Hay homenajes que elevan el debate público y otros que directamente lo podan. La diputada Griselda Galleguillos eligió inaugurar una nueva tradición parlamentaria: convertir el recinto en una extensión del fondo de su casa. Con bandeja en mano y entusiasmo doméstico, decidió rendir tributo a su árbol de paltas, como si la Cámara de Diputados fuera una mezcla entre feria barrial y diario íntimo. El problema no es la fruta —noble, versátil, incluso cara— sino la escala: cuando la política se achica tanto, termina cabiendo en una canasta.
La escena roza lo pedagógico, aunque probablemente no en el sentido que ella esperaba. Porque mientras se supone que una banca legislativa sirve para discutir problemas estructurales, aparece este tipo de intervenciones que confunden gestión con anécdota personal. Que haya financiado útiles, alimento para perros o incluso parte de su campaña con paltas no habla tanto de épica como de una preocupante falta de registro institucional. La política convertida en storytelling de autosuperación, con moraleja incluida y sin una sola ley en el horizonte.
Y como todo buen emprendimiento contemporáneo, el relato desemboca en una fundación con nombre ingenioso: “Palta”, sigla mediante, como si el marketing pudiera suplir la falta de contenido. Ahí está, quizás, el núcleo del asunto: una forma de hacer política donde el gesto importa más que la sustancia, donde el símbolo reemplaza al trabajo concreto. Mientras tanto, el recinto —ese espacio donde deberían discutirse los problemas reales— queda reducido a escenario de ocurrencias. Al final, más que un homenaje a las paltas, lo que se termina celebrando es la banalización de la función pública.

