Un informe del Laboratorio de Estadísticas de la Facultad de Ciencias Económicas, Jurídicas y Sociales de la UNSa revela un cambio demográfico de magnitud histórica: menos nacimientos, más adultos mayores y un sistema previsional sostenido por una cantidad cada vez menor de trabajadores activos. La pregunta ya no es sólo fiscal; es social, cultural y política: ¿cómo se sostendrá el contrato entre generaciones en las próximas décadas?
Jerson De Cecco
La presentación “Gestión de ingresos para el retiro: estrategias y herramientas”, elaborada en el marco de un proyecto de extensión de la Universidad Nacional de Salta y basada en datos del Laboratorio de Estadísticas de la Facultad de Ciencias Económicas, Jurídicas y Sociales, no comienza hablando de jubilaciones. Comienza hablando de nacimientos.
Ese orden no es casual. El informe plantea que el problema previsional argentino debe leerse, antes que nada, como un problema demográfico. Los gráficos muestran la evolución de la esperanza de vida, el crecimiento de la población mayor de 65 años y la caída sostenida de la natalidad. Allí aparece uno de los datos más impactantes: la cantidad de nacidos vivos en el país viene descendiendo de manera acelerada y las proyecciones para 2025 rondan los 400.000 nacimientos, cuando en 2014 habían sido aproximadamente 780.000.
En poco más de una década, el volumen anual de nacimientos se redujo casi a la mitad, un fenómeno que el informe identifica como uno de los principales desafíos para el futuro del sistema previsional. La explicación es sencilla: habrá “menor cantidad de futuros aportantes al sistema”, mientras crece sostenidamente la población en edad de jubilarse.
Una pirámide que se da vuelta
Según las proyecciones del Laboratorio de Estadísticas, para 2040 la esperanza de vida alcanzará los 78,7 años en los hombres y 83 años en las mujeres, lo que implicará más años de percepción de beneficios jubilatorios. Al mismo tiempo, los gráficos muestran una transformación profunda de la estructura demográfica: la base de la pirámide poblacional se estrecha por la caída de la natalidad y la fecundidad, mientras la parte superior se ensancha por el aumento de la población mayor de 65 años.
La serie estadística sobre natalidad confirma una tendencia descendente sostenida entre 2000 y 2023, y el estudio advierte que la menor fecundidad registrada en la actualidad tendrá pleno impacto previsional dentro de dos o tres décadas. “La sostenibilidad del sistema depende principalmente de la relación entre trabajadores y jubilados”, señala el documento, que interpreta este proceso como un cambio estructural y no como una fluctuación coyuntural. En otras palabras, el envejecimiento poblacional ya está modificando la relación entre población activa y pasiva y ejercerá una presión creciente sobre el régimen jubilatorio en los próximos años.
La imagen que surge de los gráficos es contundente. La clásica pirámide poblacional —ancha en la base, estrecha en la cima— comienza a invertirse. La proyección para 2040 muestra una base cada vez más angosta y una parte superior mucho más amplia, señal de que habrá proporcionalmente más personas mayores y menos jóvenes en edad de trabajar.
En términos sociológicos, esto implica un cambio de época. Durante gran parte del siglo XX, la sociedad argentina se organizó sobre la idea de crecimiento poblacional, movilidad social ascendente y expansión del empleo formal. El envejecimiento pone en cuestión esas tres premisas al mismo tiempo.
El contrato entre generaciones bajo presión
El informe dedica un capítulo completo al sistema previsional argentino y recuerda una definición fundamental: “Es un contrato intergeneracional, donde la población activa financia a la pasiva”. En un sistema de reparto, los aportes de los trabajadores actuales y las contribuciones de los empleadores se utilizan para pagar las jubilaciones y pensiones vigentes.
La presentación incorpora un dato fiscal relevante tomado del proyecto de Presupuesto Nacional 2026: se estima que los ingresos por aportes y contribuciones de la seguridad social representarán 4,6% del PBI, mientras que el gasto en prestaciones alcanzará 6,5% del PBI. La diferencia muestra que el sistema ya necesita recursos adicionales provenientes del resto del Estado para cubrir sus compromisos.
