Hay refranes que envejecen mejor que algunos protocolos judiciales. Rubén Cabra fue condenado a 10 años de prisión en suspenso por trata de personas, escuchó el veredicto por Zoom y, cuando llegó el momento de firmar las condiciones para seguir en libertad, simplemente no estaba. Con ese apellido y semejante oportunidad, el desenlace parecía escrito desde el principio: la Cabra, efectivamente, tiró para el monte.
La historia tiene todos los ingredientes del absurdo argentino. Un condenado que no debía ir preso de inmediato, una audiencia virtual, una orden de presentarse a firmar y una fuga que obligó a emitir una alerta internacional. Al final, la tecnología acercó a la Justicia al acusado, pero no logró mantenerlo cerca el tiempo suficiente para estampar una firma. Hay quienes abandonan la videollamada; otros, directamente, abandonan el país.

