Por Mily Ibarra
Hay una frase de Paulo Freire que me acompaña desde hace años. Últimamente la pienso de otra manera. No tanto como una frase sobre la educación, sino como una frase sobre el cuerpo, sobre el tiempo y sobre esa forma bastante extraña en que una termina haciendo cosas que no había decidido hacer.
“Nadie se educa solo, los hombres se educan entre sí, mediatizados por el mundo”.
Durante años fui pasando por salas, aulas, patios, espacios de formación. Vi planificaciones, escuché canciones, repetí consignas, aprendí maneras de hacer y también maneras de no hacer. Algunas cosas las incorporé sin darme cuenta. Otras las descarté casi en el mismo momento en que las vi.
Supongo que así empieza un legado.
No como una decisión. No como algo que una se propone dejar detrás. Más bien como una acumulación de encuentros. Alguien abre una puerta. Alguien comparte una planificación que le llevó horas. Alguien enseña una canción sin preguntarse si esa canción le pertenece. Alguien cuenta cómo resolvió un problema y no se guarda el procedimiento como si fuera un secreto profesional.
He aprendido mucho de esas personas.
También aprendí de las otras.
De quienes cerraron puertas. De quienes confundieron formación con autoridad. De quienes hicieron del juego, del canto o de determinadas maneras de enseñar una especie de territorio privado. De quienes impusieron una forma sin detenerse demasiado a mirar a quién tenían delante.
No siempre es fácil reconocerlo en el momento. Una suele pensar que está frente a un obstáculo puntual, una mala reunión, una diferencia de criterio. Después, con los años, algunas escenas cambian de tamaño. Lo que parecía apenas una incomodidad termina siendo una enseñanza.
Freire hablaba de una educación que podía ser práctica de la libertad o práctica de la opresión. Entonces pienso que también se aprende por contraste. Hay personas que, sin proponérselo, nos dejan bastante claro aquello en lo que no queremos convertirnos.
Eso también forma.
Me enseñaron que el ego ocupa demasiado espacio en una sala de infantes. Que cuando una persona necesita demostrar que sabe más que las demás, probablemente ya perdió algo importante. Que enseñar no debería consistir en acumular saber para después administrarlo desde un lugar de autoridad. Que hay conocimientos que se vuelven más valiosos cuando circulan.
No siempre lo entendí de inmediato.
Tal vez porque el legado tampoco funciona de manera inmediata. Una recibe algo, lo usa, lo modifica, lo mezcla con otra cosa y, bastante tiempo después, descubre que aquello que creía propio había empezado en otra persona.
Eso me parece lo más honesto de la idea de legado: no pertenece del todo a nadie.
Freire hablaba también de la esperanza como una necesidad ontológica. A veces la palabra esperanza parece demasiado grande para una escuela, para una sala, para una reunión de docentes. Pero quizá sea exactamente ahí donde tiene sentido. En seguir creyendo que todavía es posible encontrarse con otro sin convertir ese encuentro en una disputa por el poder.
Después de tantos años, pienso que eso es lo que queda.
No las formas exactas. No las planificaciones. Ni siquiera las canciones, aunque algunas permanezcan durante años en la memoria.
Queda lo que hicimos con aquello que otros nos dieron.
Y lo que otros harán, quizás sin saberlo, con aquello que nosotros dejamos.
Nadie deja un legado solo.
Lo dejamos entre todos.
Incluso con aquellos que, alguna vez, intentaron impedirlo.