Desde la sociología económica, el problema excede el cálculo contable. El sistema previsional funciona porque existe una expectativa de reciprocidad: quienes trabajan hoy aceptan financiar a quienes trabajaron ayer porque esperan que la generación siguiente haga lo mismo con ellos. Cuando la cantidad de futuros aportantes disminuye de manera abrupta, esa expectativa comienza a erosionarse.
La pregunta que sobrevuela el informe es tan simple como inquietante: ¿qué ocurre cuando cada vez menos trabajadores deben sostener a cada vez más jubilados?
La respuesta no aparece formulada de manera explícita, pero está presente en toda la estructura del documento. El envejecimiento poblacional no es un problema de una caja previsional; es un desafío para el modelo de solidaridad entre generaciones que organizó históricamente a la Argentina.
De la jubilación estatal al ahorro individual
A mitad de la presentación ocurre un giro conceptual significativo. Después de describir la presión demográfica sobre el sistema público, el documento pasa a hablar de planificación financiera personal, interés compuesto, seguros de retiro, bonos, CEDEARs y ETFs.
La frase más contundente aparece sola en una diapositiva: “No es el sistema jubilatorio quien te paga. Sos vos mismo, muchos años antes.”
La afirmación resume la tesis práctica del informe: la jubilación estatal tenderá a convertirse en un piso de ingresos y no necesariamente en la única fuente de sustento durante la vejez.
Para sostener esa idea, la presentación utiliza ejemplos de capitalización de largo plazo y muestra cómo pequeños aportes mensuales pueden crecer durante décadas mediante el interés compuesto. También compara cuánto debería ahorrar una persona para alcanzar un capital equivalente a un millón de dólares según la edad en que comience a invertir: cuanto más tarde se inicia el ahorro, mayor es el esfuerzo mensual requerido.
Sin embargo, aquí aparece una tensión social que merece ser señalada. El informe propone herramientas financieras razonables —diversificación, renta fija, renta variable y seguros de retiro—, pero parte del supuesto de que existe capacidad de ahorro sostenida. En un país con alta informalidad laboral y salarios frecuentemente deteriorados por la inflación, esa condición no está garantizada para amplios sectores de la población.
En otras palabras, el documento describe correctamente el problema demográfico y ofrece una estrategia individual de adaptación, pero deja abierta una pregunta colectiva: ¿qué ocurre con quienes no pueden ahorrar?
La vejez como cuestión política
Uno de los aportes más valiosos del trabajo del Laboratorio de Estadísticas de la UNSa es que obliga a mirar el futuro con una escala distinta. El impacto pleno de la caída actual de nacimientos no se verá mañana, sino dentro de veinte o treinta años, cuando esas generaciones reducidas lleguen al mercado laboral.
La Argentina ya está entrando en una transición demográfica avanzada. Los gráficos del informe muestran que la población mayor de 65 años crece de manera sostenida y que la esperanza de vida seguirá aumentando durante las próximas décadas. Esto significa más años de jubilación, más demanda de cuidados, más gasto sanitario y nuevas formas de dependencia familiar.
Desde una perspectiva sociológica, el envejecimiento modifica incluso la vida cotidiana. Cambian los hogares, crece el número de personas que viven solas, aumenta la necesidad de servicios de cuidado y se redefine el vínculo entre padres, hijos y abuelos. La cuestión previsional deja de ser un debate técnico para convertirse en una discusión sobre cómo se organiza la sociedad.
El informe no ofrece soluciones mágicas. Pero sí instala una advertencia difícil de ignorar: la Argentina enfrenta un cambio estructural sin precedentes. Menos nacimientos y más longevidad alteran la relación básica sobre la que se construyó el sistema jubilatorio.
La pregunta que emerge de cada gráfico y de cada proyección es incómoda porque interpela a toda la sociedad: si dentro de veinte años habrá muchos más jubilados y muchos menos trabajadores, ¿quién pagará nuestras jubilaciones?

