ALEJANDRO SARAVIA
No recuerdo con precisión quién era el que decía, con gracia, que cualquier zonzo podía hacer negocios con plata; que la cuestión, en realidad, era hacerlos sin plata. Parafraseando al gracioso, podríamos afirmar que cualquier zonzo tendría superávit, o al menos equilibrio fiscal, si no paga nada de lo que debe pagar.
Detrás de eso, del equilibrio fiscal, cuestión casi patológica en nuestra historia, parecieran haber valores encontrados. Se trata de una materia que difícilmente dé para desarrollar alrededor de ella una épica. Pero, sin embargo, es algo trascendente ya que a su través se manifiesta una patología nacional que nos viene desde, quizás, el fondo de nuestra historia: el facilismo. La tentación rentística de enriquecerse, o al menos vivir bien, sin mucho esfuerzo. Es, pues, un valor respetable que se tienda a que se haga carne en nuestra convivencia el valor de saber vivir con nuestras propias limitaciones y que de lo que se trata es de expandir el campo de ellas, es decir, de las limitaciones, para tener cada vez más terreno abierto para nuestra propia expansión.
En esta semana, en la Cámara de Diputados de la Nación se trató la insistencia en contra de los vetos del Poder Ejecutivo de las leyes que, en su oportunidad, sancionara el Poder Legislativo para resguardar al Hospital Garraham de su decadencia, así como la destinada a darles oxígeno presupuestario a las universidades nacionales. Enhorabuena, ya que ambas instituciones se vinculan a los valores que vertebran nuestra identidad colectiva. Está claro, todos sabemos que se necesitan ajustes y precisiones para optimizar su funcionamiento, pero esos ajustes y precisiones saludables nada tienen que ver con crear las condiciones para su destrucción. A eso, recordemos, ya lo vivimos con los ferrocarriles, con los aviones, que tanto nos costaron y nos siguen costando, y con el desaguisado de YPF que, en definitiva, nos dejó, entre otras cosas, una hipoteca de 16 mil millones de dólares. El pasado jueves le tocó al Senado nacional aprobar la insistencia en contra del veto del Poder Ejecutivo respecto de los ATN. Otra vez el gobierno nacional quedándose con recursos que corresponden a las provincias. En una de esas convendría invertir la cuestión y pensar qué sucedería si volviéramos al original planteo de Artigas y hacer de nuestro sistema no uno federal sino uno confederal, en el que las provincias tuvieran mayor autonomía. Está claro que la centralización no nos resulta valiosa.
Pero en temas delicados hay que actuar con sutileza, para no cometer el mismo error de los dueños de la motosierra. Si bien es necesario, como decíamos, optimizar el funcionamiento de los bienes públicos estatales, lo que hay detrás del ajuste que emprendió con motosierra el gobierno nacional no es poner en valor el funcionamiento del Estado como pivote alrededor del cual debe desarrollarse la sociedad, es decir, un Estado virtuoso que sirva de apoyatura al desenvolvimiento de la sociedad. Detrás de todo ello hay nada más que valores mezquinos, cuasi patológicos, que hacen a un narcisismo enfermizo acompañado con buenas dosis de aventurerismo. En cierta manera lo dijo, los otros días, el economista Miguel Angel Broda, otrora jefe del actual presidente, cuando afirmó que lo que hay detrás del incomprensible programa económico es un afán meramente electoral. La pelea en contra de la inflación, entonces, llevada al extremo de sacrificar todo en el altar de su presupuesto, el equilibrio fiscal, tiene el propósito mezquino, como dijimos, de ganar elecciones, sacrificando todo en el altar del corto plazo. Total, después de mí el diluvio.
Tras la paliza electoral del pasado 7/9 en la provincia de Buenos Aires, Milei, al presentar el proyecto de ley de presupuesto para el año próximo, dio un mensaje por cadena nacional aparentando estar más templadito que de costumbre. No hay que comerse el amague, como suele decirse. Casualmente, casi en el mismo momento de esa presentación por cadena nacional, se le hacía un reportaje a quien resultara triunfador en aquellas elecciones, Axel Kiciloff, y éste mostró nomás la hilacha. Si bien no se montó a un prematuro triunfalismo, mostró incapacidad, como el propio oficialismo mileísta, de reconocer errores. Y eso, tras haber gobernado durante un importante período y viendo la situación en que dejaron al país, no es bueno.
En conclusión, a Milei le digo: una cosa es patear un hormiguero y otra es disciplinar y organizar a las hormigas para su reconstrucción. Para ello, al menos, hay que ser hormiga. Las cosas se le están poniendo densas, los amigos del campeón se están apartando. La sociedad se despertó ya del ensueño en la que estaba y lo ve al rey desnudo. ¿Cuándo fue que se le encarajinó todo? Pues, cuando pensaron que podían montar una dinastía de hermanos y, la que manda en ese dueto, la hermana Karina, pensó que podía teñir al país de violeta y, de paso, conociendo su afición y la de sus socios Menem por “las efectividades conducentes”, quedarse con algunos importantes vueltos.
En consecuencia, para evitar, o bien trascender, el folclore golpista que comienza a entonarse, Milei deberá hacer de tripas corazón, asumir que es el presidente de un país en crisis, desprenderse de aventureros como son los que lo rodean, en primer término los del propio triángulo de hierro, y hacer lo siguiente: renunciar explícitamente a su reelección en 2027, con lo que descongestionaría el ambiente; avocarse a implementar un plan de estabilización en serio y pivotear un consenso con todas las vertientes que hacen a la vida pública del país acerca de un programa de crecimiento, desprovisto ya de absurdos cantos de sirenas y de gritos pedestres.
Si hace eso, es decir, renunciar expresamente a la reelección; retirarse a leer en 2027, como había dicho originariamente que iba a hacer; tratar de acomodar las cosas y consensuar la dirección en que habrá de marchar el país, si bien no le darán el premio nobel de economía, recibirá en cambio algo más valioso colectivamente, como sería el reconocimiento de todos los ciudadanos argentinos por los servicios prestados. Ya pasó a la historia y dejó de ser un fenómeno barrial, en el peor de los casos, y le demostraría a papá Milei que no era tan inútil como éste creía. Tras las hurras se irá plácidamente a su casita, con los 4 o 5 hijos de cuatro patas que tiene. Conoció el mundo; se codeó con los grandes figurones; y se podrá retirar a escribir sus memorias, aún joven, antes del alzheimer. ¿Qué más podría pedirle a la vida?

