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Pactos

 

ALEJANDRO SARAVIA

 

En nuestra historia independiente -es un decir, claro está- existieron tres pactos externos emblemáticos, desde ya controvertidos, que en cierta manera nos encaminaron, y nos encaminan, en esta nuestra distorsionada marcha. Tanto, que nos seguimos preguntando, como aquel Zavala de la novela de Vargas Llosa, cuándo es que se jodió el país.

El primero de estos pactos o convenios es el de la Baring Brothers, que tiene su génesis en el momento en que la Junta de Representantes de Buenos Aires sanciona, el 19 de agosto de 1822, una ley que facultaba al Gobierno a contraer un empréstito que debía ser utilizado para la construcción del puerto de Buenos Aires.

Finalmente, solo llegaron unas 570.000 libras esterlinas del millón pactado, en su mayoría en letras de cambio. Ninguna de las obras previstas se realizó y, cuando se canceló 80 años después, se terminó pagando 8 veces más de lo que originariamente se debía.

Quien lo creyó necesario fue Manuel José García, Ministro de Finanzas de Bernardino Rivadavia, y un personaje reiteradamente nefasto de nuestra historia. Por su parte, Rivadavia, aceptó constituir un consorcio que representara al Gobierno de Buenos Aires. El 15 % del monto del préstamo se lo llevó este consorcio en concepto de comisión, es decir, 120 000 libras y los 30 000 restantes fueron para la Baring.

El Estado de Buenos Aires, “empeñaba todos sus efectos, bienes, rentas y tierras, hipotecándolas al pago exacto y fiel de la dicha suma de 1 000 000 de libras esterlinas y su interés”. En consecuencia, en 1828 se liquidó la escuadra naval y se dieron en pago dos fragatas que se estaban construyendo en Inglaterra. De este modo, cuando se produjo la invasión de las Islas Malvinas por los ingleses, cinco años más tarde, no hubo fuerza naval para contrarrestarla. Negocio redondo. Para Inglaterra, obvio.

Pero de entre las singularidades de nuestra historia que seguimos arrastrando hasta el presente, el Manuel J. García de aquel empréstito, es el homónimo antepasado de quien, el actual gobierno nacional, designara por decreto, fallido, miembro de la Corte Suprema de Justicia. Es decir, Manuel J. García Mansilla. Nuestra historia es un pañuelo.

El segundo de estos pactos emblemáticos, es el firmado durante la denominada “Década infame” por el entonces vicepresidente de la República, Julio Roca, “Julito” como solían decirle al hijo del General del mismo nombre, con el encargado de negocios inglés, Walter Runciman, el 1 de mayo de 1933. El legado de este pacto ha sido altamente negativo, ya que los exportadores británicos obtuvieron mayores beneficios que los argentinos: con la simple promesa de comprar carne argentina a los niveles reducidos de la época de la Depresión, Argentina acordó reducir los aranceles de casi 350 productos británicos y abstenerse de imponerlos a las principales importaciones, deteriorando la economía nacional de manera inexorable.

Quien llevó la voz cantante en la denuncia en contra de este pacto y sus consecuencias, fue el entonces Senador Nacional por Santa Fe, Lisandro de la Torre, quien, claro está, terminó suicidándose, impotente, ante el derrotero en que iba encaminándose el país.

El tercer pacto de triste memoria es el que se está celebrando actualmente con los Estados Unidos de Donald Trump, cuyo contenido es aún desconocido, pero todos sabemos ya quien habrá de ser el beneficiario. Tanto es así que opiniones generalmente mesuradas señalan la falta de equivalencia en los aportes y en los dividendos. Pero eso no es lo peor, ya que el aporte que correspondería a nuestro cocontratante aparentemente ya estaría hecho, aunque, paradójicamente, no en beneficio del país en su conjunto sino exclusivamente en beneficio del gobierno del amigo de Trump, esto es, Milei.

Cuando se preguntan qué nos dará Estados Unidos, mentes lúcidas señalan que lo que nos dará ya está dado y no es otra cosa que el salvataje financiero que hizo el gobierno de Trump del gobierno de Milei, el que ya se estaba hundiendo indefectiblemente como todos lo pudieron apreciar. Tanto es así que hasta le valió un triunfo inesperadamente importante en las pasadas elecciones cuando, hasta los más optimistas de los oficialistas, las daban por perdidas.

De estos tres pactos externos que marcaron y marcan nuestra historia, el más mezquino es el tercero. El de Trump con Milei. El primero, el de la Baring, fue el precio que Inglaterra nos cobró para reconocernos como Nación soberana. Es el equivalente de lo que Francia le cobró a Haití por lo mismo y que condicionó que este país del Caribe, en definitiva, se convirtiera en uno de los denominados Estados fallidos al no poder superar los costos de ese préstamo. A nosotros nos insumió 80 años y la vinculación casi colonial con Inglaterra hasta los 30 del siglo pasado.

El pacto Roca-Runciman de 1933 tuvo como piso de marcha la ruptura del orden económico internacional con la crisis del 30, con la que no sólo cayera nuestra bonanza económica, iniciada en 1880, sino nuestra propia inserción en el mundo. Fue, en definitiva, un salvataje, no de un gobierno, sino de todo un país que a raíz de aquella crisis había perdido el rumbo.

El actual pacto, el de Trump-Milei, no pretendió salvar a un país sino a solo un gobierno. Es decir que, un gobierno, para salvarse a sí mismo y llevado por veleidades puramente personales, hipoteca el destino de todo un país en una aventura que queda en manos de dos personas absolutamente imprevisibles, como son el propio Donald Trump y Javier Milei. Por eso digo, en síntesis, que este pacto es el de mayor mezquindad de nuestra historia, atravesada desde su origen por esta especie de acuerdos.

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