La interna de La Libertad Avanza ya ni siquiera parece una fuerza política: es un reality show escrito por trolls con insomnio, asesores adictos a X y dirigentes que confunden gobernar un país con administrar una cuenta anónima. Mientras la inflación, los salarios y la gestión esperan en la fila, el oficialismo libra una batalla épica para descubrir quién maneja un perfil llamado “Rufus”, como si el destino de la República dependiera de un community manager con foto de animé. Entre “Winter is coming”, memes, capturas dudosas y acusaciones cruzadas, el experimento libertario terminó reducido a una convención permanente de adolescentes peleándose en Discord.
Lo más llamativo no es la ferocidad de la disputa entre Santiago Caputo y Martín Menem, sino la fragilidad de un espacio que prometía destruir “la casta” y terminó copiando sus peores mañas, aunque con estética gamer. Operaciones de prensa, aprietes digitales, militancia rentada y funcionarios discutiendo por retuits conforman el nuevo método de conducción política. Hasta Javier Milei quedó atrapado en el papel de mediador de un jardín de infantes libertario donde nadie obedece y todos sospechan de todos. El Presidente habla de economía austríaca mientras sus tropas se lanzan indirectas otaku y teorías conspirativas dignas de un grupo de Telegram a las tres de la mañana.
La escena final resume perfecto el momento oficialista: diputados defendiéndose con referencias a mangas japoneses, streamers oficialistas exigiendo cabezas en vivo y dirigentes que parecen más preocupados por las “fuerzas del cielo” que por las fuerzas del Estado. La política argentina siempre tuvo internas feroces, pero pocas veces una coalición gobernante exhibió con tanto entusiasmo su propia descomposición en tiempo real. La Libertad Avanza llegó prometiendo terminar con el circo; el problema es que ahora descubrieron que ellos son los payasos principales.

