“No me dejan entrar ni con pesas ni con machete”, habría dicho el acusado.
Lo que empezó como una tarde común en un gimnasio de Orán terminó en una mezcla de película de acción clase B, clase de educación física fallida y telenovela familiar.
El protagonista: un profesor de educación física que, al parecer, confundió la rutina de brazos con una sesión de machete y pistola. Según consta en el expediente (y en el asombro colectivo), el hombre fue rechazado en la entrada del gimnasio por ser sospechoso de haberse quedado antes con el celular de una clienta.
Lejos de tomarse la negativa con calma —y mucho menos con una serie de respiraciones de yoga— el docente regresó furioso, armado con un machete y un supuesto arma de fuego, dispuesto a demostrar que la verdadera fuerza está en la ira. Entre amenazas, gritos y algún que otro daño colateral, se apropió de dos parlantes, quizás con la esperanza de musicalizar su propia persecución.
Pero la historia no terminó ahí: en modo tour de la furia, el hombre fue hasta la casa del dueño del gimnasio para seguir con las amenazas, como quien no quiere que se corte el hilo narrativo.
El juez Gustavo Morizzio, luego de escuchar la confesión (y probablemente pedir un descanso para procesar la trama), lo condenó a dos años y ocho meses de prisión condicional, más tratamiento psicológico y reparación de los daños, lo que incluye, presumiblemente, devolver los parlantes.
La fiscal Andrea Tejerina Frías, bajo directivas de la fiscal penal Daniela Murúa, logró que el acusado aceptara un juicio abreviado dentro del Plan Piloto de Oralidad, también conocido por los vecinos como “el reality judicial del norte”.
Por si fuera poco, al expediente se le sumó otro capítulo: una agresión previa a un familiar dentro de una clínica, donde el profesor habría pedido dinero con la misma diplomacia con la que intentó entrar al gimnasio.
Moraleja: en Orán, antes de ir al gimnasio, mejor revisar la mochila. Si tenés machete, dejalo en casa.

