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La política Argentina y sus tres callejones sin salida

 

ALEJANDRO SARAVIA

 

El panorama electoral argentino exhibe tres problemas que, aunque diferentes en su naturaleza, convergen en una misma dificultad: la incapacidad de las principales fuerzas políticas para ofrecer una alternativa convincente a una sociedad cansada de las frustraciones, pero todavía sin una dirección clara hacia dónde canalizar sus expectativas. El peronismo mira hacia atrás; Mauricio Macri parece atrapado en sus propias vacilaciones, y el espacio político que podría reunir al tercio del electorado que no se identifica con ninguno de los dos polos carece, por ahora, de una figura capaz de entusiasmar y representar.

El peronismo y el regreso de los muertos vivos

El primer problema es el peronismo. Una fuerza política que durante décadas demostró una extraordinaria capacidad para interpretar los cambios sociales y adaptarse a circunstancias históricas diversas parece hoy empeñada en una operación de arqueología política: recuperar dirigentes, fórmulas y liderazgos que pertenecen a un ciclo agotado.

Los muertos vivos de la política argentina se resisten a aceptar que la historia no concede derechos adquiridos sobre el futuro. Haber ocupado el poder, conservar estructuras territoriales o disponer de una militancia organizada no garantiza capacidad de convocatoria ni, mucho menos, credibilidad. El peronismo necesita una renovación que no consista simplemente en cambiar nombres para preservar las mismas prácticas. Necesita revisar sus responsabilidades, explicar sus fracasos y reconstruir una propuesta que no se limite a explotar el deterioro económico y social del gobierno de Javier Milei.

La oposición no puede conformarse con esperar que el oficialismo fracase. Debe demostrar que aprendió algo de sus propios errores. De lo contrario, la nostalgia por un pasado idealizado terminará siendo su principal adversario. Una fuerza que pretende gobernar el futuro no puede vivir prisionera de sus antiguos protagonistas.

Macri y la comodidad de la indefinición

El segundo problema tiene nombre y apellido: Mauricio Macri. Su trayectoria, su experiencia presidencial y su influencia dentro de una parte importante del electorado le otorgan un lugar que no puede desconocerse. Sin embargo, ese capital político pierde valor cuando se administra mediante una sucesión de dudas, aproximaciones y distanciamientos que impiden saber cuál es su verdadero proyecto. Macri parece oscilar entre la tentación de recuperar protagonismo propio, la conveniencia de preservar su relación con Milei y la posibilidad de reconstruir una alternativa autónoma.

Pero la política no suele premiar indefinidamente a quienes pretenden conservar todas las opciones abiertas. Su tendencia a la comodidad puede convertirse en una trampa. Porque decidir implica asumir riesgos, establecer límites y aceptar que algunas alianzas se ganan mientras otras se pierden. La indefinición, en cambio, permite evitar momentáneamente el costo de elegir, aunque termina debilitando la autoridad de quien la practica. Macri debe resolver si aspira a conducir una alternativa, acompañar al oficialismo o ejercer una influencia lateral sobre el proceso político. No puede reclamar centralidad sin pagar el precio de una definición. En política, el que no decide también decide: deja que otros ocupen su lugar.

El tercio que espera una representación

El tercer problema es, probablemente, el más importante. Existe un sector del electorado que no encuentra una representación satisfactoria ni en el peronismo tradicional ni en el oficialismo libertario. Es un espacio potencial, 

heterogéneo, que puede reunir a ciudadanos con distintas procedencias ideológicas, pero unidos por el rechazo a la repetición de las viejas fórmulas y a los costos sociales de la experiencia actual. Ese tercio no constituye automáticamente una fuerza política. La coincidencia negativa —no querer volver al pasado ni aceptar sin reservas el presente— no alcanza para construir una mayoría.

Hace falta una propuesta, una organización y, sobre todo, una figura capaz de encarnar una expectativa colectiva. No se trata solamente de encontrar un candidato con buena imagen o facilidad para los discursos. Se necesita alguien que transmita solvencia, independencia, sensibilidad social y convicción republicana. Alguien que no parezca una prolongación de las dirigencias cuestionadas ni una versión moderada de aquello que pretende reemplazar.

La ausencia de esa figura abre una incógnita decisiva. El electorado disponible puede permanecer disperso, inclinarse finalmente por alguno de los polos existentes o encontrar, en determinadas circunstancias, un liderazgo inesperado. La historia política argentina demuestra que los vacíos de representación no permanecen vacíos para siempre. Pero tampoco garantiza que los ocupe quien esté mejor preparado.

La política no puede vivir de sus propias ausencias

Los tres problemas describen, en definitiva, una crisis de representación. El peronismo no termina de abandonar su pasado; Macri no resuelve qué lugar quiere ocupar, y el espacio intermedio no encuentra quién lo convierta en una alternativa concreta. Mientras tanto, Milei conserva la ventaja que le proporciona la fragmentación de sus adversarios, aunque esa ventaja no equivale necesariamente a una adhesión permanente.

La próxima etapa electoral dependerá menos de las especulaciones sobre candidaturas que de la capacidad de construir una respuesta política a las necesidades de la sociedad. Porque una democracia no se sostiene únicamente con el rechazo a quien gobierna. Necesita alternativas creíbles. Y cuando los dirigentes disponibles no logran ofrecerlas, el problema deja de ser exclusivamente electoral: se convierte en un problema institucional. La pregunta, entonces, no es solamente quién puede ganar las próximas elecciones. Es quién está en condiciones de gobernar sin repetir los errores que nos trajeron hasta aquí.

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