En la Argentina del asado como religión civil, el menú empieza a reescribirse con una creatividad que ni el mejor chef deconstruccionista hubiera imaginado. Esta vez, la encargada de ampliar el horizonte gastronómico fue Vilma Bedia, quien defendió con entusiasmo el consumo de carne de burro, elevándola de síntoma de crisis a “plato fino”. En medio de un país donde la carne vacuna se vuelve un lujo aspiracional, la propuesta suena menos a innovación culinaria y más a resignación gourmet.
El cruce con Santiago Igón dejó en evidencia dos Argentinas difíciles de reconciliar: una donde el burro es tradición regional y otra donde empieza a aparecer en las góndolas por pura necesidad. Pero Bedia eligió mirar el vaso —o el plato— medio lleno: habló de aminoácidos, fósforo y exportaciones, como si el problema fuera de marketing y no de poder adquisitivo. En ese giro discursivo, la crisis deja de ser crisis para convertirse en una oportunidad proteica.
Todo ocurre bajo la atenta mirada del gobierno de Javier Milei, que prometía dinamitar privilegios pero parece estar rediseñando la dieta nacional. La pregunta ya no es solo económica, sino simbólica: ¿en qué momento el ajuste dejó de medirse en salarios para empezar a medirse en lo que aparece —o desaparece— del plato? Porque si el futuro es aceptar el burro como delicatessen, tal vez el problema no sea la falta de paladar, sino el exceso de relato.

