Una invitación a repensar las relaciones amorosas, según el existencialismo.

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, “la pareja existencialista”, fue, sin duda, un par escandaloso para su época. Juntos rompieron con el modelo familiar de la tradición burguesa: el matrimonio. Nunca se casaron ni quisieron tener hijos y abiertamente aceptaban que el otro tuviera relaciones con terceros.

“Nada nos limitaba, nada nos definía; nuestros lazos con el mundo los creábamos nosotros”, dijo Beauvior.

Lxs filósofxs distinguían, muy filosóficamente, entre amores necesarios y contingentes. “Necesario”, en filosofía, es aquello que no puede ser de otro modo, aquello que debe ser. “Contingente” es aquello que puede ser de un modo o de otro, y por tanto, puede no ser. Los filósofos medievales entendían a dios como ser necesario, ya que sin él no habría nada, y a los hombres (y al resto de la creación) como seres contingentes, ya que pueden existir como no existir. De la misma manera, un amor necesario es aquel amor que no puede no estar, que constituye a ambos (es decir, el amor entre Simone y Sartre), mientras que los amores contingentes, pueden estar como no, son eventuales, circunstanciales.

La única condición era la absoluta transparencia. “Hicimos un pacto: no solamente ninguno de los dos le mentiría al otro, sino que nunca le disimularía nada”. Mentir era volverse una hipócrita pareja más, que escondía o reprimía sus deseos. Era, para ellos, transformarse en otro matrimonio burgués, lleno de farsas y engaños.

Ellos no pretendían postularse como “modelo” de una relación. Bien claro lo deja la filósofa francesa: “Ninguna máxima intemporal infunde a todas las parejas una perfecta transparencia: corresponde a los interesados decidir qué tipo de acuerdo desean alcanzar; no tienen ni derechos ni deberes a priori (…) Me irrito cuando terceras personas aprueban o critican las relaciones que hemos construido, sin tener en cuenta la particularidad que las explica y las justifica: esos signos gemelos sobre nuestra frente. (…) ¿Para qué, por ejemplo, vivir bajo un mismo techo cuando el mundo era nuestra propiedad común? (…) Un solo proyecto nos animaba: abrazarlo todo y dar testimonio de todo; nos ordenaba que siguiéramos, en caso de necesidad, caminos divergentes, sin ocultarnos el uno al otro ni el menor de nuestros hallazgos (…) y por esa libertad nos hallábamos ligados en lo más profundo de nosotros mismos”.

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