Hay noticias que describen una obra importante y hay otras que directamente funcionan como una radiografía del atraso. “Instalan sanitarios para docentes en una Técnica de Güemes”, anuncia El Tribuno, con orgullo de obra pública inaugurada. El detalle que convierte la noticia en una pieza casi surrealista es que la escuela llevaba más de 30 años esperando baños para sus docentes. Tres décadas. Mientras tanto, los profesores compartían los sanitarios con los alumnos y, según cuenta la nota, se acostumbraron a “contener sus necesidades fisiológicas”. Una frase que parece escrita para una sátira, pero que en realidad describe la vida cotidiana de una institución educativa. En cualquier lugar razonablemente normal, que los docentes tengan un baño propio no sería una noticia: sería, simplemente, parte del edificio.
Lo verdaderamente extraordinario, entonces, no es que finalmente hayan instalado los sanitarios, sino que haya sido necesario esperar 30 años para hacerlo y que encima eso merezca un titular. Dos baños, tres compartimentos cada uno, cañerías, cerámicos y hasta una colecta comunitaria para conseguir los fondos: la epopeya sanitaria del siglo XXI. La pregunta inevitable es qué otras cosas estamos dispuestos a considerar “grandes obras” dentro de treinta años: ¿un techo que no se llueve?, ¿una escuela con calefacción?, ¿agua corriente? Quizás algún día podamos leer en primera plana: “Histórico: instalaron una puerta en la sala de profesores”. Y habrá que celebrar, claro.

