Por Ana María Chehin y Exequiel Svetliza (*)

Vagabunda, bohemia, arrabalera, con los zapatos enchastrados en el barro de los márgenes y las suelas gastadas de asfalto, con la curiosidad insaciable y perpetua en la mirada y el resto de los sentidos a nervio vivo, con la pulsión primitiva de decir, de contar, de entender. Ante todo, esencialmente humana, la crónica parece tener como hábitat natural la calle y la intemperie, no la comodidad de los claustros ni la sobriedad que impone la academia. Sin embargo, aunque no reniega de su condición plebeya, la crónica hoy goza de un prestigio literario inusitado que la ha llevado a trascender las perecederas páginas de los periódicos y volverse, como nunca, objeto de estudio, pese a la resistencia de algunos sectores a pensarla como literaria. Para ser justos con la academia y la crítica, hay que decir que la mirada erudita sobre el género no es una novedad, tal como lo historizó Mónica Scarano en el encuentro desarrollado en Salta en 2017, y cuyo resultado es esta publicación. Tampoco sería justo soslayar la diversidad de posiciones epistemológicas en torno a ella. Lo cierto es que existe un renovado interés por esa textualidad multiforme que denominamos “crónica”.

Hay indicios contundentes de este proceso a partir de la segunda década del siglo XXI. En el año 2010 abre sus puertas en Argentina la Fundación Tomás Eloy Martínez con objetivos similares a los de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano inaugurada en 1996 por el mítico Gabriel García Márquez en Colombia, con clara proyección internacional. Proyectos ambiciosos, que sobrevivieron a sus mentores, instalaron referentes contemporáneos del género que entienden el periodismo como una práctica social cimentada en el compromiso ético con la verdad. Dos años más tarde se editan dos antologías de crónicas en español Mejor que ficción. Crónicas ejemplares (2012) y Antología actual de la crónica latinoamericana (2012), ambas publicadas por prestigiosas editoriales multinacionales (Anagrama y Alfaguara) y prologadas por reconocidos escritores como Jorge Carrión y Darío Jaramillo. En ambas compilaciones resuenan los nombres de Pedro Lemebel, Martín Caparrós, Leila Guerriero, Edgardo Rodríguez Juliá, Cristian Alarcón, Julio Villanueva Chang, María Moreno, Alberto Salcedo Ramos, consagrados por la crítica, el mundo editorial y los premios. Ese mismo año, Latinoamérica se juega por la crónica en los dos puntos extremos del mapa. En México, se realiza el “Segundo Encuentro de Cronistas de Indias” que reúne a escritores, críticos y editores de distintas latitudes con el afán de promover la discusión sobre el estado actual del género y su importancia en la confirmación de la identidad latinoamericana. Un encuentro fecundo y profusamente difundido del que surgieron valiosos documentos. Al mismo tiempo, en Argentina aparecen las primeras ediciones de las revistas Anfibia y Tucumán Zeta, usinas del periodismo narrativo en distintas regiones de nuestro país. En 2013, se inicia la entrega del premio Gabriel García Márquez de periodismo narrativo (continuador del premio CEMEX-FNPI) y la FNPI se renueva estableciendo alianzas económicas que le aseguran el financiamiento de sus actividades. Por estos años se realizaron las primeras ediciones de los premios “La Voluntad” y “Crónicas Interiores”; certámenes que abren el campo de la crónica hacia las provincias argentinas, a la vez que visibilizan la producción de jóvenes y talentosos cronistas. La periodista bielorrusa Svetlana Alexievich gana el premio Nobel de Literatura de 2015 por su labor como cronista, colocando a la crónica en un lugar de consagración internacional. En noviembre de 2017 se inaugura el Festival Basado en Hechos Reales con rotundo éxito.
Desde una perspectiva amplia, el encuentro celebrado en junio del año 2017 en la ciudad de Salta puede inscribirse dentro de esa corriente que impulsa al género, lo visibiliza y somete a constante debate. Durante las jornadas en que transcurrió La Tibia Garra Testimonial se alentó el diálogo desde una dinámica de actividades heterogéneas: talleres, mesas de discusión, conferencias, proyecciones, presentaciones, ponencias. Encuentros que se alargaban al calor de un café compartido en un patio amplio, adornado de malvones. La labor que realizan estas prácticas tales como congresos, talleres, seminarios, así como la tarea de fundaciones, editoriales, críticos y editores son fundamentales en la conformación de un campo intelectual en torno a la crónica que motiva reflexiones críticas fecundas sobre los modos de representación de las problemáticas contemporáneas y las tensiones entre literatura, mercado, poder y sociedad.

Pero esa vista panorámica poco nos dice acerca de lo vivido en aquellos días. Nada más alejado a la mirada de la crónica que unas palabras de presentación que, en su afán de análisis, se desentienda de esos detalles. Allá vamos.

