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El horror

 

En la Argentina de la libertad, el mercado inmobiliario también decidió liberarse. Liberarse de regulaciones, de límites… y, de paso, de los inquilinos. En Salta, cinco de cada diez personas ya no logran pagar el alquiler en tiempo y forma, pero lejos de ser un problema, podría interpretarse como un síntoma de adaptación: la población empieza a comprender que la puntualidad es, después de todo, una rigidez heredada de épocas menos dinámicas.

Los números son elocuentes, aunque conviene mirarlos con optimismo. Un monoambiente que arranca en $450.000 no es una barrera, sino una oportunidad: la oportunidad de reorganizar prioridades, de redescubrir la vida en familia o, directamente, de prescindir de la vivienda independiente. Que un 15% haya caído en mora acumulada no habla de una crisis, sino de un saludable ejercicio de creatividad financiera, ahora acompañado por recargos que refuerzan el compromiso con el sistema.

En este contexto, el Gobierno nacional puede exhibir un logro silencioso pero contundente: la eficiencia del mercado como ordenador social. Menos contratos sostenibles, más retornos al hogar familiar, menos expectativas individuales. Todo funciona sin necesidad de intervención, confirmando que la mano invisible no solo regula precios, sino también decisiones de vida. Y si el alquiler deja de ser posible, siempre queda la libertad de volver a la habitación de la infancia.

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