Un reportaje de Roxana Kostzer al escritor José Agüero Molina

 

1 – ¿Cómo afectó la pandemia a los escritores salteños, en relación a las ganas de producir?

En general, la producción ha bajado mucho y la mayoría de los escritores desapareció del mercado editorial, lo cual puede que obedezca a varias razones: en primer término, al miedo irracional que la prensa y el gobierno han logrado establecer como pauta general del relacionamiento social, caracterizado por el temor a que alguien nos contagie; el otro ha pasado a ser más enemigo que nunca, pese al estribillo científicamente improbado de que cuidarse es cuidar a los demás. Este miedo ha llevado a muchos -y en especial a los intelectuales, que no se caracterizan por ser gente brava- a ocupar el tiempo en tener miedo, en cuidarse, en huir, en esconderse de la Parca, creyendo que si no lo hacen tendrán algo que perder. Eso es estúpido, si uno piensa que tarde o temprano va a morirse. En segundo lugar, ha ocurrido –en términos objetivos- un grave derrumbe de los circuitos comerciales, lo que se suma a la escasez de circulante, a la gente que perdió el trabajo o el negocio, a la sensación generalizada de vivir en guerra; uno no puede esperar que la gente prefiera leer un libro antes que comer o vestirse. Y, por último: la cuarentena trajo aparejada una fuerte disminución de las posibilidades de lucimiento social, lo que acabó por apagar el ego de muchos que veían en la literatura un camino hacia el aplauso, hacia la figuración. Ignoro el verdadero orden de estas tres variables, pero sin duda existieron y existen todavía.

2- Todos tenemos algo para contar. ¿La pandemia sirvió para transmitir relatos y emociones o bloqueó la dedicación y la creatividad?

Narrar no tiene nada de especial, pues no es una prerrogativa de los intelectuales, sino de la raza humana: somos el mono que cuenta historias, desde hace miles de años. Mi papá fue el más grande de los narradores que he conocido y jamás escribió un libro, era camionero. Narrar, entonces, no es un efecto creativo de algunas mentes, sino un camino de emociones hacia los demás. Desde este punto de vista: ¿cómo podría afectarme la pandemia? El marqués de Sade continuó escribiendo en horrorosas circunstancias, nada lo detuvo, pues para él, narrar era un asunto de vida o muerte. Creo, más bien, que la cuarentena ha servido para separar a los niños de los hombres, y a dejar sobre relieve si uno escribía para figurar, o para sobrevivir. Yo no siento que me haya afectado en nada, salvo en lo económico, pues, aunque he producido varios libros en estos dos años, he ganado mucho menos dinero. Las graves circunstancias, en todo caso, debieran estimular la creatividad intelectual, pues nadie que sea feliz está en condiciones de escribir un buen libro. Por otro lado, ser un escritor es un trabajo como cualquier otro y no requiere más inspiración que la que precisa una maestra, un recolector de residuos, cualquier obrero.

 

3 – Diferentes encuestas reflejan que 6 de cada 10 personas se sienten desganadas y desmotivadas.

Lo cual no me sorprende, pues vivimos en la Era de la Flojera, en el tiempo de los cobardes, de los que no se atreven a tener agallas. No animarse a vivir por miedo a morir es una bajeza que disminuye nuestra humanidad, pero más allá de eso: ¿por qué tendría que estar especialmente motivado para ser el que soy? Mis ganas vienen de que soy, simplemente, un escritor, y un escritor escribe, eso es todo. ¿Gano mucho menos? Es verdad, pero encuentro suficiente motivación en el mero acto de sobrevivir. Sencillamente, ignoré la cuarentena cuanto pude y continué con mi vida, lo que es excepcionalmente fácil para un escritor, que no necesita salir a la calle para producir un libro; a mi modo de ver, la cuarentena ha sido generalmente una excusa, no una razón para dejar de hacer.

4 – ¿Sentís que quedó una pandemia del desgano?

