ALEJANDRO SARAVIA
Los argentinos solemos perder, sin lugar a dudas, el sentido de las proporciones. A eso lo conocía ya el recientemente desaparecido Juan José Llach, autor de varias obras insoslayables, entre ellas precisamente una cuyo título es “El país de las desmesuras”, en el que analiza, junto a Martín Lagos, las razones de nuestro estancamiento. Fue desmesurada, por ejemplo, la cleptocracia y el populismo seudo progresista de los Kirchner Aa través dl cual, entre otras cosas, se desvirtuó al Estado, y es desmesurado este populismo seudo liberal de Milei, que envuelve, al igual que aquél, un espíritu autócrata, y en el que, en aquella misma dirección, se pretende destruir al Estado, perdiendo así eventualmente la referencia necesaria mediante la cual se organiza la sociedad.
Tanto es así que, en un sentido histórico, el kirchnerismo explica este mileísmo, pero no lo justifica, no lo legitima. Es decir, las desmesuras, los excesos del kirchnerismo, son los que crearon el ambiente propicio para la aparición del actual régimen que, como aquel, se caracteriza por los excesos, por las desmesuras, pero en un sentido inverso. Como dos caras de una misma moneda. Ahora bien, si bien el kirchnerismo explica la aparición del mileísmo por haber generado las circunstancias para su aparición, no quiere decir que justifique, que haga legítimas las medidas que éste adopta y, mucho menos, los modos en que lo hace. Hay que separar con nitidez, con precision, ambos extremos: La explicación y la justificación.
Ambos regimenes, reitero, tienden a marchar hacia los extremos, viven por y para los excesos. Y, hasta ahora, no aparece quién pueda ponerle el cascabel al gato. El origen de esta expresión está en la fábula del gato y los ratones y se remonta a la antigüedad, atribuyéndosela a Esopo, un fabulista griego del siglo VI a. C. En esa fábula los ratones discuten cómo protegerse de un gato, y la idea de ponerle un cascabel en la cola para advertir de su acercamiento se presenta como una solución, pero nadie se atreve a llevarla a cabo. Es que es más fácil hablar de hacer algo que realmente llevarlo a cabo, especialmente si implica algún tipo de riesgo.
La semana pasada hablábamos del “Síndrome de Estocolmo” para caracterizar la enfermiza situación, o bien relación, que sostienen las provincias respecto de la Nación, o, si se quiere, respecto de los gobiernos nacionales. Suponemos conocido por todos los gobiernos provinciales y los habitantes de las provincias el dato de que conforme a la Constitución Nacional aquellas, las provincias, preexisten, existen antes, que la Nación. Que precisamente ese cuerpo normativo, la Constitución, sirve para definir las facultades y competencias que las provincias otorgan a la Nación. Ese es el sentido del actual artículo ١٢٤ de la Constitución Nacional que dice que “Las provincias conservan todo el poder no delegado por esta Constitución al gobierno federal, y el que expresamente se hayan reservado por pactos especiales al tiempo de su incorporación”, con lo que se hace referencia, en esta última expresión, a la incorporación a la Nación de la provincia de Buenos Aires que se había segregado en ١٨٥٢, incorporándose en ١٨٦٠.
Es por ello que reconocemos de una importancia singular la actual circunstancia en la que, por los excesos del gobierno central, del gobierno nacional, las ٢٤ circunscripciones federales, las ٢٣ provincias y la ciudad autónoma de Buenos Aires, se hayan puesto de acuerdo, todas sin excepción de ideologías o de lo que fuere, para ponerle límites a esos excesos del gobierno central que, pasando por arriba de los derechos que la Constitución reconoce a las provincias, pretende erigirse en un decisionista factotum y llevar adelante su plan politico-electoral con un ficticio equilibrio fiscal sustentado en el hecho de quedarse con los recursos que a las provincias corresponden.
Enmarcamos esto en un contexto histórico para subrayar la importancia estratégica que esa reunión de todas las provincias tiene y para advertir el peso de esa naturaleza, es decir, histórico, que puede tener la aparición de algún buey corneta que pretenda “entenderse” con el gobierno nacional por fuera de ese acuerdo interprovincial. Nunca falta algún vivillo que pretenda beneficiarse con esas trampas, con esas traiciones. Nuestra historia conoce de esos episodios que no se olvidan.
Es por ello mismo que es esta una circunstancia histórica en la que las provincias pueden, de una vez por todas, organizarse y llevar adelante un proyecto de realización nacional que no se subordine a intereses mezquinos de persona o grupo politico alguno. Y por si a eso lo considerasen poco recuerden que un hartazgo lo hizo presidente a Milei pero otro hartazgo lo puede sacar de ese lugar. Esa es la virtud de la democracia: la posibilidad de su autocorrección.

