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¿Sólo un cambio de reglas?

 

ALEJANDRO SARAVIA

 

Días pasados, inmediatamente de modo previo al “espíritu del Milagro” y quizás por eso mismo haya quedado un tanto en la nebulosa, en el marco del día de la industria tuvieron lugar sendas charlas de dos notables analistas de la política y de la economía nacionales. Se trata de las exposiciones de Marina Dal Poggetto y Alejandro Catterberg, las que permiten leer la Argentina actual desde dos perspectivas diferentes pero complementarias: la economía y la política. Y, las que, en realidad, terminan formulando la misma interrogación: ¿el proceso político-económico iniciado en 2023, puede convertirse en un nuevo ciclo histórico o quedará reducido a una transformación coyuntural o bien a una mera transición hacia algo que aún no vislumbramos a estar a la crisis de representación que nos trajo hasta acá?

Esas exposiciones dejaron algo más importante que un diagnóstico sobre la coyuntura: la sensación de que la Argentina atraviesa una transformación cuyo desenlace todavía está abierto atento a la tozuda resistencia a procurar los necesarios conciertos para darle trascendencia en el tiempo a esta coyuntura que estamos, salvo algunos pocos, padeciendo.

Dal Poggetto puso el acento en la economía. Reconoció los avances de la estabilización: la fuerte reducción de la inflación y la aun precaria acumulación de reservas constituyen logros que no pueden ser ignorados. Pero advirtió que estabilizar no equivale todavía a crecer. El problema aparece cuando se observa la economía desde la perspectiva de las empresas y las familias: falta crédito, las tasas siguen siendo elevadas y no existe todavía un horizonte suficientemente largo para tomar decisiones de inversión.

Su frase —“no hay mercado de crédito sin horizonte”— resume buena parte del problema. La estabilidad macroeconómica es una condición necesaria, pero no suficiente. Para que los pesos se transformen en inversión, producción y empleo se necesita previsibilidad. Y la previsibilidad no es solamente una variable económica: también es institucional y política.

Catterberg, a su vez, trasladó esa misma discusión al terreno político. Su tesis es que 2023 no fue simplemente una elección más sino el comienzo de un nuevo ciclo de la democracia argentina, comparable por su capacidad de ruptura con 1989-1990 o con 2001. El dato fundamental sería la crisis de representación que precedió al triunfo de Javier Milei y el retroceso simultáneo de las estructuras políticas que dominaron las dos últimas décadas.

Cristina Kirchner y Mauricio Macri conservan influencia, pero han perdido centralidad. Juntos por el Cambio dejó de existir como estructura nacional y el peronismo redujo considerablemente su presencia territorial. Paralelamente, las provincias adquirieron mayor autonomía frente a los partidos nacionales.

Aquí aparece una observación particularmente interesante para Salta: Catterberg habla de un “movimiento hacia el oeste” de la Argentina. Energía, minería y exportaciones están modificando el mapa económico nacional. En pocos años, las exportaciones energéticas podrían equiparar a las agrícolas y, más adelante, las mineras agregarán otra fuente decisiva de divisas.

Pero esa transformación contiene una paradoja. Puede haber crecimiento sin que toda la sociedad lo perciba. La macroeconomía puede mejorar mientras determinados sectores —industria, construcción, producciones regionales, comercio— continúan sufriendo. De allí que Catterberg formule una advertencia política decisiva: no alcanza con estar mejor que antes. La sociedad vota mirando hacia adelante.

Esa afirmación, en la que confluyen ambos expositores, debería ser tomada seriamente por el Gobierno. Comparar la situación actual con el desastre recibido en diciembre de 2023 puede ser políticamente eficaz, pero tiene fecha de vencimiento. Una sociedad puede agradecer haber salido del abismo y, al mismo tiempo, exigir saber hacia dónde se dirige.

Las dos exposiciones, entonces, convergen en una cuestión central: el problema ya no es solamente estabilizar la Argentina, sino construir el futuro de la Argentina estabilizada.

Y allí aparece un verdadero desafío para Salta. La provincia está situada precisamente en ese “movimiento hacia el oeste”: minería, energía, agroindustria, turismo y economías regionales pueden convertirla en protagonista del nuevo ciclo. Pero para aprovechar esa oportunidad no alcanza con tener recursos naturales. Se necesitan infraestructura, crédito, tecnología, capital humano, instituciones confiables y reglas que sobrevivan a los gobiernos. Y, con una mano en el pecho, no se vislumbran esos extremos.

La Argentina cambió las reglas del juego. La cuestión decisiva es si será capaz, esta vez, de construir un juego nuevo y duradero. La idea central de ambas charlas, a mi juicio, merece destacarse: Milei puede haber cambiado el régimen económico y el sistema político, pero todavía no ha demostrado que pueda convertir ese cambio en un modelo de desarrollo sostenible. Y esa es la verdadera discusión que comienza después de la estabilización y es la que debería tenerse en cuenta en el crucial año que ya se acerca: el hormiguero está pateado, pero el autor de la patada ¿garantiza con su ideario político y psicológico anarco-disruptivo capacidades e inclinaciones dispuestas para la creación de un nuevo orden? Permítanme poner en duda la cuestión, lo que otorga singular dramatismo a la circunstancia.

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