Unidos, la nueva Jerusalén, centro de erudición, luz y ciencia.

Hay sugerencias persuasivas, autores que lo exponen con la misma verosimilitud de los que lo niegan, cada cual tomando evidencias que para el otro resultan irrisorias.

Pero en unos y otros lo innegable es ese profundo amor al país que distingue a cada habitante de Estados Unidos, amor que se replica en cada bandera que ondea en toda casa a lo largo y a lo ancho; en la que, a media asta y a perpetuidad, flamea en el Cementerio Nacional de Arlington con el protocolo y solemnidad que impone la muerte porque allí descansan los caídos en combate y varios presidentes; en el respeto y gratitud con que tratan a quienes han servido en las fuerzas militares aunque estén en desacuerdo con el patrullaje que la Guardia Nacional efectúa no solo en DC sino en varias ciudades; en su contracción al trabajo que sobrevive al demérito de acciones afirmativas y discriminaciones positivas del populismo progresista; en el coraje cívico de quienes desafían con remeras “No queremos reyes en EEUU” frente a la Casa Blanca. En el compromiso que todos mantienen con la comunidad y que hace despreciar al evasor de impuestos porque se está burlando del esfuerzo colectivo. En la responsabilidad republicana del tribunal que ordenó retirar el apellido Trump del Kennedy Center porque el actual presidente lo habría agregado sin autorización del Congreso, por lo que se presentaron varias denuncias para retirarlo a las que la Justicia hizo lugar pero que los trumpistas apelaron así que hay que esperar el fallo final. Mientras, entre tensiones políticas, enfrentamientos y renuncias masivas de artistas agendados para las actividades culturales, el gobierno decidió cerrar por refacciones y durante dos años el Kennedy Center que es sede, entre otros, de la Opera de Washington, la Orquesta Sinfónica Nacional y el National Ballet.

Por esta razón, no habrá allí ninguna celebración por el 250 aniversario del Día de la Independencia mientras el país entero (con la Explanada Nacional a la cabeza y en cada ciudad o pueblo con la misma intensidad) se prepara para festejar la fecha con los magníficos fuegos artificiales que en EEUU son privativos del Día de la Independencia que es la gran fiesta nacional. Es un día de júbilo, de reencuentro, de renovar los lazos que los unen como sociedad.

Y justamente allí, en el Kennedy Center, a metros del Edificio Watergate de escandaloso recuerdo, un respetadísimo profesor de una de las universidades de la Ivy League, republicano hasta el tuétano, repite mil veces que Trump no es republicano sino populista, exhorta a no bajar los brazos, a recordar que el líder del Partido Republicano y héroe de guerra John Mc Caine (sabiendo de su enfermedad incurable) denunció la infiltración de Trump en el Partido y además prohibió de antemano su presencia en su funeral en el que hablaron Clinton, Bush (h) y Obama, es decir ex presidentes republicanos y demócratas. Apela al compromiso del pueblo con la defensa de las instituciones y al resurgimiento del espíritu de los Padres Fundadores, y cada afirmación va precedida de un estentóreo “We the people” que son tanto las palabras señeras de la Declaración de Independencia como la arenga patriótica con la que se resistió al atropello y una apelación a la responsabilidad ciudadana.

Y apura su café para ir a comprar banderas para sus nietos y a enseñarles las canciones que todos los estadounidenses cantan el 4 de Julio, mientras lamenta que una de las prioridades del presidente sea la construcción del salón de baile de la Casa Blanca.

(*) Lic. en Cs. Sociales

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