Sí, absolutamente, pero no creo que sea culpa del bicho. En los últimos años se ha realizado un gran trabajo en la promoción de la flojera, en entronizar el desgano como posición filosófica. En la publicidad que nos vende Buenos Aires, toda la gente es joven, feliz y adinerada, vive de fiesta en fiesta, nadie necesita trabajar. Con casi un centenar de libros, después de haber ganado más de setenta premios literarios, mi asignación es menor que la de un preso, por ejemplo. Hoy, para estar en onda hay que ser blandito, poco rudo, jamás jugarse por nada, ser emocionalmente enclenque, seguidores de la moda de los seres de luz: la orden de nuestro modernismo es “aprende a soltar”, no “aprende a comprometerte”. Mi viejo, el camionero, fue un ejemplo de esfuerzo, de motivación, de ganas, de fervoroso oficio de vivir. Fue él quien me enseñó que la vida no es un asunto de cobardes.

5 – ¿Cómo motivás a quiénes todavía se sienten “encerrados” en un mundo pandémico?

Es casi imposible hacer eso, pues tiene que ver con las características de personalidad de cada uno; en general, a la gente solo le interesa entretenerse y no pensar. Para lo primero, basta con seguir la decadencia generalizada, atiborrarse de televisión chatarra y vivir la vida de los famosos que produce la decadencia porteña; para lo segundo alcanza con hacer lo primero. Creo que en la vida cada cual se encierra en la celda que elige, se vuelve dependiente del amo que escoge: algunos se convierten en fanáticos religiosos, otros –menos dotados- siguen a un político, pero todos, o casi todos, nos aferramos a una idea que por alguna razón nos atrapa: yo intento no atarme a ninguna para seguir escribiendo libros, que es mi manera de preguntarme quién soy y para qué estoy aquí. Cada persona elige su manera de ser estúpida.

6- Lo lógico, después de una pandemia y de la cuarentena interminable que hemos vivido los argentinos, sería producir más que nunca al darnos cuenta de los cambios inesperados que podemos tener. ¿Qué sucede a quienes quedan en la pasividad?

Lo que les ha sucedido siempre, desde el inicio de los tiempos históricos: el 1% nace para lobo, el 98% nace para oveja y el resto nace para contar cómo los primeros se comen a los segundos. Imagino a los pasivos como a los tibios de los que habla la Biblia y sí, con gusto los vomito.

7 – ¿Cómo venciste el desgano de algunas personas y la indiferencia de un Estado para motivar a un sector que siempre fue castigado y más aún en una situación tan inesperada?

Pues no lo he vencido, creyente como soy de que cada uno debe librar sus propias guerras; además, carezco de elementos suficientemente fuertes como para doblegar al efecto de sumar la avaricia de los políticos con la flojera de los intelectuales. Nadie se sienta a negociar con quien no le puede hacer daño y un gobierno decadente, inútil, rastrero y trepador como el de Sáenz, jamás verá interés –mucho menos necesidad- en aportarle algo a la cultura. El intelectual salteño es, casi por definición, obsecuente del que manda, por eso son tan pocas las voces que se levantan contra la destrucción de la cultura en Salta.

8 – ¿Qué produjiste durante los casi dos años de pandemia, tanto en lo que respecta a tu taller literario como en lo personal?

Con mi taller literario, la Escuela de Letras Evelia Argañaraz, hemos publicado cuatro libros en estos dos años, brindando de alguna manera un espacio y una voz a más de cuarenta autores. En lo personal, he trabajado media docena de libros, de los cuales publiqué cuatro y hay un quinto en la imprenta, próximo a salir.

9 – ¿Cómo hiciste para no renunciar a tus proyectos en los momentos que sentías desinterés a tu alrededor?

Pensé que mis proyectos no son los de los otros, así que de ninguna manera iba a dejarme contagiar por los demás; fue casi una cuestión de honor. Llevo como bandera personal no hacer caso de los religiosos, ignorar a la prensa y no creer jamás en un político, lo que tal vez me ha vuelto ligeramente indemne a los mandatos de moda. Uno termina siendo lo que hace, de modo que dejar de hacer es una de las maneras más tristes de dejar de ser.

10 – ¿Qué aconsejarías a quienes se quedan esclavos de la pasividad?

Que analicen la posibilidad de acogerse a la eutanasia; quizás eso sería más digno que dedicarse a vegetar.

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