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Massaccesi: La ignorancia porteña y el patriotismo de guardia permanente

 

Entre quienes creen que se puede hacer humor sin conocer la historia y quienes responden a cada chiste con un comunicado institucional, Martin Miguel de Güemes vuelve a quedar atrapado en una polémica tan ruidosa como estéril.

 

Lucas Sorrentino

 

Hay una vieja costumbre de cierto periodismo porteño que resulta mucho más irritante que el centralismo: la de opinar sobre cualquier cosa con una seguridad que no resiste dos minutos de Wikipedia.

Es una especie de superpoder.

Pueden explicar la minería de Catamarca sin haber pisado una mina, el carnaval jujeño sin haber visto una comparsa o la historia de Güemes sin distinguir un Infernal de un jugador de Los Infernales de Salta Basket.

Y encima hacen chistes

Ese es el verdadero problema.

Porque el humor exige una condición previa: ser gracioso.

Si no hay gracia, queda solamente la ignorancia amplificada por un micrófono nacional.

Lo de Mario Massaccesi sobre Güemes pertenece precisamente a esa categoría tan argentina del conductor que cree que cualquier comentario improvisado merece una carcajada. “La patria se hace trabajando”, dijo mirando una imagen del prócer, convencido de haber encontrado una ocurrencia brillante.

No era una genialidad.

Era uno de esos chistes de estudio televisivo que nacen viejos, mueren rápido y dejan la incómoda sensación de que nadie en la producción sabía demasiado de quién estaban hablando.

El problema no fue únicamente el comentario.

Fue esa costumbre porteña de convertir al resto del país en un decorado exótico.

Cuando el personaje pertenece al Norte, mejor todavía: total, siempre habrá alguien dispuesto a explicar después quién era.

No deja de ser paradójico que muchos comunicadores que dedican horas a analizar el más mínimo gesto de un dirigente europeo conozcan menos sobre Martín Miguel de Güemes que un alumno salteño de sexto grado.

Hasta ahí, el enojo tiene fundamento.

Ahora bien

Del otro lado apareció otra costumbre igualmente argentina.

La del orgullo provincial con reflejos de defensa antiaérea.

Bastó una torpeza televisiva para que comenzaran los comunicados, los repudios institucionales, los pedidos de disculpas públicas, las denuncias por discriminación cultural y la sensación de que TN acababa de invadir militarmente el Valle de Lerma.

Respiremos

No todo exabrupto merece convertirse en un conflicto internacional.

La SADE Salta, agrupaciones gauchas, funcionarios, instituciones y medio mundo salieron a responder una frase que probablemente ni el propio Massaccesi había pensado demasiado antes de decirla.

Está bien corregir el error

Está bien recordar que Güemes fue uno de los grandes protagonistas de la independencia argentina y que todavía ocupa un lugar injustamente menor en muchos relatos nacionales.

Pero convertir cada desliz televisivo en un expediente patriótico tampoco ayuda demasiado.

Porque el riesgo es terminar alimentando exactamente aquello que se critica: el espectáculo.

Mientras un estudio de televisión vive de producir polémicas rápidas, nosotros les regalamos tres días de repercusión, comunicados, entrevistas y debates.

Negocio redondo

Hay una respuesta mucho más elegante.

Explicar.

Enseñar.

Difundir.

Mostrar por qué Güemes fue decisivo sin necesidad de actuar como si cualquier chiste malo constituyera un atentado contra la Nación.

La mejor defensa de Güemes nunca fue el enojo.

Fue la historia

Porque, al final, el problema de algunos periodistas porteños no es la mala intención.

Es algo bastante más frecuente en los medios argentinos: hablar antes de saber.

Y el problema de algunos salteños tampoco es el amor por Güemes.

Es esa irresistible tentación de sentirse personalmente ofendidos cada vez que alguien desde Buenos Aires mete la pata.

Quizá ambos extremos tengan algo en común.

Unos creen que pueden opinar de todo.

Los otros creen que todo merece un comunicado.

Y entre la soberbia del micrófono y la épica del repudio permanente, el que vuelve a quedar relegado es el propio Güemes, cuya figura merece bastante más que un chiste fallido… y bastante más que una sobreactuación patriótica.

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