Cualquiera que haya participado del carnaval norteño, ya sea en la quebrada jujeña o en las carpas de Salta, habrá conocido la forma particular en qué la gente de esos lugares utiliza el verbo “compartir”. En esos días en que se libera el diablo carnavalero es natural para cualquier visitante sumarse a mesas familiares o ranchadas improvisadas como uno más del grupo. Entonces es cuando el verbo “compartir” se vuelve autosuficiente para explicarse a sí mismo sin importar el qué; como si toda explicación posible se agotara en ese vínculo afectivo circunstancial de ser parte de lo mismo. A quienes pregunten qué están haciendo, por toda respuesta se les dirá: “compartiendo”. No importa si un asado, una jarra de vino, un baile, una guitarreada o una pena. Con compartir basta y sobra para trascender cualquier diferencia y acortar cualquier distancia. No exageramos al decir que algo de esa comunión excepcional tuvo el encuentro entre cronistas, editores, periodistas, catedráticos, estudiantes y curiosos que supo albergar La tibia garra testimonial. “Compartir” fue la clave que reunió a los artífices del hacer de la crónica con los encargados de pensarla; a la crónica modernista con aquella más cercana a nuestros días; a los relatos periodísticos tradicionales con los nuevos lenguajes virtuales y audiovisuales; a la crónica que nos llega de Colombia o de Brasil con la que se produce acá nomás, en las provincias argentinas. Por esos días, Salta fue el epicentro de una cartografía del género que se extiende en el espacio y en el tiempo, como bien lo refleja esta selección de ensayos y de crónicas que dan cuenta de la continuidad de esos, parafraseando a Lemebel, “eslabones de la memoria reciente con sus retratos, atmósferas, paisajes, cicatrices y perlas”.

Si algo ha quedado en claro en las distintas conferencias y mesas que propiciaron el debate sobre el género en esos días, es la convicción de que la crónica ha sido y continúa siendo una de las mejores vías, entre muchas otras posibles, para pensar la realidad de nuestro continente. Fronteriza, mixta, híbrida, elástica, confusa, hasta en sus figuraciones más monstruosas como “ornitorrinco de la prosa” para Villoro o “animal anfibio” para Alarcón, la crónica es un género literario complejo, extremadamente permeable, que habilita la mezcla y yuxtaposición de voces y discursos. Adopta gestos que la acercan al melodrama, la novela, el ensayo, el testimonio, a las estéticas del Kitsch y la cursilería, a la vez que acude a formas que proceden de la cultura popular y la de masas, e incorpora los efectos de la oralidad. Su lugar intersticial está dado no solo por los discursos que llegan desde las esferas literarias o periodísticas, sino también por otros pertenecientes a ámbitos con lenguajes y formatos propios como el performance, el teatro, el cine, la música, el grafiti, la Web.

En la crónica se tejen las voces que no hablan en el relato oficial, las distintas formas de violencia y sus huellas en el presente, las ciudades, los suburbios, las excentricidades de la historia. En ese discurrir se dirime la condición política del género. Martín Caparrós lo explica con abrumadora claridad cuando destaca el modo en que la crónica, desconfiada y dudosa, se posiciona frente a los medios hegemónicos y presenta a un sujeto que mira y cuenta, al que es posible cuestionar. La crónica, afirma, pone en crisis las certezas, busca nuevas formas de decir, distintas y críticas. Es política, en definitiva, porque busca un lugar de diferencia y resistencia.
El género es un territorio siempre fértil para las discusiones formales que intentan desandar la compleja trama donde se cruzan lo biográfico, lo testimonial y las narraciones orales; lo íntimo y lo público; la literatura y el periodismo; eso que por convención denominamos como “real” y los recursos de la ficción. La crónica pone en jaque las posturas cristalizadas mediante las cuales se identifica “lo verdadero” con “lo real”, y la ficción con lo literario; personajes y narradores se sitúan en el relato desde la ambigüedad que supone el anclaje al referente y su representación textual.

De ahí que la crónica nos convoque y nos siga interpelando. A diferencia de otros eventos académicos donde el género parece estudiarse sobre una mesa de disección, el encuentro ha sido una auténtica celebración de la crónica en sus más diversas y siempre mutantes formas: del periódico al libro, del libro a la Web, de la Web a las pantallas de los televisores. De las formas canonizadas a los discursos emergentes, de los centros hegemónicos a las periferias donde la crónica ha sabido abrirse paso.
Y la crónica, siempre la crónica. En las conferencias, en los debates, en los talleres, pero también en las charlas de café o en las sobremesas regadas de vino; en los recovecos de la Salta adoquinada donde los que comparten tejen nuevas constelaciones y discuten sobre la preeminencia de la empanada: ¿salteña o tucumana? O establecen alianzas para expresarse en contra del sanguche de milanesa de la capital con sus hojas de lechuga completas. Y las intervenciones desfachatadas y polémicas de la escritora Lucía Mercado, gran tejedora de memorias tucumanas que, por suerte, llegaban para romper, infalibles, la circunspección de cualquier respuesta hecha. Y los proyectos que todavía no tienen una forma definida, pero que no tardarán en llegar. Y el intercambio permanente de historias, mitologías y videos virales: dictadores, equipos de fútbol, asesinos, cholas luchadoras o cantantes de cumbia. Y los debates acerca de las particularidades lingüísticas del habla popular de cada provincia. Entre risas y anécdotas, en la trastienda del encuentro se traza también una cartografía íntima de la crónica que parece ramificarse y expandirse en un signo inequívoco de su avasallante vitalidad.
Algo de lo que nos ha dejado el encuentro son estos textos donde aparecen amalgamados la pulsión de contar y de analizar lo contado; un espejo metatextual en el que la crónica se mira y se piensa. Pero hay algo mucho más intangible que trasciende a estas páginas y que nos ubica necesariamente en el futuro: el deseo de compartir. El afán de ser parte de esa comunidad a la que nos convoca el género y que nos reunirá en el próximo encuentro, en las aulas, en las calles o en los bares de donde sea que nos toque estar. Con la alegre nostalgia que deja todo carnaval, la de siempre estar volviendo.


(*)Prólogo al libro “Eslabones de la memoria reciente. La crónica urbana latinoamericana”.El libro se presenta este viernes 6 de mayo, en el Salón Auditórium de la Facultad de Naturales, a las 16 horas.

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