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El legado

El 5 de febrero se cumplirá el primer aniversario de la muerte de Lohana Berkins. Fundadora de la primera cooperativa travesti, voz imprescindible del feminismo, gran tejedora de la militancia trans, arena que supo enlazar transversalmente con muchas otras luchas.
Su capacidad de rebatir los argumentos de los poderosos de siempre con desparpajo mordaz y humor afilado vive en sus palabras. En estos textos inéditos habla una Lohana de otros tiempos, antes de la Ley de Identidad de Género –que fue uno de sus grandes logros–, e incluso una muy anterior: la niña sin derecho a la infancia, en su Salta natal. Con tanta ideología como poesía, su pensamiento toma en el presente la forma de una herramienta fundamental. Eso es parte del legado que Lohana dejó y que otras voces y otros cuerpos se disponen a mantener con vida.
(Imagen: Viviana D’Amelia)

Nosotras adherimos a la Teoría Queer pero como comunidad travesti transexual mantenemos una fuerte tensión con estas teorías. Muchas veces sostenemos que no debería haber identidad, que todos deberíamos vivir en un mundo degenerado, pero todavía nos parece que hacia nosotras y sobre todo en el contexto latinoamericano las teorías que se estudian han sido desarrolladas en contextos norteamericanos, europeos. No es lo mismo ser una travesti en Buenos Aires, en Salta, en Bolivia, que ser una persona “trans” en New York o en un país europeo. Dentro de nuestra propia comunidad sucede algo similar. Con frecuencia quedamos sumidas en un discurso gay lésbico, estamos incluidas en la sigla GLTTB, pero si hacemos un análisis crítico del contenido del discurso, a menudo somos expulsadas de la representación y las demandas, en la quinta fila desaparecemos y después de la quinta para abajo solo aparecemos en la sigla GLTTB. La T está porque es lo políticamente correcto, pero entonces todavía mantenemos cierta tensión. Nosotras no igualamos nuestras experiencias con las vivencias gays porque no podríamos dar cuenta de la realidad en que vivimos. La cuestión de la identidad para nosotras no es meramente una cuestión teórica, sino que en la práctica se convierte en una circunstancia que permite o impide nuestro reconocimiento subjetivo, nuestro goce o nuestra exclusión de ciertos derechos. Todas las violencias nos son aplicadas justamente por embanderarnos bajo esta identidad. Entonces la identidad no es un detalle menor. No ando por la calle diciendo “soy travesti, soy travesti, soy travesti”, pero todo el tiempo me encanta embanderarme, nombrarme desde donde nadie me va a nombrar.

Femenino plural

Cuando se diseñan políticas públicas no se piensa en una persona sola, mucho menos se va a considerar beneficiaria a una trava. El imaginario de las políticas públicas se recorta a un concepto limitado de familia: mamá, papá, un montón de niñitos. Todo lo que esté por fuera de esa descripción no existe. Los invito a que lean los fallos cuando nosotras pedimos el cambio de DNI: “piensa como una mujer –¿cómo piensan las mujeres?–, llora como una mujer. Le doy el cambio de DNI porque vino vestidita de rosa, predomina lo femenino”. ¿Qué femenino?, ¿establecido por quién? Por eso una de las cosas que le empezamos a pedir a la Justicia es hacer la demanda de entrada negando cualquier pericia psiquiátrica, porque ¿cuál va a ser el manual que va usar el psicólogo o la psicóloga para determinar? Como si lo psicóloga no tuviera género. Yo le podría exigir: “Muéstreme su diagnóstico, doctora, ¿a ver?”.

Entonces, ¿por qué me va a escrutar a mí? Cuando yo no sé quién está en frente mío. Creer que solo nosotras tenemos género y debemos dar cuenta de una historia, que además debe ser terrible: ¡Ay! Cuando era chica me pegaban, me violó abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo.

El falómetro

Después, pasar a un médico, y que el médico dictamine si mi cuerpo es lo suficientemente femenino como para merecer ese documento y en el caso de los varones trans, suficientemente masculino.

