Nicolás García Uriburu decidió, sin estar invitado a la bienal de Venecia, presentarse en esa ciudad y pintar el canal de verde. Este hecho vanguardista lo marcó como referente internacional. Conocé la historia en esta nota

Nicolás García Uriburu no estaba invitado a la Bienal de Venecia de 1968. Sin embargo, todos iban a conocer su obra. “Voy a pintar la naturaleza”, expresó como forma de buscar una nueva perspectiva dentro de su producción. El 19 de junio de ese año, junto con su mujer, Blanca, llegó a las seis de la mañana hasta el Gran Canal veneciano, donde lo esperaba un gondolieri. Se subieron, recorrieron unos metros y luego vino el arte: comenzó a teñir el agua de verde con una sustancia fluorescente inocua, aquella que usaban los científicos de la NASA para amerizar las naves con las que realizaban investigaciones espaciales. A los veinte minutos, sonaron los altavoces y se acercaron varias lanchas con carabinieri −personal de seguridad del Estado italiano−, pero García Uriburu seguía pintando el agua. Estuvo preso doce horas en Milán, pero los venecianos amanecieron en una ciudad distinta, con el Gran Canal completamente verde. Allí, Nicolás García Uriburu nació como un artista internacional.

“Nicolás García Uriburu es un referente fundamental del land art y, a la vez, un pionero de la conciencia ecológica, que formuló con el lenguaje de la acción artística”, sostuvo el director del Bellas Artes, Andrés Duprat. Y agregó: “De esta forma, propuso una doble lectura en un solo gesto: al restituir su coloración denunciaba la actividad humana que trastoca la naturaleza volviéndola un artificio inútil. Por otra parte, lo disruptivo de la acción, que se realizó en forma clandestina, sin amparo de las instituciones, ponía en cuestión el sistema de las artes, acorde al espíritu de la época”.

Y es que con esta osada producción, Nicolás García Uriburu no se sometió al juicio de ningún jurado ni Salón Nacional para expresar algo que necesitaba decir. Fue su obra la que realmente marcó las reglas del arte, y la prensa lo celebró: “¡Venecianos, alegría, bravísimo! ¡Es un artista, es una obra de arte! ¡Venecia nuevamente es una ciudad de vanguardia!”, dijeron desde algunas radios de la época.

En una Europa convulsionada por el Mayo francés −la revuelta universitaria por los jóvenes estudiantes en pos de una reforma social más justa e igualitaria−, García Uriburu se sumó con esta obra a los principios de un tipo de arte conceptual y de performances que acababa de nacer: aquel que enfatiza la idea más que la materialidad, y la fusión entre arte y vida. Y Venecia no fue el único lugar donde el artista tomó la iniciativa −con una gran conciencia por la ecología que marcó su obra posterior−, también fue el origen de otras tantas intervenciones en la naturaleza que el artista desarrolló en distintas aguas del mundo: Buenos Aires, París, Bruselas, Londres. El gesto artístico fue mucho más grande: unir América y Europa a través de la coloración que el agua, como soporte, se ocupó de extender.

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