¿Con qué se va a medir eso? ¿Con el libro de la femineidad o la tabla falométrica? Eso es algo violatorio de mi derecho, me hace someterme a un relato durísimo, invade mi privacidad, que yo en todo caso decido si la quiero contar, cuándo contar y por qué contarla, ¿no? Ella cree que alegremente yo me siento frente a una persona, arman un cuarto púbico, que van a entrar todos los empleados públicos, y cuento la desgarradora historia de mi vida, que además presupone que hay una desgarradora historia de vida, en la cual yo no tuve ningún modo de articulación de esa identidad o de mi vivencia.

Lo que nunca se tiene en cuenta es el real relato, que sí va aparecer nuestra vida a la hora de reclamar, ejercer nuestros derechos, como el derecho a la educación, a la salud, a la vivienda, a un trabajo, a amar, a circular libremente, a salir. De eso no va a dar cuenta ella o él.

El ansia

El médico o la médica tienen una ansiedad terrible con devolverle a la sociedad un ser absolutamente heterosexual. Porque yo le voy a tener que decir que soy mujer, argentina, madre, que amaso empanadas, le tengo que garantizar que canto el himno y soy católica. Le tengo que asegurar a ella o a él, a esa médica o médico, esa cuestión cuando yo simplemente hice un ademán en el que dije: “Mire yo soy travesti, Lohana Berkins existe. Simplemente quiero que usted me dé un documento para que yo pueda seguir mi vida sin todos estos obstáculos”.

No quiero ser mujer, no sé ni cómo son las mujeres, quiero ser travesti, que es lo que soy. Tampoco quiero ser un hombre. Sé el sitio donde no quiero estar. Sí sé el sitio que intento construir, con lo que pueda, con lo que tenga y hasta donde me dé, pero ésa es la certeza más grande que yo tengo.

¿Por qué tendría que recurrir a la binariedad? Incluso ellos hacen hincapié en la práctica sexual, porque si yo voy y le digo “mire, además yo vivo con una mujer”,  ¡directamente perpetua me dan! Va a decir: ¿no era que usted quería ser mujer?

¿Yo, señor? No, señor 

Otra cuestión tremenda que se puede leer en los fallos es la construcción terrible del sujeto o la sujeta. Desde que empieza la demanda hablan de un señor: “El señor dijo, el señor vino, el señor piensa como mujer, el señor venía vestido de rosa”. Sólo en las dos últimas líneas ponen: “Pero me ha conmovido tanto que yo la convierto en señora”. ¡En dos líneas!

La piscología y el derecho nos meten a todos en la misma bolsa: “¡vos sos gay!”.  No somos todos lo mismo. También nos divide la clase, la corporalidad, la etnia, la ideología. Hay un montón de cosas que funden mi identidad, no solo el relato de: “Ay, cuando yo era chica, jugaba con una muñeca y después…”. Porque ese relato abunda, encanta, conmueve. Esa es solo una parte de nuestra historia. También como así hay devenires, sufrimientos, también hay agencias, hay alegría y felicidad, algunas militamos por la despenalización del aborto. Porque creemos que hay una cuestión importante entre esa lucha, que es la propiedad del cuerpo. Si yo les pidiera a ustedes que dibujen un cuerpo de una mujer o de un varón, rápidamente con matiz más, matiz menos, harían los mismos cuerpos. Ahora si les dijera que dibujen un cuerpo travesti, un cuerpo intersex, no sé… Hace muchos años cuando yo me asumí feminista lo primero que me explicaron fue la regla más divina que tiene el feminismo: que la biología no era un destino. Y sin embargo me dijeron: Pero, como vos naciste hombre no podés ser feminista… ahí a la pobre Simone de Beauvoir la borraron de un plumazo.l

* Este texto es un extracto de la exposición de Lohana Berkins en el Simposio Internacional “Política, subjetividad y diversidades: Los Estudios Queer interpelan la diferencia”, en el Tercer Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología, XVIII Jornadas de Investigación y Séptimo Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR, Facultad de Psicología, UBA. Noviembre de 2011.

Fuente: Pagina 12